Cuando hay que “dormir” a una mascota
Opinión

Cuando hay que “dormir” a una mascota

Más allá de lo simpático de una mascota, está su inevitable partida, que pone al dueño ante el proceso de su muerte o “llevarlo a dormir” con lo que eso significa

Por:
mayo 11, 2024
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Según una publicación de 2016 del New York Times, se estima que hay mil millones de perros en el mundo; ¡mil millones! y solo el 25 % (250 millones) tiene collar antipulgas y va al “colegio”. ¿El resto? Son los del barrio, los de las calles; esos a los que en broma se les dice los gosquerrier o los purchan… puros chandosos, más pilos e inteligentes que cualquiera. Están también los velones de restaurante de carretera, los “perro’e reja” que ladran furiosos y nos asustan, los querendones y hasta los ardientes que se parquean a mostrar sus emociones en la pierna del señor de la visita. Pero todos, todos sin excepción, nos baten su cola con la ilusión de un trozo de algo, de un momento de juego o de una muestra de cariño.

Más allá de las cosas simpáticas y tristes que siempre hay alrededor de una mascota, está su inevitable partida. Ellos, como nosotros, algún día se pondrán viejitos y se enfrentarán al deterioro, situación que presiona a su propietario y lo pone en la disyuntiva de esperar a que se muera, con todo lo que el proceso significa, o “llevarlo a dormir” con lo que también eso significa.

Viví un caso muy de cerca hace dos años. El perrito era un French Poodle que milagrosamente había llegado a los dieciocho años; así lo conocí. Caminaba sin control y se estrellaba contra todo, tenía pañal y de su pelito blanco crespo no quedaba mucho. Le pregunté a mi amiga qué le sucedía a su mascota. “Está viejita”, me dijo. Luego de nuestra corta conversación sobre su estado, me pareció de lo más normal decirle que si no había pensado en “dormirla”, e inmediatamente sentí que había metido la pata. “¡Ay no, no soy capaz!”, me dijo. No dije más, me disculpé y cambié la conversación. Me impresionaba mucho cada que iba de visita ver al perrito deambulando sin control, hasta que un año después la naturaleza cumplió con lo suyo. Me quedé pensando en el sufrimiento del animal, pero también en el de su dueña. Intenté entender la situación. No quiero juzgar nada; no me corresponde.


Hoy en día, cuando se cuidan casi más a las macotas que a los demás miembros de la familia, tener un perro vale un montón


Hoy en día, cuando se cuidan casi más a las macotas que a los demás miembros de la familia, tener un perro vale un montón. Si se le diera y se le pusiera todo lo que ofrece el mercado, como pocos pueden, sería como un hijo más. Bañar un perro grande en Estados Unidos vale entre 90 y 130 dólares y solo con cortada de uñas. Si le quiere limpiar los dientes y las orejas, agréguele unos 60. Servirle la comida y sacarlo a pasear mínimo 50 el día… ni hablar de si necesita etólogo canino, o para ser más claros sicólogo de perros.

¿Y cuando se muere la mascota? La eutanasia puede ser en la veterinaria o a domicilio. Se puede escoger qué tipo de cremación se quiere. ¿Oigan sí? Yo entendía que era chamuscar al animalito y ya, pero me impresionó ahondar y no pregunté. Solo la cremación cuesta entre 150 y 500 dólares, dependiendo del peso del perro. A todo lo anterior, agréguele el funeral. A algunos les hacen velorio, los entierran en cementerio -sume la lápida- o ponen sus cenizas en cofres lisos, o tallados, o con foto, con la huella en barro, o en tinta, con todo lo anterior; inclusive en un jarrón como las cenizas de la abuela de “La familia de mi novia”, ese que Ben Stiller rompió cuando conoció a sus suegros. Según lo que escoja, guardar a su mascota hecha polvo en cualquiera de esos recipientes, solo eso, puede costarle 250 dólares. Tampoco juzgo; cada quien verá qué hace. Como dicen en estas empresas: “Su mascota recibirá el debido tratamiento póstumo de manera respetuosa y digna”.

Acabo de visitar a otra amiga muy querida, cuya mascota es también un French Poodle viejito. Tiene 17 años y según el veterinario ve borroso, no se estrella con todo pero es torpe caminando -cuando lo logra- porque no se puede sostener siempre en pie, y lo que más me impresionó fue que con cierta frecuencia le da una tos muy rara cuando el corazón le está fallando. Como hay mucha confianza, le pregunté a ella sobre “llevarlo a dormir”. El veterinario ya se lo recomendó, pero ella no quiere y aquí ya el tema es de sus convicciones absolutamente respetables: “no somos nosotros quienes debemos definir hasta cuándo debe vivir nuestra mascota”, me dijo. Yo un poco o muy metida le pregunté que si no sería que al perrito le dolía el pecho cuando tosía. “Quien sabe”, dijo, bajó la mirada, le dio un beso y agregó: “es que lo que te dije es lo que creo, no sé”. Qué puede uno decir… solo respetar.

Hoy pienso que yo lo haría si viera a mi mascota sufrir, pero uno nunca sabe esa situación “cómo lo va a coger parqueado”. Por lo pronto tengo a Kishu, mi adorada perra, para rato.

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