Opinión

¿Cuál es la estrategia de las protestas?

En la tragedia de Javier Ordóñez es buena noticia que la ciudadanía explotara, pero violencia y destrucción son la receta perfecta para acabar cualquier posibilidad de cambio y el mejor camino al desastre

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septiembre 13, 2020
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¿Cuál es la estrategia de las protestas?
Hay momentos en los que un acto que podría parecer irrelevante resulta en una explosión impredecible. Foto: Leonel Cordero/Las2Orillas

A Javier Ordóñez lo asesinaron unos policías. No hay novedad en la base del hecho, el abuso de la fuerza en condiciones de desigualdad ha sido la constante en la historia de la humanidad. La tensión entre la sociedad civil y los que tienen algún tipo de poder está en la base del desarrollo económico, social y político. En el libro El pasillo estrecho: estados, sociedades y cómo alcanzar la libertad, Daron Acemoglu y James Robinson, documentan extensamente esa tensión. Cuando el estado se vuelve excesivamente fuerte, suele terminar por oprimir a la sociedad, a cualquiera que no tenga alguna relación con el poder del estado. Cuando el estado está totalmente ausente, no hay un orden mínimo para ordenar los impulsos culturales, las normas sociales que tradicionalmente llevan a otro tipo de abusos. Entre esos dos mundos, hay un pasillo estrecho en el que la fuerza del estado y de la sociedad logran un equilibrio -dinámico, inestable y por lo tanto difícil- que permite avanzar hacia la libertad. Esta hipótesis la sustentan con decenas de casos históricos y modelos económicos que permiten darle rigor al desarrollo teórico.

La novedad en el asesinato de Javier fue que lo grabaron. Esto sí es más reciente, la documentación imparcial y sin filtros de los abusos de la fuerza, y su distribución masiva a través de las redes sociales. Habíamos visto, pero ya olvidamos, el grito del hijo de María del Pilar Hurtado. Vimos el asesinato de Dilan Cruz. Supimos del asesinato de varios menores de edad en un bombardeo del ejército. La novedad también es que a alguien le importe la muerte de un desconocido. El día siguiente al asesinato de Javier, estaba en un encuentro con amigos de Sucre. Y, antes de empezar formalmente la conversación, quien moderaba explicó que había mucha tensión alrededor de un CAI de la policía en Sincelejo, por protestas por la muerte de Javier. También dijo que ese día hubo otra masacre en los Montes de María. Son particulares estos tiempos, la indignación en Sincelejo esa noche era por la muerte del abogado en Bogotá y no por la masacre en el mismo departamento de Sucre. Hay momentos en los que un acto que podría parecer irrelevante resulta en una explosión impredecible. Ver, en tiempo real, cómo varios policías asesinan a una persona que ya está dominada y que pide el favor de que no lo maten, es uno de esos momentos.

Por supuesto, la explosión ciudadana debe partir de una sociedad suficientemente fuerte y consciente para sostener la reacción ante el abuso. Esa sociedad no ha estado siempre presente en Colombia. Bien sea por la violencia sistemática durante décadas contra cualquier persona o institución que desafiara el orden establecido -inclusive, sin duda, el mismo poder establecido de las guerrillas como el ELN y las Farc que se encargaron de asesinar a sus miembros críticos, usualmente los mejores-, bien sea por la situación de pobreza que hace difícil la participación activa en la protesta social. Los sucesivos acuerdos de paz, la consolidación progresiva de una clase media y el mayor alcance de la educación, han sentado las bases para esta sociedad civil más fuerte, más atenta. Es un avance muy importante: solo esa sociedad civil puede resistir el abuso de la fuerza. No lo logran los individuos. A estos los aplasta, eventualmente, el poder establecido.

En medio de la tragedia -por la muerte de un hombre joven y por la destrucción de lo que quedara de confianza en la policía de una buena parte de la ciudadanía-, es una buena noticia que la ciudadanía explotara. Solamente a quienes les parezca razonable la distribución actual del poder en Colombia, en la que unos individuos en un uniforme que nos debería representar a todos -el de la policía- pueden asesinar a un ciudadano que está yendo a comprar un trago, les puede incomodar la indignación ciudadana. No son mayoría esas personas, pero sí tienen bastante poder. Claro, esa es la inercia que se debe romper. La ley de hierro de las oligarquías de la que nos hablaba Robert Michels, los centros de poder se reinventan hábilmente.  Hasta que, usualmente en una coyuntura crítica, pierden el poder.

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No creo que nunca antes haya habido movimiento ciudadano en Sucre por la muerte de un ciudadano común y corriente en Bogotá

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Colombia parece, por momentos, estar en la puerta de esa coyuntura crítica. No creo que nunca antes haya habido movimiento ciudadano en Sucre por la muerte de un ciudadano común y corriente en Bogotá. Las gotas finales terminan derramando el vaso. Hace un año vimos una instancia inicial de esa fuerza social, en el paro ciudadano de noviembre y los cacerolazos que siguieron. Sin embargo, ya sabemos que el paro se desdibujó rápidamente: pasó de convocar a millones en todo el país, de coordinar la emoción a través del sonido de las cacerolas a quedar reducido a un comité sin mayor representatividad y, más grave, a unos actos violentos en lugares localizados. Por eso, quienes apoyamos el paro anterior y nos sentimos indignados ante las muertes sucesivas en este país, tenemos que pensar, ¿cuál es la estrategia en este nuevo momento político? Desde mi punto vista, el camino de responder con violencia y destrucción a la violencia y la destrucción, es la receta perfecta para acabar con cualquier posibilidad de cambio. Las transformaciones sociales necesitan en algún momento de convocar a las mayoría y Colombia no tiene hoy, ni de cerca, una mayoría de personas que estén dispuestas a acompañar una revolución violenta. Puede ser que en la galería fanática de alguien en Twitter eso funcione, pero en la calle no. El efecto es contrario, ahuyenta a tantos que están indignados, que no quieren más abusos del poder, pero que no están dispuestos a que el cambio venga con sangre.

La reacción de un sector a este planteamiento es predecible: tibio, neoruribista, acomodado, arrodillado, y lo demás. Más allá del insulto, queda la pregunta, ¿cuál es la estrategia alternativa? A lo mejor estamos errados los que hemos defendido la fuerza serena de la no violencia pero, entonces, pedimos que se plantee un camino alternativo concreto y transparente. La acción política sin reflexión es el camino perfecto para el desastre, usualmente el de satisfacer los delirios de algunos líderes que no ansían sino el poder. Lo que diferenciará, o no, este momento de indignación y efervescencia tiene que ser la calidad de los argumentos. Solamente de ahí podría nacer la acción efectiva y sistemática, que deje un legado que trascienda la emoción de un momento.

@afajardoa

 

 

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