Cuando la cocaína enloqueció Hollywood

La muerte de Robert Evans, productor de El Padrino, es la excusa para recordar una de las etapas más desquiciadas del cine norteamericano

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noviembre 02, 2019
Cuando la cocaína enloqueció Hollywood

Decían que Hal Hashby, el genial y olvidado autor norteamericano, le entregaba los guiones a Jack Nicholson con anotaciones donde se indicaba que droga tenía que usar en cada escena. Era el rodaje de El último deber, una de las películas claves del Nuevo Hollywood, el grupo que estuvo a punto de cambiar la historia del cine. Nicholson era uno de los actores fetiches de este movimiento. Su rostro también aparece en Chinatown, la obra maestra de Roman Polansky producida por uno de los últimos grandes productores de Hollywood, Robert Evans.

Tenía 30 años y el mundo a sus pies. Tenía pinta de galán, había intentado actuar en su primera juventud pero nunca cuajó. Y eso que su risa era perturbadora, excitante, era como escuchar moler vidrios. Nadie sabe cuanta cocaína circuló en el rodaje de Chinatown. Las fiestas se hacían paralelas al rodaje. No todos tenían la energía de Nicholson y Polansky a quienes no había ninguna droga en el mundo que pudiera derrumbarlos. El guionista Robert Towne y el propio Evans terminaban destrozados en cada rumba. Towne venía de una serie interminable de éxitos. Había arrancado con El padrino. Evans y Coppola se enfrascaron en una de las batallas más sonadas de Hollywood. Coppola estaba decidido a que Marlon Brando fuera Vito Corleone, Evans no quería ni oir hablar de él. El ensañamiento se parecía al mismo que hay en la película cuando Jack Woltz se niega a oir hablar de que Jhonny Fontaine, el cantante protegido de el padrino, participe en una película. Evans había pensado en Frank Sinatra para el papel pero el terco Coppola, quien en ese momento era un treintañero sin experiencia, ganó el pulso. No fue el único punto que ganó: también se salió con la suya con Al Pacino, un actor al que Evans calificaba su aspecto como de “pobre rata de alcantarilla” mientras que el productor quería a Robert Redford en lo que iba a ser uno de los peores errores de casting de la historia.

El éxito arrollador de El padrino –en su momento la película más taquillera de la historia- hizo que Evans, ya sumido en la cocaína y en la depresión que lo había sumido su fracasado matrimonio con Ali MacGraw, se atribuyera todo el mérito. La relación con Coppola naufragaría desde ese momento aunque el desatre vendría mucho despupes. Evans también estuvo al frente de la producción de la segunda parte de El Padrino, mucho más ambiciosa que la primera. Insuflado Evans empezó a vivir en una burbuja en lo que restaban los años setenta. Veía como uno a uno los grandes directores de los setenta–William Friedkin de El exorcista y Peter Bogdanovich de La última película- caían víctimas de su megalomanía o de la cocaína como Martin Scorsese quien vio como la desmesurada New York New York estuvo a punto de arruinar su carrera. Sufriría una crisis de plaquetas en su cuerpo, la sangre se le aguó y estuvo a punto de morir hasta que su gran amigo le llevó al lecho de muerte el guion de Toro Salvaje y Martin pudo levantarse de la lona.

Evans en los ochenta vería como fracasaría su carrera. Primero fue volver a colaborar con Francis Ford Coppola. Atmósfera opresiva, casi irrespirable en Cotton Club, el ambicioso musical con el que perdería más de 30 millones de dólares. Luego fue el patético intento de volver a la actuación en Chinatown II pero ya la coca había convertido su cara en una máscara inescrutable. Los últimos treinta años de su vida los vivió como un Gasby anciano, viendo a través de la ventana de su mansión los buenos tiempos que ya no volverán.

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