Cuando conocí el Caribe en Europa

El trópico a veces parece una fruta madura huyéndole a la descomposición. Así uno viaje a Berlín a saber el ABC de la educación, acá parece difícil cambiar las cosas

Por: Miguel Ángel Fernández Niño
agosto 04, 2022
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Cuando conocí el Caribe en Europa
Fotos: Canva

Los conocí en Berlín. Eran diez rectores del Caribe. Sí, ¡del Caribe!, de esa masa densa y calurosa que se derrite en el Atlántico. Y no cualquier Caribe, ¡del Caribe colombiano! De hecho, de la rivera del Sinú, de esas laderas que inspiraron a Gómez Jattin y a Joaquín de las aguas. De cuadrúpedos gordos y sabrosos y alguna que otra muñeca de algodón. A parte de lo culinario y los poetas, esta no era la primera vez que las historias de Córdoba me llegaban.

Quizás hace más de una década mi hermano andaba en moto por Tierra Alta sacándole estadísticas a una conexión entre malaria y geohelmintos, asustado, cazando mosquitos en una tierra de conflicto, con dos celulares en el bolsillo, a kilómetros de Ralito.

Quizás esa fue la primera conexión de mi hermano con el Caribe y quizás nunca le he visto cambiar tanto en estos años. Recuerdo un hermano bogotano bajando la montaña, retraído y abstracto, también recuerdo al hombre que subía, lleno de colores, con el aliento a vallenato.

Este recuerdo me anudo a esta región como hamaca bien guindada. Fue precisamente por eso que cuando los conocí traté de encontrar rastros de aquella tierra entre sus maletas o entre sus uñas tan bien cuidadas. Se suponía que daría una charla contando mi experiencia en Alemania, la sed del exilio y la angustia de la tierra olvidada.

Sin embargo, al terminar mi charla, les vine venirse encima como tierra floja y caerme a montones con dudas y ansiedades disimuladas. Querían saber como funcionaba la cosa acá: ¿Qué hacía el sistema educativo alemán tan superior? ¿Cómo podrán mejorar sus realidades caribeñas?

Recuerdo que aquella noche después de la charla, miré algún resto del muro de Berlín frente al hotel. Y pensé en colegios al aire libre en el Caribe, con paredes de alambres entrecruzados, sin techos, llenitos de agua. También pensé en un cemento tan absurdo aún de pie en Alemania y en un trópico de necesidades tan anchas como sus ríos. Fue mientras estaba en esa abstracción, que recibí la oferta. Los rectores me invitaban a acompáñalos en su misión.

No había terminado de aceptar, cuando me vi traduciendo presentaciones, intentando ser un puente cultural entre dos culturas tan inmiscibles y distanciadas. Visitando escuelas y universidades. Fueron días de preguntas, de observación, de aprendizaje en los labios de niños y de la civilización reluciendo sus platos llenos ante los hambrientos, y quizás por eso, también días con algo de desesperación.

Así, viajamos kilómetros entre Alemania y Holanda. Recuerdo que a su partida llegue cansado a mi casa. Nunca supe si entendí la misión, si aporté algo o simplemente fui un espectador. Lo cierto es que los rectores volvieron y las aguas de los ríos siguieron inundando las carreteras y los estudiantes se siguieron retrasando.

El trópico a veces parece una fruta madura huyéndole a la descomposición. Sabrosa y tropical, difícil de tragar. Pasó el tiempo y les volví a recordar, con sus preguntas sin contestar: ¿Cómo podrán mejorar sus realidades caribeñas?

Les pensé por días, sentí la necesidad de escribir estas palabras y de soltar otras preguntas no contestadas: ¿cómo diablos se construye academia en un país en donde las ciudades desaparecen como macondo cuando pasa una brisa brava? ¿Cómo evitar que la misma lluvia que le moja los cuadernos a los estudiantes no les vuelva ilegible sus esperanzas y los condene al olvido y la ignorancia?

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