Cuatro años de un error que la historia cobrará

"Qué retroceso tan grande hemos tenido tras la firma de los acuerdos, aunque siempre está la esperanza de volver a empezar"

Por: Armando Torres Ordóñez
noviembre 26, 2020
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Cuatro años de un error que la historia cobrará

El tema del acuerdo de La Habana lo he analizado y lo he conversado en múltiples oportunidades. Trato de ser un ciudadano responsable leyendo e investigando para poder dar un concepto, errado o no, pero que salga muy dentro de mí, tratando de evitar cualquier contaminación o manipulación. Cuando el país estaba en los diálogos, hice mis respectivas lecturas para tomar una decisión cuando llegara el plebiscito, con una serie de dudas en mi cabeza y la presión de muchos amigos y gente del común. En foros, conferencias y conversatorios tuve muchas discusiones y hasta oí algunos argumentos de los llamados “pazólogos” y “opinólogos”, que daban unas explicaciones evidentes: “que era mejor la paz que la guerra” y “que en la paz no hay muertos, en la guerra sí”.

Al final, me ubiqué en el aspecto constitucional y filosófico, más que en el legal. Ahí encontré la respuesta que emití ese domingo del plebiscito, donde me di cuenta de que es imposible desconocer el Estado de derecho en una sociedad y en un contrato social; eso es más importante que cualquier cosa, si eso no existe, no funciona nada. Con eso claro, hay que entender lo que es el imperio de la ley, que se puede comprender desde Sócrates —padre de la filosofía antropológica—, al leer el ameno diálogo que tuvo con Melito (narrado en la Apología de Sócrates), quien decidió no seguir defendiéndose frente a quinientos magistrados apabullados con sus argumentos, todo esto por no poner en riesgo la ley de Atenas: ahí recibimos un gran mensaje del respeto a la ley. También, como leemos en el mito de la caverna de Platón, hay que comprender que no hay que tragar entero, que la luz hay que buscarla donde realmente está y que mirar para un solo lado es estar encadenados. Además, cuando leemos a los demás filósofos de la ilustración, que nos han enseñado que el ser humano para vivir en sociedad armónicamente necesita aplicar la ley, queda claro que la única cosa que nos mantiene cohesionados en esto que llamamos “contrato social”.

Así mismo, me di cuenta de que en ningún país del mundo se hicieron procesos de paz como el nuestro: leí el proceso de España con la ETA y el Reino Unido con el IRA, en ninguno se contrarió ni la ley ni la constitución. Para confirmar, leí el proceso de Ruanda, un país africano quizá con condiciones económicas peores al nuestro, con los tutsis y tampoco. Allá se surtieron sendos procesos penales: más de ochocientas personas judicializadas y condenadas. En conclusión, en todos estos países, absolutamente en todos, no se contrarió la ley. Primero funcionó la ley penal, después vinieron los perdones, olvidos y reconciliaciones; contrario, eso sí, a lo que pasó en El Salvador. Se hizo un proceso de paz mal diseñado, que generó un fenómeno social que se llama la “pérdida de legitimidad del Estado”, donde nadie cree en el Estado. No en vano allá nació la Mara Salvatrucha, una agrupación de muchachos delincuentes que están regados por todas partes, fruto de proceso mal diseñado que generó ese fenómeno que luego se volvió imparable.

En mi país, hace treinta años, a la persona más buscada del mundo —que hasta un avión repleto de gente mandó a explotar— la metieron en una cárcel construida por él mismo y también por esa época se indultó a un grupo terrorista que por cuenta de su irracionalidad incendió el Palacio de Justicia, calcinando a todos sus magistrados. Aun así, tiempo después, vuelve y se repite la historia: un grupo armado que durante cincuenta años hizo de todo menos luchar por llegar al poder (que hasta niñas violó), llegó al Congreso... un grupo armado del que se vendió la idea de que era la guerrilla más antigua del mundo y que además era invencible, cuando no era así (aunque Uribe no la pudo acabar definitivamente, la redujo, tanto que Cano, uno de sus líderes, fue abatido en el Cauca)...  un grupo armado que estaba tan derrotado que le tocó sentarse a dialogar (si hubiera tenido el mismo poder económico y militar que tuvo en el Caguán no habría ido a La Habana, de hecho, ya se habría tomado el poder).

Todos esos análisis los hicimos los del no, ¿hubiera sido bueno equivocarnos? No se trata de tener la razón ni de ganar una discusión, cuando se pierde se acepta, pero desafortunadamente las cosas se están dando. Está saliendo lo que se vaticinó en ese entonces: que los procesos de paz mal hechos traen consecuencias nefastas. Y aunque digan que al de La Habana se le está metiendo el “palo en la rueda”, en el fondo no es así. Después de la firma, nos encontramos con un país inundado de coca, más de 200.000 hectáreas... esa cantidad financia cualquier ejército en el mundo, y la prueba es que hay cualquier cantidad de grupos armados (muchos antes extintos) y que la delincuencia aumentó, al igual que el asesinato de líderes sociales (aunque todos le echan la culpa al presidente, las investigaciones dicen que son las mismas bandas criminales).

Nada de esto es gratuito, todo es consecuencia de un proceso que se le metió a los colombianos con trampa, cuando el presidente Santos dijo que si se perdía el plebiscito, a partir de ahí no habría nada, y resulta que siguió el debate en el Congreso; uno enmermelado para que tomara una decisión en favor de los llamados diálogos, con el argumento de que la paz había que salvarla como fuera. Encima de eso, nuestra magna Corte Constitucional  avaló ese procedimiento para que en el Congreso le pusieran el sello definitivo, después de que se perdió el plebiscito.

Qué bueno vivir en un país donde cada vez se avance más en el concepto de Estado de derecho; donde se aplique la ley por parejo y punto; donde a todo el que la viole se lo meta a la cárcel; donde se respeten las instituciones; donde a los corruptos se les persiga, se les quite todo, se les meta a la cárcel y queden muertos políticamente; donde se combata por parejo el narcotráfico para que el campo vuelva a florecer con una fuerza pública profesional; donde los militares sean amigos de los ciudadanos y den ganas de saludarlos cuando se les ve en las vías; donde se controle el contrabando, etcétera. Con solo combatir la corrupción, el narcotráfico y el contrabando, habría plata para todos y se harían todas las obras sociales que demanda el país. Sin embargo, todo esto se logra aplicando la ley. En un verdadero Estado de derecho, no hay otra forma. De esta manera se quita el chip que tiene la gente de que la única forma de lograr la paz es haciendo negocios con grupos al margen de la ley: ellos no dan puntada sin dedal y se vuelve una cadena de presiones de grupos armados pidiendo diálogos. Se hace con unos y luego vienen otros, y así sucesivamente, y las nuevas generaciones se preguntan qué es lo que pasa en nuestro país, por qué no se aplica la ley?.

¡Qué retroceso tan grande hemos tenido!, aunque siempre está la esperanza de volver a empezar.

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