Corrupción, una pandemia más mortal que el COVID-19

El virus que consume al país es más bien un parásito que vivirá siempre oculto en las entrañas de su huésped, siendo más letal que cualquier otra cosa

Por: Marco Aurelio Alvarez
abril 08, 2020
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Corrupción, una pandemia más mortal que el COVID-19

La noticia que ocupa la atención del mundo es obviamente la propagación del coronavirus, tanto así que no hay forma de evitar encender la radio o la televisión sin escuchar algo nuevo acerca de la propagación, los casos y las muertes. Hay información de todo tipo, la más sensata que trata de brindar información detallada sobre sus características y prevención, y otra más descabellada que habla de una variedad eventos inconexos que van desde la ciencia ficción hasta la magia. Tanta es la atención del mundo a este respecto, que muchas personas han perdido de vista otras cosas de capital importancia como lo son el comportamiento de los mercados y el ejercicio de las funciones de los Estados.

Hace poco, Henry Kissinger, exsecretario de estado norteamericano, afirmó en una entrevista que la pandemia del coronavirus cambiaría al mundo para siempre. Así mismo, señaló que en tiempos de crisis se necesitaban “ciudades con sólidos muros y líderes fuertes”. Sin embargo, cuando acercamos nuestra mirada con una lupa a nuestro microcosmos, las palabras de Kissinger parecen perder toda relevancia, dado que aquí de amurallada nos queda Cartagena y los líderes fuertes parecen no existir. Lo que sí hay, y en cantidades alarmantes y pasmosas, son personajes a los que a estas crisis les vienen como anillo al dedo, en especial los políticos que en épocas de emergencia saborean jugosos contrato para suplir alimentos, entregar ayudas humanitarias, proveer medicamentos, etcétera, demostrando así no solo la ausencia de liderazgo sino una rapacidad que desconoce limites o escrúpulos.

No llevamos un mes de cuarentena y ya a lo largo y ancho del país hay denuncias relacionadas con este tipo de acciones; todo mientras el aparato productivo está casi completamente paralizado, no así el sector financiero que sigue como si nada. A lo anterior podemos sumar que no existe un verdadero plan de contingencia frente a la situación. Para colmo de males, el presidente hizo un llamado a un “confinamiento inteligente” en un país que no puede afrontar tal medida, no por falta de recursos sino por ausencia de muros fuertes, que más bien son improvisadas empalizadas sin fosos de respaldo. Y si la fortificación es flaca, debemos decir que los generales no son hábiles.

No hay planes de respaldo, no se sabe cómo se reactivará la ya maltrecha economía, en momentos en los que la coyuntura ha provocado despidos masivos, cierres de empresas y pymes. Esto sin olvidar que el sistema de salud es precario y la justicia parece no existir. Paradójicamente, esos ingredientes formarían el caldo de cultivo perfecto para el desastre, de no ser por el triste y vergonzoso hecho de que estamos acostumbrados a ello. Muestra de eso es que los más sonados escándalos de los últimos han quedado completamente olvidados, ya nadie habla de La Guajira y sus niños hambrientos, de Aída Merlano (exsenadora prófuga de la justicia, cuyas declaraciones tenían temblado a muchos en el país), de los escándalos en fuerzas militares, de la fuga de un exguerrillero aparentemente ciego y su vuelta a las armas, de laboratorios para la fabricación de drogas en fincas de exministros, de las multimillonarias pérdidas por construcciones mal hechas y puentes que se caen o no van a ningún lado y tantos y tantos más.

Muy seguramente la enfermedad causada por el COVID-19 será erradicada o controlada, pero el virus que consume al país es más bien un parásito que vivirá siempre oculto en las entrañas de su huésped, siendo más letal que esta reciente pandemia.

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