La escena se repitió en menos de 24 horas. En las primeras horas de la madrugada el presidente Abelardo De la Espriella, protagonista de un ritmo febril, patrulló las calles de Santa Marta y Cali y se concentró en las áreas más críticas de las dos ciudades, aquellas donde la criminalidad ha querido imponer su ley.
En ambas ocasiones llevó al cinto una pistola automática marca Glock, de 9 milímetros que, según las imágenes captadas durante sus recorridos, portaba con la actitud y los ademanes propios de quien está dispuesto a usarla en el momento en que fuera necesario.

Así, con chaleco antibalas y un radio lideró el recorrido de los destacamentos que estuvieron en el barrio Cristo Rey, en plena crisis generada por el paro armado de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (Los Pachenca), después de que ‘Cholo’, uno de sus jefes fue abatido por las fuerzas regulares. Bajo el nombre de ‘Operación Orión’, el despliegue se replicó al día siguiente en seis comunas del centro y el oriente de Cali.
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No ha sido la primera vez que un alto funcionario del Estado porte un arma personal y tampoco sería la primera vez que, dadas las circunstancias, se viera obligado a usarla para repeler a enemigos que aparecen de entre las sombreas. Alrededor del tema hay historias para recordar.
Un general parapetado
Eran las 2:30 de la tarde del martes 23 de octubre de 1985. El general Rafael Samudio Molina, comandante del Ejército Nacional, transitaba con una pequeña escolta por una calle de un barrio del nororiente de Bogotá.
El área parecía “despejada”, según el oficial que dirigía de protección, cuando de pronto otro vehículo y hombres de a pie, pero bien armados. Bloquearon la vía con el propósito de tomar en rehén al alto oficial.

No era un atentado con bomba a distancia, sino un intento directo de secuestrar al general Samudio. La versión que él mismo contó después es que no se resignó y no esperó a que lo sacaran de su vehículo, y aún en condiciones de fuerzas desiguales, desenfundó su pistola de dotación y se defendió a tiros, pistola en mano, junto con su escolta. “Me parapeté como pude y abrí fuego, como fui entrenado desde joven a hacerlo”, relató.
En medio de un nutrido pero breve intercambio de disparos el jefe del Ejército sufrió una herida leve.
El hecho aconteció tan solo 14 días de la trágica toma del Palacio de Justicia en Bogotá, protagonizada por el mismo M-19 el 6 de noviembre de 1985. Las Fuerzas Militares lo repudiaron públicamente el intento de secuestro de Samudio y, como reacción, el M-19 anunció a la prensa que iba a hacer algo de tanta trascendencia que el mundo iría a temblar. Los hechos se encargarían de demostrar dolorosamente que no amenazaban en vano.
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El propio Samudio recordaba que, por eso, el 6 de noviembre en la mañana, cuando fue al Consejo de Estado a notificarse de una providencia, llevaba un esquema de seguridad reforzado y decidió entrar a la Plaza de Bolívar sin escolta muy visible. Horas después, ya desde su oficina en el CAN le tocó coordinar por radio la retoma, a través de una frecuencia en la que él se identificaba como ‘Paladín 6’.
Aquel episodio no es único en la historia, pero sí es uno de los pocos casos exitosos en que el objetivo no solo sobrevivió, sino que logró salir prácticamente indemne de un ataque a bala.
El hombre de los tres atentados,
En la Colombia conflictiva de los años 80 y 90 era un patrón para los altos mandos amenazados por las guerrillas y el narcotráfico llevar armas de dotación para sumarse a su escolta a la hora de repeler una amenaza.
El 30 de mayo de 1989, el general Miguel Maza Márquez, director del DAS, sufrió un atentado con un carro bomba que explotó a su paso, con cien kilos de dinamita, en la carrera séptimo con calle 55 en Bogotá. Todo era obra del cartel de Medellín.
Maza iba en su Mercedes blindado. El carro quedó destrozado. Murieron en el lugar cuatro personas y 37 sufrieron graves heridas. Maza salió del vehículo con su pistola y su escolta y se cubrió tras una pequeña barda disparando, convencido de que venía el remate del comando sicarios. Más tarde sobreviviría a cuatro atentados más.
Antes de esos dos episodios, en 1989, el mismo M-19 intentó secuestrar al general Manuel Jaime Guerrero Paz, comandante de las Fuerzas Militares. La intentona fue similar a la que se ensayaría con Samudio. Guerrero reaccionó y él y su escolta abatieron a uno de sus atacantes.
Al general Fernando Landazábal Reyes, ministro de Defensa de finales de los 80, tuvo que defenderse personalmente y defender a su familia, pistola en mano, durante hostigamientos en su casa de la población cundinamarquesa de Facatativá. Infortunadamente, ya retirado, fue asesinado en 1998 por las Farc que lo sorprendió indefenso en el parqueadero de un conjunto residencial en Bogotá.
Hasta aquí, podría parecer normas que cuatro generales se hubieran defendido pistola en mano, si bien el reglamento restringe la participación directa de oficiales de ese grado en un combate.
Sin embargo, en el campo de los funcionarios civiles también ha ocurrido, aunque con resultados mucho más lamentables. Enrique Low Murtra, ministro de Justicia en 1989, fue atacado por sicarios en la entrada de la Universidad de La Salle en Bogotá. Lleno de valor, alcanzó a sacar su arma, pero fue asesinado. Su escolta reaccionó sin éxito.
EL ENTIERRO DEL EX MINISTROS ENRIQUE LOW MURTRA
La actitud del presidente de la República no ha sido ajena a las controversias, pero su ministro del Interior, Rodrigo Lara Restrepo, ha salido en defensa suya para decir que es admirable la decisión de un presidente que está en terreno, que enfrenta directamente a los criminales en las calles y que envía así un mensaje claro a los criminales: “Ustedes no van a doblegar a los colombianos.
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