Lo que Vladímir Putin planeó como una victoria relámpago es hoy una guerra de desgaste con más de un millón de bajas y un costo fiscal que hipoteca el futuro ruso

De la apuesta rápida al conflicto prolongado

Cuando Vladímir Putin ordenó la invasión a gran escala de Ucrania en febrero de 2022 el cálculo parecía directo: superioridad militar, quiebre político en Kiev y una victoria rápida que reconfigurara el equilibrio de poder en Europa del Este. Cuatro años después esa expectativa se ha diluido en una guerra prolongada que acumula costos humanos y fiscales extraordinarios mientras el mapa cambia apenas de forma marginal. Lo que debía ser una demostración de fuerza se convirtió en una prueba de resistencia que ha puesto en evidencia los límites estratégicos del Kremlin.

El costo humano y la herida demográfica

Las cifras permiten dimensionar la magnitud del desgaste. Según estimaciones recopiladas por The Economist, que combinan fuentes de inteligencia occidentales y modelos propios, Rusia acumularía entre 1,1 y 1,4 millones de bajas totales, incluyendo entre 230.000 y 430.000 muertos. El semanario ha señalado que esto podría implicar que “uno de cada 25 hombres rusos de entre 18 y 49 años ha muerto o resultado gravemente herido desde el inicio de la guerra a gran escala”. Más que una estadística militar, se trata de una herida demográfica que afectará durante décadas a la sociedad rusa.

Ucrania también ha sufrido pérdidas profundas. El Center for Strategic and International Studies (CSIS) estimó alrededor de 600.000 bajas totales, con entre 100.000 y 140.000 muertos. Aunque menores en términos absolutos, estas cifras representan proporcionalmente un impacto mayor sobre su población masculina en edad militar: aproximadamente uno de cada 16 hombres entre 18 y 49 años. En otras palabras, Rusia pierde más hombres en números brutos, pero Ucrania sufre un golpe proporcional más severo. Ambos países están sacrificando una generación, aunque fue Rusia quien decidió iniciar el conflicto.

Mucho sacrificio, poco territorio

En el terreno territorial, el contraste entre costo y resultado es evidente. Según cálculos de diferentes fuentes, en 2025 Rusia capturó apenas 0,83 % adicional del territorio ucraniano, el mayor avance anual desde el inicio de la guerra. Ninguna gran ciudad ha caído desde Mariupol en 2022 y varias localidades ocupadas, como Bajmut o Avdiivka, quedaron prácticamente destruidas antes de cambiar de control. El mapa se ha movido poco en comparación con el volumen de bajas acumuladas, lo que plantea una pregunta inevitable sobre la proporción entre sacrificio y ganancia estratégica.

La economía en modo guerra

El impacto fiscal completa el cuadro. De acuerdo con análisis citados por The New York Times, Rusia destina más de 100.000 millones de dólares anuales a defensa, lo que representa cerca del 6–7 % de su PIB y aproximadamente un tercio del presupuesto federal. Aunque la economía rusa no colapsó bajo las sanciones occidentales, sí se reconfiguró hacia una estructura más dependiente del complejo industrial militar y con mayores restricciones tecnológicas. Es una economía en modo guerra permanente, menos diversificada y más aislada de los mercados occidentales.

Ucrania, por su parte, dedica más del 20 % de su PIB a la defensa y depende sustancialmente de la ayuda internacional. Desde 2022 ha recibido más de 200.000 millones de dólares en asistencia militar y financiera de Estados Unidos y la Unión Europea, mientras que el Banco Mundial estima que el costo de reconstrucción supera ya los 400.000 millones de dólares. La guerra, por tanto, no solo se libra en las trincheras, sino en los presupuestos nacionales y en la sostenibilidad económica futura de ambos Estados.

Cuando la guerra cruza la frontera

Un elemento que ha modificado la dinámica del conflicto es la capacidad ucraniana para llevar la guerra al territorio ruso. De acuerdo con reportes del Institute for the Study of War (ISW), Ucrania ha incrementado progresivamente el uso de drones de largo alcance y ataques de precisión contra objetivos estratégicos dentro de Rusia, incluyendo aeródromos militares, depósitos de combustible, centros logísticos y refinerías en regiones como Bélgorod y Kursk, e incluso en áreas próximas a Moscú.

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El ISW ha señalado que estos ataques buscan degradar la capacidad rusa de lanzar misiles y sostener su esfuerzo logístico, además de obligar al Kremlin a redistribuir sistemas de defensa aérea hacia su propio territorio. Esta redistribución implica que recursos antes concentrados en el frente deben destinarse ahora a proteger infraestructura interna.

Balance estratégico y límites del poder

Desde una perspectiva más amplia, la guerra ha producido efectos ambiguos para Rusia. Si bien mantiene capacidad militar significativa y control sobre territorios ocupados, enfrenta costos humanos acumulativos, presión fiscal sostenida y un mayor aislamiento respecto a Europa. Además, la invasión fortaleció la cohesión occidental en torno a Ucrania y consolidó su integración política y militar con la OTAN y la Unión Europea, un resultado contrario al objetivo inicial de limitar la influencia occidental en su frontera.

Cuatro años después, no hay una victoria decisiva para ninguna de las partes. Lo que sí existe es un conflicto prolongado cuyo costo humano y fiscal continúa creciendo. La “operación militar especial” concebida como acción rápida terminó transformándose en una guerra de desgaste que redefine el equilibrio regional y tensiona las economías involucradas.

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