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El corte a la orilla

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Agosto 12, 2017
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El corte a la orilla
Estamos en el mundo con dos lunáticos tirando de la cuerda para ver quién se asusta más con la tensión desde su propio lado

Ahora sí que recostamos el corte a la orilla, decía mi padre cuando quería significar que habíamos llegado al límite de una situación. Era una vieja metáfora campesina que utilizaban los corteros del monte cuando terminaban la tarea marcada. Y se preguntaban: ¿y ahora qué?

En situación parecida estamos ahora en el mundo con dos lunáticos tirando de la cuerda para ver quién se asusta más con la tensión desde su propio lado. En la memoria internacional reciente no hallamos antecedentes más ridículos y más vergonzosos que el del espectáculo de dos presidentes, Kim Yong, de Corea del Norte y Donald Trump, de Estados Unidos, gruñendo y pelando los dientes, derramados en baba y pelos, como dos animales amaestrados, para demostrar quién es quién con la sola fuerza de las amenazas de un matón de esquina.

No son ni siquiera capaces de urdir un discurso, de articular una retórica, que ayude un poco a entrever de qué oscura caverna del tiempo y de la historia vienen este par de animales. El uno es como un puerquito polanchín dueño y señor de su chiquero. El otro es como un marrano Jersey, rojo y gritón de sus caprichos. Sus expresiones, infantiles, desarticuladas, no alcanzan siquiera la categoría de una simple pataleta. Sus significaciones son de una gran precariedad semántica. Toda la elocuencia de ambos solo alcanza a redondear la certeza tristísima de una tremenda estupidez.

 

 

El uno es como un puerquito polanchín
dueño y señor de su chiquero.
El otro es como un marrano Jersey, rojo y gritón de sus caprichos

 

 

Y aunque voces más serias en el coro internacional queriendo tranquilizarse, y tranquilizarnos, aseguran que el sentido común prevalecerá mientras muy circunspectos piden a ambas partes aligerar las tensiones, lo cierto es que uno nunca sabe qué carajos pueden desencadenar en un mundo como éste dos fenómenos de la idiotez como la que encarnan estos dos protagonistas.

El punto nos lleva a preguntarnos por el lugar de importancia que en esta civilización de hoy pueden llegar a tener entonces conceptos como los de paz, cultura y diálogo, si en los máximos escenarios internacionales el debate político transcurre en el más bajo nivel que podamos jamás imaginar. Si los argumentos para hallar razones y acuerdos entre pueblos, entre grandes intereses económicos, entre delicadas tensiones políticas, se mueven serpenteando de la manera más rastrera entre una diplomacia inútil, disminuida y anulada, ante la arrogancia enfermiza de jefes de estado que no oyen ni ven ni entienden, perdidos en la obsesión de poder que implica un cargo.

Ojalá fuera en verdad una “escalada dialéctica” como la llama generosamente Angela Merkel. Si fuera ello así, el mundo estaría asistiendo a un debate de ideas, al cruce provechoso de dos discursos opuestos expuestos por los titulares de dos países respetables, desiguales en territorio y en recursos, pero civilizados, e intentando alejar sus palabras y sus pueblos del abismo de una guerra de hoy.

Pero esos dos son solo dos especímenes de una nueva casta de políticos con los que el siglo XXI parece proponer una manera poco digna de irnos todos a la mierda. Putin, Maduro, Kim Yong, Uribe y Trump, por ejemplo, son payazos cortados por la tijera de un mismo circo. Todos parecen solamente empeñados en salvar el ámbito privado de su propia rabia, el feudo íntimo de un ego que se solaza en la orden irrebatible, en el fuero personal vuelto capricho. No son otra cosa. El uno es un Rambo que cabalga sobre osos y manda a matar opositores; el otro ha llevado la ignorancia y la ridiculez a las más altas escaleras del estado, pisoteando la democracia y el honor como si fueran boñiga; el tercero es un engendro de autoritarismo, un muchacho roto que adoptó las armas nucleares como juguete personal, porque no conoció otra manera de divertirse; Uribe, es la ceguera y el odio dirigiendo la mentira; y Trump, uno de estos falsos luchadores del gran ring americano que creen que lo espectacular de una caída fingida es suficiente para asegurar la aprobación general y la taquilla.

Razón tiene el venerable Noan Chomsky cuando dice que lo de Trump es un reality show para entretener a una audiencia entregada a los efectismos de sus actitudes y de su incontinente tuiter, para ocultar todo el tinglado que está detrás. Lo dice el viejo lingüista y pensador: “Todos estos defectos de la administración Trump entretienen también a los medios de comunicación y sirven como una distracción mientras los republicanos de Paul Ryan, que son, en mi opinión, el grupo más peligroso y salvaje en el país, están ocupados implementando programas que han estado organizando en las sombras durante años. Programas muy salvajes basados en dos principios muy simples: uno, asegurarse de ofrecer a los ricos y poderosos sus sueños de avaricia, y, dos, patearles la cara a todos los demás”.

Recostamos el corte a la orilla, señores.

 

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