Cúidese de los estragos lujuriosos y los guayabos negros de las despedidas de empresa

Tras la fiesta, Graciela se despertó desorientada y con resaca en un motel de la Caracas. Cuando vio a la persona que yacía a su lado, la sorpresa fue aún peor. Que no le pase

Por: Ricardo Rondón Chamorro
Diciembre 14, 2018
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Cúidese de los estragos lujuriosos y los guayabos negros de las despedidas de empresa

Lo primero que vio cuando trataba de abrir el ojo izquierdo fue el rótulo de una media botella de brandy Domecq sobre una mesa de noche, para ella desconocida. Luego vino una punzada terrible en el párpado de ese mismo ojo, unos reclamos urgentes del estómago, una lengua dormida, pesada y áspera como papel de lija.

Doña Graciela, la secretaría de gerencia de la fábrica de muebles y diseños para oficina, trató de levantar la cadera pero su intento fue fallido. La cabeza era un remolino feroz con luces robóticas de discoteca de la Avenida Primero de Mayo, y un dolor que se iba despertando hasta enceguecerla, como si alguien adentro, un retaco de albañilería, estuviera haciendo, con maceta y cincel, reparaciones locativas.

La punzada del párpado se hizo más intensa cuando oyó un resoplar animalesco al lado suyo: una especie de bramido con intermitencias de flautines nasales y ronquidos secos como de chanchos neonatos en busca de las tetas de mamá marrana.

Cerró el ojo compungida y el mundo interior de la conciencia, todavía empantanado por la ingesta de licor, le empezó a revelar por capítulos la novela negra de un guayabo mayor que apenas daba sus primeros frutos, colofón de la despedida decembrina de la empresa, y lo que vino después, el remate de foforro con algunos de los empleados en un galpón como taberna del barrio Quirigua.

El de los ronquidos y silbatinas marraneras no era otro que don Patiño, jefe de vigilancia de la compañía, que yacía despernancado al lado de ella sobre la cama empotrada en la habitación 605 del motel Amarte, de Chapinero. Cubiertas las partes pudendas con una sábana floreada de 50 hilos, el gendarme mostraba una pipa henchida sembrada de pelos gruesos y erizados, un rostro rechoncho, enrojecido, y la boca abierta hecha un volcán de tufo etílico y pútridas emanaciones hepáticas.

Doña Graciela, 38 años, madre soltera de un adolescente obsesionado en parecerse a Ricky Martin, creyó que esa era la última mañana de su existencia. Estiró una mano y buscó el celular a tientas sobre el nochero: en mínimas de batería, alertó 36 llamadas perdidas de Toñito, su vástago, émulo del metrosexual puertorriqueño. “Dios, esto es el fin del mundo”, pensó.

Resortó del camastro sin pantaletas, con las opulentas mamarias viringas, y fue directo al baño, teléfono en mano, sin mirarle la cara a don Patiño, sabiendo que era él, que los malditos tragos habían cumplido con su cometido, preguntándose en qué momento de la noche alebrestada se había concertado el pacto motelero, pero todas esas recapitulaciones se fueron develando en el único lugar donde se hacen reales y contundentes las determinaciones, los arrepentimientos y los desafueros de la condición humana: la taza del sanitario.

Una a una fue repasando las escenas del viernes anterior, desde las dos de la tarde, cuando se dispuso la bodega de almacenamiento para el convite, el orden simétrico de las 165 sillas Rimax para la presentación de la revista folclórica de las señoras de la Fundación Cascanueces; la tarima y el sonido para el toque de la agrupación Cabeto y su Combo, la tómbola de las rifas, los regalos dispuestos, la entrega de anchetas, el recibo de las cuatro lechonas de la fábrica del ‘Manteco Guillermo’, los… en el fragor de sus cavilaciones le entró otra llamada perdida de Toñito. Temblorosa, marcó. Sonó el pitico de batería agotada.

Sin más remedió escribió un mensaje de texto: Hijito, me quedé sin batería. No te preocupes que estoy bien. Terminamos tarde y estaba muy cansada, y por seguridad resolví quedarme donde Carmencita, la de despachos, ¿te acuerdas? Espérame a almorzar. Te amo mucho, mi cielo.

El ardor de las cistitis le hizo malayar la encamada con don Patiño. No estaba en el libreto retozar al lado del encargado de la vigilancia, aunque no le caía mal del todo, era su hombre de confianza en la empresa, el que la ponía al tanto de los últimos rumores de los funcionarios, pero no se le había pasado por la cabeza que aquel supervisor regordete la fuera a librar, de la noche a la mañana, de una larga temporada de abstinencia.

Por más que se esforzaba no logró recuperar lo que hicieron de puertas para adentro del cuarto, menos cómo llegaron al motel. Se olió el pelo tinturado de caoba, los hombros, los brazos, los enormes pechos, buscando un humor, una señal delatora. Lo único que encontró fue la transpiración del trago, del trasnocho y del Fabuloso de lavanda que emanaban los pedernales.

Oteando en los rincones del baño, advirtió alarmada que en el nicho de la ducha entreabierta estaba la ancheta de don Patiño a medio tapar con el papel cristal. ¿Cómo fue a dar allá? Ató cabos y concluyó que los últimos tragos que se tomó con su compañero de labores fueron los de la media botella de brandy Domecq, incluida en los obsequios de la canasta.

¿Qué cara le iba a poner ahora a don Patiño, como le decían en la mueblería desde el señor Giraldo, gerente y propietario, hasta el más silvestre de los operarios de planta?

Una luz en la difusa laguna la enteró que el personal estuvo bailando hasta las 9:00 de las noche con los acordes festivaleros de Cabeto y su Combo, que tuvo que hacerle un enérgico llamado de atención a Chiguazuqe, uno de los instaladores, por sabotear la revista folclórica de las señoras de la Fundación Cascanueces, que tuvieron la cortesía de presentarse gratis.

Que el mismo Chiguazuque, ya copetón de trago, se tomó sus licencias confianzudas con Vargas, el administrativo, para reclamarle, copa en mano, un merecido aumento salarial después de tres años afincado con el mismo sueldo; que Vargas repartía trago a diestra y siniestra de unas botellas de un whisky aguapaneludo de marca y botellas sospechosas que él, para ganarse unos pesos, adquirió por cajas en los alambiques clandestinos aledaños a la Estación de La Sabana.

Que el señor Giraldo, también prendidito, la sacó a bailar varias veces y le dio tantas vueltas con el Pávido Navido, Sólo un cigarro y Loquito por ti, que patinó entre baldosines varias veces ante las carcajadas estridentes de su jefe; que el señor Giraldo le decía al oído que como estaba de bonita, de sexi, que cómo le lucían la minifalda escocesa y las medias veladas pepiadas, y que cada vez que se acercaba Vargas con la botella le hacía aplicar rebosante una copa del scotch adulterado.

Que Jiménez, el de cobranzas, fue sorprendido por don Patiño robándose del dispensario las medias de aguardiente que camuflaba en el interior de su chaqueta de motociclista. Que tuvo que prestarle ayuda a una de las señoras bailarinas que sufrió un malestar acompañado de sudoración y escalofrío después de la actuación, y que sus compañeras de danza atribuyeron a los tragos aguapaneludos y a la lechona excesiva de grasa.

Que Peña, el coordinador de operarios estaba cansón insistiéndole a Carmencita que le regalara la cabeza de la lechona para que su mujer le prepara unos fríjoles, y que ante la negativa de la dama el empleado arremetió displicente y grosero, obligando a los subordinados de don Patiño a sacarlo de la fiesta.

Que al filo de las siete de la noche, Vargas, don Patiño y sus subalternos tuvieron que separar de una furrusca a Monsalve y a Bechara de distribución, trenzados a pata y puño por una resentida disputa, el primero, herido en su color de hincha furibundo del Deportivo Independiente Medellín; el segundo, empecinado y con apuesta de por medio de que el Junior se iba a coronar campeón de la Liga Águila.

Hasta ahí, doña Graciela tenía algo nítido de lo que había pasado. No recuerda si fue Forero, el jefe de transportes, el que incitó a seguirla en otro lado. Sí cayó en cuenta que Carmencita le alcanzó un plato de lechona con par orejas tostadas y arepa para que reforzara los tragos, pero que ella se negó a aceptarlo por la dieta asegurada de las damas que bordean los cuarenta, obstinadas en dimitir al mínimo harinas y grasas en aras de conservar la línea.

Después, como solía decir ella, “todo quedó por cuenta y riesgo del demonio”. Ciertos fogonazos de certidumbre le revelaron que a la taberna del Quirigua llegaron en varios carros, uno de ellos, donde iba la secretaria de gerencia, la camioneta de Vargas, el administrativo, quien asumió la invitación colectiva después de agotarse la reserva de whisky chiviado. Y que ahí reconectó el bailoteo con Forero, con Peña, con el mismo Vargas, con los energúmenos hinchas Monsalve y Bechara, con el señor Rojitas de mensajería, y con don Patiño, el bailarín que mejor supo cogerle el paso y de paso endulzarle el oído, la glándula de mayor propulsión erótica bajo los efectos del embellecedor.

¿Qué como salió de ese lugar con el jefe de vigilancia?, ¿qué cómo se dejó convencer para dejarse llevar de motel, en Chapinero, por la Caracas, donde todo el mundo lo está mirando a uno desde las ventanas de TransMilenio?, ¡por Dios!, qué vergüenza, ¿a qué horas pasó todo eso?, y ¿por qué pudo más el apetito carnal impulsado por el etanol que la voluntad de una funcionaria a carta cabal que se preciaba de digna, responsable y seria? Obra del diablo que hace fiestas cuando a sus almitas ingenuas les da por empinar el codo.

En esas estaba, trémula, con la náusea en el cogote y la cabeza a dos manos en el filo del inodoro, y ese ardor de vejiga acompañado del taladro que no cesaba de abrir huecos en su cabeza, cuando se percató de dos golpecitos de la puerta.

-Doña Gracielita, ¿ya va a salir…?, es que estoy que me…

No se oyeron más palabras. Lo que vino es innombrable en asuntos de arrasadoras avalanchas intestinales, seguidas de gruñidos y onomatopeyas porcinas, salvas de flatos y temerarias resonancias guturales y nasales.

Atolondrada por la resaca y por la catástrofe que acontecía al otro lado de la puerta, doña Graciela intentó incorporarse pero las piernas no le respondieron.

Entonces alertó unos nuevos golpeteos, esta vez de la puerta de la habitación. Era la mucama de turno que advertía que el tiempo de retozo había finalizado. Que si querían seguir tendrían que cancelar una nueva tarifa: $100.000, precio de promoción navideña de Amarte, su motel de confianza.

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