Crisis en la frontera y en la diplomacia colombiana

El carácter negligente de Juan Manuel Santos lo llevó a moverse tarde

Por: Ricardo Angoso
septiembre 02, 2015
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Crisis en la frontera y en la diplomacia colombiana
Foto: tomada de elpais.com-co

Matar moscas a cañonazos es algo parecido a lo que ha hecho el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, para atajar los supuestos problemas que se presentaban en la frontera colombo-venezolana. La brutalidad habitual de Maduro a la hora de enfrentar una crisis se puso de nuevo de manifiesto, y esgrimiendo nuevas conspiraciones, ahora en clave paramilitar, cerró unilateralmente la frontera, expulsó a miles de colombianos de una forma ignominiosa, por decirlo de una forma diplomática, y dio al resto del mundo un espectáculo dantesco nunca visto hasta ahora en el continente.

A la irracionalidad chulesca, burda y ordinaria de Maduro, se le vino a unir el consabido carácter negligente  del presidente colombiano, Juan Manuel Santos, más conocido como Juanpa. Respondió tarde, de una forma pusilánime y se mostró tibio y débil frente al sátrapa de Caracas quien, aprovechando que se encontraba ante un diplomacia poco rotunda y contundente, personificada por esa canciller de la eterna sonrisa que es María Ángela Holguín, aprovechó la ocasión para pescar en río revuelto y cerrar los límites fronterizos.

Dicen los expertos que Maduro obró así para desviar la atención de su pueblo  acerca de los verdaderos problemas por los que atraviesa el país, sumido en la más grave crisis social, política, moral y económica del último medio siglo. Venezuela se está literalmente hundiendo en un mar de ineficacia, corrupción, criminalidad, improductividad, escasez de alimentos e inflación. Y es que Venezuela quizá ya se ha perdido para siempre, no tiene arreglo, pero esa es otra historia para otro momento. Venezuela tiene elecciones en diciembre y muchos pronostican que, de ser limpias, la oposición democrática derrotará a la barbarie chavista. Ojalá.

La arremetida de Maduro contra Colombia tiene más que ver con la delincuencia común y el narcotráfico. A las luchas conocidas en el interior del régimen entre la Guardia Nacional Bolivariana y el ejército por el control del tráfico de drogas, el contrabando de gasolina y los negocios criminales, ahora hay que añadir el malestar y la tensión que se ha generado en el círculo de Diosdado Cabello por  la extradición de dos narcos colombianos -Gersaín Viáfara y Óscar Hernando Giraldo- a los Estados Unidos, donde podrían declarar en contra del máximo líder y ofrecer nuevas pistas y pruebas a la justicia norteamericana de cara a desentrañar la trama venezolana del narcotráfico, que dicho sea de paso, apunta claramente  a la cúpula de Caracas.

Cabello puede acabar sus días como el dictador panameño  Manuel Antonio Noriega, antiguo capo del narcotráfico y urdidor de toda suerte de tramas, que fue arrestado, procesado y condenado por la justicia norteamericana en su momento, pero esa posibilidad, cada día más documentada en Estados Unidos, es también lo que le hace más peligroso: no tiene ya nada que perder y morirá matando. Cabello nunca abandonará pacíficamente el poder y hará todo lo posible por mantenerse en el mismo al coste que sea. Solo podría esconderse en la ratonera de oro de La Habana y, desde luego, ese no es su destino preferido.

La diplomacia colombiana, incompetente y poco firme en la defensa de sus ciudadanos

Luego está la otra crisis, la de la diplomacia colombiana. La canciller, María Angeles Holguín, en vez de denunciar con vehemencia, firmeza y serenidad las violaciones de los derechos humanos sufridas por miles de sus compatriotas, prefirió mirar para otro lado, exhibiendo por enésima vez su sonrisa dentífrica, y ofreciendo la otra mejilla a su par venezolana en Cartagena, en una rueda de prensa barroca cuando menos y nada constructiva en términos de resolución de la crisis. En las relaciones internacionales no se puede estar en misa y repicando al mismo tiempo, sino que te toca tomar partido, saber de qué lado estás y defender la esfera de intereses del país que supuestamente tienes que defender, pero nada de eso ha ocurrido en esta crisis y el papel del tándem Santos-Holguín ha dejado mucho que desear. Su incompetencia, junto con su escaso conocimiento en la gestión de los conflictos, ha dejado en una situación de absoluta debilidad e indefensión a Colombia.

Por no hablar del papelón del expresidente colombiano Ernesto Samper, ahora Secretario General de Unasur, quien se ha puesto absolutamente del lado de Maduro y ha defendido abiertamente las tesis de Caracas acerca de la supuesta intromisión de grupos paramilitares en los asuntos internos venezolanos. Samper podía haberse callado, pero nuevamente salió en defensa de una cuadrilla de vulgares rufianes y delincuentes, como es la mayor parte de los dirigentes venezolanos que comulgan con las ruedas de molino de la mayor estafa acontecida en este continente en los últimos veinte años: el socialismo del siglo XXI. Samper, fiel a sus jefes, ha preferido el embuste a la verdad; la barbarie a la solidaridad con los suyos

La crisis ha vuelto poner sobre la mesa escasa profesionalidad de la diplomacia colombiana, copada y caracterizada por la presencia de enchufados, lameculos, aduladores, pelotas y paniaguados sin mayor mérito que el de ser amigos de la jefa, y la soledad terrible del presidente Santos en la escena continental, por mucho que él se empeñe en lo contrario y se piense una suerte de destino en lo universal elegido para la gloria. Nadie, absolutamente nadie, ha apoyado a Colombia en esta crisis, la soledad en el panorama internacional de esta nación vuelve a mostrar a las claras el fracaso de la política exterior colombiana, que el presidente Santos siempre ha tildado de "exitosa". La derrota en la OEA, lamentable espectáculo de nuestro embajador por medio, es una muestra de ese fracaso diplomático.

Pero las crisis ofrecen grandes oportunidades para el cambio. Esta auténtica tragedia humanitaria en la frontera, ya con casi 10 mil damnificados y otros millones de colombianos viviendo con auténtico terror en el interior de una Venezuela agónica y abatida, vuelve a poner de actualidad la necesidad de articular y vertebrar una nueva diplomacia para Colombia, conformada por profesionales formados, instruidos y con conocimiento de los temas. De lo contrario, si el amiguisimo y la improvisación siguen reinando en el Palacio de San Carlos, la sede de la Cancillería colombiana, no habrá nada que hacer y el ejecutivo de Bogotá, sea del color que sea, irá de fracaso en fracaso, como le ha ocurrido en esta crisis.

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