Crónica de un robo en Cali

Cuando hacemos justicia por nuestras propias manos

Por: Juan Cachastan
julio 26, 2014
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Crónica de un robo en Cali
Imagen Nota Ciudadana

Ese viernes festejaba no porque le dijeran payasa a Vicky Dávila, o porque Lombriz tuvo la gentileza de enviarme un mensaje diciendo que quería hablar conmigo para arreglar las cosas – casualmente su novio se iba la otra semana a prestar el servicio militar-. Tampoco fue porque una amiga viniese de Cúcuta a pasar vacaciones igual que yo, tampoco. Bebía porqué mi abuela me regaló plata, me regaló veinte lucas y ese es un hecho histórico, ella no regala plata, la esconde, la encaleta en bolsas negras en todos los rincones de la casa.

Con ese dinero, tres horas después, me encontraba bebiendo en el apartamento de Rocky. La familia me había invitado a pasar la noche. El señor ojitos pequeños, novio de la cuñada de Rocky era ex narcotraficante de una de las oficinas más temidas en Colombia, el imperio de los Rodríguez Orejuela. Sereno, como una mansa paloma sonreía y hablaba poco. En medio de mi silencio y con una sonrisa afable, analizaba y recogía anécdotas e historias, seguramente me servirían para más adelante.

12:31 am
Nos dirigíamos al apartamento y veníamos de comprar una botella de Frutiño para mezclarlo con el Vodka. Las calles solitarias, ligeras y cándidas daban muestras de la paz imperfecta de la que hablaba Inmanuel Kant. Esa calma siniestra, terrorífica y peligrosa, podría estallar en cualquier momento. Así pues, Rocky, de olfato cazador, advirtió de una moto que pasó a nuestro lado. No le presté atención, pero mi cuerpo se heló en el instante que la moto se devolvió.

Una joven de vestido elegante cruzaba la avenida. La parrillera que iba en la motocicleta le arrebató bruscamente su pertenencia y aceleró por el pleno. La muchacha gritó desesperada pidiendo auxilio. Mi amigo y yo permanecimos tres segundos estupefactos. Las imágenes en retrospectiva se filtraron por mi mente, la parrillera con chaqueta blanca y casco, la moto blanca con azul de marca DT, chica de vestido elegante gritando sobre la avenida, clima frío acompañado de la queridísima soledad, todo concordaba. “!Policía, policía!!” fue lo primero que se me ocurrió decir.

Un taxi frenó en seco frente a nosotros. La joven se subió muy alterada al igual que Rocky que le exigía que arrancara. El taxi aceleró, me iba a dejar votado, pero alcancé a sostenerme con la puerta entreabierta de la cabina delantera. La motocicleta en ese momento ya había cruzado a la derecha dos cuadras más abajo. Como de película, el taxi inició la persecución.

-R1 tengo un 132, carrera 52, Barrio las Tulas, a todas las unidades- anunciaba el taxista por el intercomunicador- repito tengo un 132 necesito refuerzos, perseguimos a unos ladrones que van en una moto, le robaron un bolso a una pelada.
-¡Rápido, rápido que se van a escapar!- exclamaba de facciones delicadas, de tez morena y cabello liso que alcanzaba la altura de los hombros. Lucía un vestido blanco con unas florecitas en las puntas. Seguramente iría para un evento.

-¡Cruzaron por esta, lo agarramos en la otra!- exclamé cuando alcanzamos la cuadra por donde ellos se habían metido, desafortunadamente para los ladrones la cuadra era ciega con un desvío que conducía a otra calle en la que el taxi voltearía y si estábamos de buenas nos encontraríamos frente a frente.

Efectivamente cuando el taxi tomó la curva, apareció la moto.
“!Allá esta, allá esta!”, “!Cogélo, hacéle!”. La motocicleta resbaló sobre el pavimento. El taxi se detuvo. Todos gritábamos, era una locura, no sabía lo que decíamos, no sabía porque Rocky no podía abrir la puerta y la muchacha tampoco.

Teníamos que aprovechar esta oportunidad, pero los ladrones se montaron otra vez a la motocicleta. La joven aullaba exasperada y maldiciendo para que saliéramos, se iban a escapar, ¿por qué ella no era capaz de salir del auto? Los cuatro estábamos encerrados en el taxi sin saber por qué.
La moto se vino sobre nosotros, esquivó el taxi y pasó por mi ventana. La chica en el parte trasera chilló de rabia e impotencia. Se iban a salir con la suya, iban a escapar los malditos. in embargo, lo que sucedió a continuación ustedes juzgarán si es o no un milagro o si los ladrones eran inexpertos, era su primera vez, o estuvieron de malas.

Luego de esquivarnos, casualmente la moto volvió a patinar. La ladrona se soltó de una forma muy chistosa y cayó en el piso. El ladrón alcanzó a saltar y caer parado. La motocicleta color azul y blcana DT chocó con violencia la reja de una casa. La muchacha logró abrir la puerta, todo ese tiempo el taxista no había quitado los seguros, imagínense. Nosotros también salimos. La víctima del robo se abalanzó sobre la ladrona y la estrujó. Rocky y yo nos embalamos como bestias encima del ladrón, pero algo nos detuvo.

Nos observaba erguido desde el interior de su oscuro casco, podría sacar una pistola o algo por el estilo en cualquier momento. ‘!No hice nada, no hice nada!’ fue lo primero y lo último que le escuche decir, cuando Rocky le tiró una patada hacia las piernas. El muchacho de unos 25 años se protegió y lo sujeté del otro brazo sin saber más que hacer.

Rocky le propinaba una severa golpiza, lo insultaba continuamente. Yo me tropecé con el andén y caí al piso. A continuación, apareció un gordo corpulento y encuelló al motociclista. Me levanté y le tiré una patada , luego otra, me encarnicé, debería aprovechar el descontrol para desquitarme de mis frustraciones. Luego, un puño durísimo a la espalda. Rocky le quitó el casco y continuó castigandolo con más rabia, los curiosos empezaron a asomarse e imploraron que cesáramos la vendetta.
La muchedumbre lo cogió y me dirigí a ver en qué estado se encontraba la muchacha. Un viejo se interpuso y me preguntó qué había pasado sujetandome el brazo. Le respondí que eran ladrones que habían robado un bolso y me soltó para irse a difundir la información.

La gente que inicialmente observaba ya se había agrupado en la calle renegando y cuchicheando, esperando quién sabe qué. La joven descubrió que le hacía falta el Blackberry y se abalanzó sobre la ladrona nuevamente. Al cómplice, golpeado y amoreteado, lo conducían a la esquina de la cuadra. Algo me motivó a pegarle, y arrancando desde atrás alcé vuelo y solté un derechazo hacia su rostro. Los huesos de mis nudillos golpearon fuertemente su ojo derecho y frente. A continuación los alaridos de conciliación y perdón. Salí corriendo, algo había cambiado en mí, a continuación le di una patada y le destrocé los retrovisores a la moto.
Rocky y yo nos alejamos del lugar.

-Parcero ese man, el ladrón era de Bombastic, había otro man que le picó el ojo y se conocían- decía Rocky mientras corríamos- tenemos que perdernos y no volver a aparecer por aquí.

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