Opinión

Cuando Ramiro Suárez usó al Cúcuta Deportivo para meter a los paracos en la ciudad

Ramiro era prácticamente el dueño del equipo, con él conquisto una estrella, le ganó a Boca un partido de Libertadores, y ese mismo día fue detenido acusado de asesinato

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noviembre 15, 2018
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Cuando Ramiro Suárez usó al Cúcuta Deportivo para meter a los paracos en la ciudad
Repartía al equipo millonadas de la taquilla por las victorias; la “gasolina de avión”, y con ella el Cúcuta volaba. Foto: El Táchira

Yo estuve ahí en diciembre del 2005. Cúcuta, después de siete años, regresaba a la A. El Gran protagonista no era el técnico, Álvaro de Jesús Gómez, ni el goleador Mauricio Molina. No, la figura fue el entonces alcalde de Cúcuta Ramiro Suárez Corzo. El estadio estaba a reventar. Ramiro caminaba como un campeón por la pista atlética. 40 000 cucuteños coreábamos su nombre. En esa tarde no nos importaba la fama de asesino que tenía, que bajo su mandato los barrios contaran con escuadrones de civiles armados que limpiaban las calles de desempleados, marihuaneros y rateros de poca monta. Nos importó un pepino que el Iguano pusiera en Juan Frío y Puerto Santander hornos en donde cremaron a más de trescientas personas. El Doblemente Glorioso volvía a la primera división del Fútbol Colombiano y en parte Ramiro tenía que ver con el éxito, él había comprado el equipo, con plata del erario, a los hermanos Pachón. Ramiro no solo hablaba como cucuteño y era tan vulgar como un cucuteño promedio. Ramiro era el redentor que había recuperado al equipo de las garras de dos hermanos bogotanos.

Un año después, el 20 de diciembre del 2006, McNelly Torres empataba en el minuto 31 del segundo tiempo el empate contra el Tolima. Éramos campeones por primera vez en la historia. Otra vez el crédito se lo llevaba Ramiro por encime de Jorge Luis Pinto o de Blas Pérez. Los niños en Cúcuta eran bautizados con el nombre de Ramiro. No era Cúcuta, era Ramirópolis. Ramiro era prácticamente el dueño del equipo. En los entretiempos el alcalde bajaba al camerino. En dos tulas llevaba los billetes sudados de la taquilla. Dos mil millones de pesos los repartía al equipo si conseguían las victorias. El equipo salía en los segundos tiempos avasallantes. A eso se le llamaba Gasolina de Avión y con ella el Cúcuta volaba.

Para el 2007 el Cúcuta se reforzó con todo buscando el milagro, lo impensado: ganar la Copa Libertadores de América. Burrito Martínez, quien dos años después sería Selección Argentina, Alex del Castillo, Rubén Bustos y Julián Hurtado se sumaron a Blas Pérez, Mcnelly Torres y Charles Castro en una campaña que los llevó a una impensada semifinal contra Boca Juniors. La millonaria nómina era pagada por amigos íntimos de Suárez que compraron, de su propio bolsillo, pases de jugadores. Las taquillas iban directamente a particulares. Al Cúcuta no le quedó un peso. Era una burbuja que no sólo alimentábamos los hinchas, también lo hacía un periodismo cómplice y ramirista, el mismo periodismo de estómago que se hace en la frontera desde hace décadas.

Cúcuta le ganó al Boca Juniors 3-1 después de empezar perdiendo en el General Santander. Era una ventaja holgada. Cúcuta jugaba bien, Cúcuta se había comido dos goles para liquidar la serie en la semifinal. La leyenda cuenta que, en el entretiempo, mientas ganaba el equipo argentino, por orden de Ramiro Suarez se le cortó el agua en el camerino. Los Xeneixes salieron sedientos, derretidos con los 37 grados de la frontera. Fueron doblegados con facilidad.

 

 La leyenda cuenta que, en el entretiempo, mientas ganaba el equipo argentino,
por orden de Ramiro Suárez se cortó el agua en el camerino.
Los de Boca salieron sedientos, derretidos a 37 grados, y  fueron doblegados 

 

Sin embargo, el final del partido dejó un sabor agridulce por dos noticias que preocuparon a la afición. Una era que su goleador Blas Pérez era solicitado por su selección para jugar un amistoso contra Jamaica. La directiva del Cúcuta, tal vez alentada por unos dólares, lo dejó ir. Lo otro era la detención de Ramiro Suárez esa misma noche. El alcalde era acusado de haber asesinado al exasesor jurídico de la Alcaldía Álvaro Enrique Flórez quien tenía información sobre los vínculos de Ramiro con paramilitarismo. No podría viajar a Buenos Aires a acompañar al equipo. Ocho días después la revancha se jugó en la Bombonera con una densa neblina que salía desde el riachuelo que colinda con el estadio. No había las condiciones para que el Cúcuta jugara. Era tanta la ascendencia que tenía Ramiro Suárez que la gente quedó convencida que si hubiera viajado con el equipo a Argentina el partido no se hubiera jugado.

 

Ese año terminaba la bonanza de Cúcuta y su equipo. Entre el 2003 y el 2007 Cúcuta fue un corredor vital para América Latina. Ramiro lo único que hizo fue capitalizar la bonanza petrolera de la Venezuela de Hugo Chávez Frías. Ramiro cogobernó con los paracos y usó al Cúcuta, al amado Cúcuta Deportivo como el más eficaz distractor de opinión pública. La hinchada no fue el único culpable. El periodismo tiene las manos untadas de sangre.

En diciembre del 2013, tal y como lo dice el periodista cucuteño asentado en Arauca Eduardo Simón Cedeño, el Cúcuta ya estaba descendido en la B y en la quiebra absoluta. Ramiro, encerrado en su cómoda celda con Skype en la Picota, le vendió el equipo a José Augusto Cadena. El precio fue ridículo: tres apartamentos en Santa Marta, Bogotá y Bucaramanga y dos lotes en Ibagué. Eso fue todo. Durante cinco años deambulamos en la inopia absoluta y ahora vamos a volver. Ojalá que el maldito fantasma de Ramiro no vuelva a deambular por el General Santander.

 

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