Crónica de una revocatoria fracasada

Luego un himno de Medellín destemplado, pero de mano firme y corazón grande, fue lo único que recuperó la atención de quienes parecían estudiantes regañados

Por: Vanessa Cardona Pérez
febrero 28, 2022
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Crónica de una revocatoria fracasada
Foto: Pixabay

La mañana pintaba fría, tanto para los voceros de la revocatoria que llegaron en caravana con camión y camioneta de El Colombiano, como para los tramitadores que, vestidos con batas blancas, posaban sin darse cuenta, para las fotos que después presentarían como si hicieran parte de los 120 mil que debían llegar a las Torres de Bomboná para tomarse la Registraduría.

Muy a las 7:15 de la mañana, comenzaron a desfilar 5 ancianos, uno de ellos el destituido Bernardo Guerra y un calvo que rápidamente se acomodó la gorra nueva y al que todos llamaron “El Gury”.

Nada que calentaba la mañana, el sol y la gente se resistían a salir. Entre tanto, el ejército de dos periodistas de El Colombiano se aprestaba a cubrir una inmensa manifestación que no arrancaba y ya eran las 8 am.

Desempacaron sus micrófonos, sus trípodes rimbombantes y sus cámaras, mientras el de la gorra nueva daba la orden de encender la cabina de sonido que ensordeció a los tramitadores de las batas blancas y a las 30 personas que ya hacían fila para sus diligencias en la oficina de la Registraduría.

Al tiempo, se organizaron dos mesas con mantel que parecían aprestarse para un bufete, con toda la elegancia que caracteriza al uribismo, las dos señoras emperifolladas de cabellos dorados y pulseras de oro se acomodaron sus camisetas nuevas y se le acercaron al señor de chaleco azul para que se le pasara el frio y no sintiera tanto la soledad del momento.

Como a las 8:35 el calvo de la gorra, es decir el tal “Gury” que parece el gury gury de la novela ochentera que ya nadie conoce (como a él) pero sin pelo, le soltó el micrófono a otro personaje que andaba bien vestido para esa puesta en escena, todo un paisa, dirían en antaño.

Sombrero, carriel y látigo para cascarle al caballo, el pintoresco personaje comenzó a vociferar contra todo lo que no fuera parecido a él.

Mujeres que deciden sobre su cuerpo, cartageneros que no tienen por qué estar en Medellín y los que no han dejado que los mismos de siempre se roben la plata fueron algunas de sus víctimas de la mañana, que ya comenzaba a sofocar y ponerse cansona.

Un desprevenido promotor de la campaña de León Fredy Muñoz se acercó con periódico en mano a Luis Emiro Arboleda y le entregó uno. El señor del sombrero lo llamó -venga para acá- increpaba. Yo tampoco me hubiera acercado arriesgándome a recibir un planazo.

Exacerbó, eso sí, los ánimos de Arboleda que enseguida comenzó a vociferar más fuerte contra su gran enemigo Muñoz y contra el pobre pregonero que afortunadamente se escabulló entre la pobre “multitud”.

Los que estaban haciendo la fila para sus trámites, es decir la mayoría de espectadores, miraban entre risas ahogadas, pues cualquiera que se atreviera a reírse del cómico momento se arriesgaba a un madrazo o un latigazo y tal vez a un golpe de sombrero. Ellos lo sabían y volteaban la cara para reírse contra la pared.

Lo que sí encontró eco fue la consigna de unos tres señores de camisa y pantalón de paño como los que portan los dueños del centro de Medellín, que sin pena ni miedo gritaba “Quintero se queda” una y otra vez, una y otra vez.

Más tardaba en lanzar sus consignas que en recibir la calurosa compañía de alguno de los escoltas y la mirada acusadora del único policía, que, con radio a todo volumen, recorría los pasillos desiertos.

Casi a las 9 am, la gritería de Arboleda le dio paso al rimbombante discurso lleno de vacíos argumentales del señor con pinta de ricachón, abrigado con chaleco azul y aupado por las damas presentes que no encontraban eco en sus aplausos y sus gritos de histeria cual mamás que regañan a sus hijas de 20 años por llegar a la casa después de las 9.

Guerra, no dijo mucho, ni le hizo honor a su apellido, las miradas de los dos o tres que ponían atención se desviaba cuando cagaban las palomas, un espectáculo más interesante y menos deprimente que las palabras vacías de un recién destituido.

Luego un himno de Medellín destemplado, pero de mano firme y corazón grande, fue lo único que recuperó la atención de la docena de personas, que al momento de las notas, parecieron como estudiantes regañados cuando llega el profesor al salón y los encontró hablando a todos.

Casi a las 9:12 am, y después de una entrevista en la que las cámaras no se atrevieron a mostrar la soledad del evento, pues prefirieron la panorámica del parqueadero que ya se había llenado de carros, el Gury retomó el micrófono y anunció el merecido receso para el grupo de ancianos ex gobernantes.

Las sillas blancas y vacías, llenaron el auditorio pasadas las 10 de la mañana. Carlos Vives, comprometido con la causa uribista, amenizó el ratico con su canción “El caballito” que retumbaba contra los muros blancos y desiertos.

Todo pintaba ser el multitudinario evento digno de Zuluaga y sus manifestaciones de sillas, pero ya casi era hora de recoger. Menos mal que una de las señoras de la fila alcanzó a sentarse un ratico porque la espera y la bulla, ya la tenían al borde de la desesperación.

Al fin de cuentas, no hubo la toma prometida; los periodistas se quedaron con el refrigerio y los tramitadores de las batas blancas recuperaron la tranquilidad para ofrecer sus diligencias a los tranquilos transeúntes, que no se dieron por enterados de la algarabía y el superfiestón que armaron los revocadores en esas escalinatas.

Eran las 11:45 y ya cansado, pude salir de mi diligencia. Pobres los militantes de El Colombiano, que tenían que quedarse a ver si por algún milagro se producía alguna noticia diferente en ese mar de calor y cantaletas. Saludos y quedo atento al nuevo video de Paloma Valencia azuzando a los cuatro revocadores.

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