Opinión

Contra la mamera nacional

“El laberinto de los espíritus”, cuarto libro de la tetralogía de Carlos Ruiz Zafón, con todo y decepciones, vale como analgésico para mantenernos a flote

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Febrero 23, 2017
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A veces uno se levanta aún de noche y, de paso para la ducha, todavía medio dormido, prende el radio y despierta de golpe –con lo peligroso que eso es, si lo sabremos los sonámbulos- por cuenta de las noticias y comentarios que animan las madrugadas a los integrantes de las mesas de trabajo y nos las desaniman a nosotros, los mortales que luchamos contra la tentación de volver al edredón.

(Hoy no me puedo levantar, cantaría a voz en cuello si con mi escasa afinación no ofendiera al grupo Mecano que tanto me ha gustado).

Pero no, no podemos escapar a la mamera nacional; en especial si somos periodistas. ¡Qué mamera!

Día tras día las historias se repiten, aunque cambien los nombres de algunos protagonistas, hasta convertirnos la vida en un déjá vu interminable: corrupción, carteles, carruseles, volteretas, versiones encontradas, vencimientos de términos, fallos mediáticos, funcionarios en campaña, conejeadas, micos, los Roys –no los Rolls Royce-, los Armanditos –no los armadillos-, los lagartos exquisitos…

Y el conjuro: los libros.

El laberinto de los espíritus en esta ocasión. A pesar de que coronar las casi mil páginas que lo componen, y no sucumbir en el intento, es asunto mayor.

Lo digo porque en este último libro de la tetralogía de El cementerio de los libros olvidados, a Carlos Ruiz Zafón se le fue la mano en 200 o 300 páginas saturadas de torturas y asesinatos que, a fuerza de descripciones detalladas y repetitivas, se vuelven lugares comunes que esparcen ruido en un buen libro que se deja leer de una sentada en su primera mitad.

Hasta que empiezan a aparecer varias historias paralelas, algunas de las cuales van urdidas como extensiones de pelo en el argumento. (¡Una tijera, por favor!) No era necesario confundir al lector, en especial al recién llegado, con cabos que quedan sueltos y personajes secundarios y perecederos, algunos de poquísima monta. En cuanto al remate, no deja –no me dejó a mí, subjetividad total- ningún sabor de asombro. No es un final de antología.

 

Páginas saturadas de torturas y asesinatos,
se vuelven lugares comunes que esparcen ruido en un buen libro
que se deja leer de una sentada en su primera mitad

 

De la saga de El cementerio… he leído los cuatro tomos que la componen. Quince años –los mismos que el autor catalán lleva escribiéndolos- enganchada a los misterios que rodean la vida de la familia Sempere. A personajes como David Martín y su demonio Andreas Corelli, al inmortal Fermín Romero de Torres, al sufrido Isaac Monfort con su torre de impresos sobre los hombros, a Julián Carax sobreviviente del fuego, al desdibujado Daniel Sempere, a la Barcelona gótica y oscura…

Me gusta como escribe Carlos Ruiz y para nada me predispone el hecho de que sea una máquina de producir bestsellers (la primera tirada de El laberinto, a finales del año pasado, fue de 700 mil ejemplares y sus obras han sido traducidas a cuarenta idiomas), aunque el gancho publicitario de que es el autor español más vendido en el mundo después de Cervantes, si bien obedece a una información técnicamente cierta, en la práctica no resiste el análisis.

Comparar El Quijote con El cementerio…

De los cuatro libros: La sombra del viento, El juego del Ángel, Prisionero del Cielo y El laberinto, el primero es, de lejos, el mejor; el segundo, mediocre, el tercero vuelve a subir un poco el listón y el cuarto sin ser uno-de-los-libros-que-no-te-puedes-perder, está bien. Y eso que Zafón dice que es su libro “más luminoso”. Discrepo.

En este conjuro “luminoso” que transcurre casi todo a finales de la década del 50, la policía investiga la desaparición del ministro Mauricio Valls, prohombre del Régimen –sí, de Franco- y antiguo director de la tenebrosa cárcel de Montjuic. Y para tal fin elige a la niña mala Alicia Gris y al curtido capitán Vargas, al tiempo que se dan a conocer a cuentagotas los secretos que campean por la librería de los Sempere. Hasta ahí lo que podríamos denominar la pepa de la nuez. El resto son arandelas. Unas menos prescindibles que otras, pero arandelas.

De los personajes nuevos -dicen que algunos son guiños a libreros, editores y escritores,  amigos del novelista- hay dos que no solo brillan con luz propia, sino que bien podrían ser protagonistas de una historia aparte que no tuviera que ver más nada con Sempere y Cía. Son Alicia –se roba el show con creces- y su compañero de fórmula. Me encantaría ser calvete y regordete y barbado y apellidarme Ruiz Zafón para saberlos recrear a fondo. (Solo para eso).

En conclusión, con todo y decepciones, vale la pena leerlo. El homenaje que el escritor rinde a los libros justifica que se decidan a hacerlo. No se arrepentirán y, de paso, contrarrestarán la mamera nacional.

ETCÉTERA: Ahora pasa el testigo a otra tetralogía: Dos amigas. Ferrante vs. Odebrecht, Lizcano, Martínez, Prieto, Barreras, Benedetti… ¡Qué mamera!

 

 

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