Opinión

Confiar en los amigos y desligitimar al otro

El país está hasta la coronilla del liderazgo que se alimenta de la desconfianza en el otro

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Agosto 06, 2018
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Confiar en los amigos y desligitimar al otro
El esfuerzo del senador Uribe de restarle legitimidad a los magistrados de la Corte, es todo un homenaje a la desconfianza en la justicia. Foto: Leonel Cordero/Las2Orillas

La democracia requiere de líderes que dignifiquen al otro. Lo que estamos viviendo es lo contrario: la lucha por deslegitimar a los rivales políticos y, de paso, derribar la poca confianza en instituciones como la justicia.

Hace por lo menos un cuarto de siglo que se habla en Colombia de “construir confianza”. Ciudadanos que confían entre sí, que son diferentes unos de otros, se supone, pueden vivir en armonía, resolver sus conflictos en forma pacífica y, también, como reza otra fórmula, “construir sobre lo construido”.

Al contrario, en una sociedad en la que impera la cultura de la desconfianza, en la que pensar mal del otro es una condición del acierto, habrá más corrupción y debilidad de sus instituciones. Una y otra se relacionan, se dice, con menor desarrollo económico y mayor inequidad. De ahí que los estudios comparativos de capial social ubicaban a Colombia y a países como Turquía y México en altos niveles de desconfianza, violencia y corrupción. La receta, entonces: construir confianza.

Pasados 25 años, a pesar de tanto discurso alrededor de la confianza, la corrupción es rampante y la debilidad de las instituciones, incluyendo algunas asociadas a la justicia, mayúscula. Por estos días, a propósito del llamado a indagatoria de un senador, su esfuerzo de restarle legitimidad a los magistrados de la Corte, los intentos de cambiar testimonios de los testigos, la apelación al estado de opinión, son todo un homenaje a la desconfianza en la justicia y las instituciones.

“Construir confianza” es un lema que puede ser vacío. La confianza no puede decretarse. El prerrequisito de la confianza es la confiabilidad.  En la vida cotidiana estamos, de manera permanente, confiando en personas que, sin conocerlas, consideramos confiables. El conductor del transmilenio que nos transporta, el cocinero del restaurante donde almorzamos, la médica que nos atiende en una urgencia son confiables en lo que hacen y, por lo tanto, acreedores de confianza. Son, en otras palabras, competentes en el desempeño de sus tareas y en ese terreno confiamos en ellos. El cocinero no será confiable si receta medicamentos y viceversa.

Para que la confianza pueda darse, no solo se requiere ser competente. Es necesaria la responsabilidad. Estamos, de diferentes formas, suscribiendo contratos: cumplirlos, responsablemente, es requisito de confianza.

La corrupción, gran destructora de confianza, puede provenir de individuos competentes. Un fiscal anticorrupción y un exgobernador, menores de 40, con excelentes registros académicos, no pueden ser confiables por su deshonestidad, a la par que contribuyen a la destrucción de la confianza en el servicio público.

 

Lo que ocurre es perverso,
gracias a los liderazgos que se nutren de la desconfianza que siembran,
así obtengan dividendos políticos inmediatos para sí

 

 

Un ámbito determinante en la construcción de confianza en la sociedad es el de los partidos y movimientos políticos en los procesos de luchas electorales por el poder, así como en los del ejercicio del ejecutivo y el legislativo. Los líderes dan el ejemplo a seguir. Lo ideal, por supuesto, es el respeto a los contrincantes. No obstante, lo que ocurre es perverso, gracias a los liderazgos que se nutren de la desconfianza que siembran, así obtengan dividendos políticos inmediatos para sí.

Lo que se ha dado en llamar polarización no es otra cosa que el resultado de la astuta (y miope) manipulación de los adeptos: construyo y fortalezco lazos de confianza entre mis seguidores en la exacta medida en que deslegitimo y consigo representar como no confiables a mis adversarios y sus huestes. Banquete de las compañías de mercadeo político y de quienes les pagan, es decir, los líderes beneficiarios, que no tienen por qué reparar en los daños a la sociedad en su conjunto mientras triunfen electoralmente.

Así, caemos en la estupidez: un buen número de los votantes de Duque creen, con sinceridad, que los ocho millones y pico de votantes de Petro son castrochavistas y que Santos es comunista. Viceversa, están quienes consideran que quienes votaron por el CD en segunda vuelta son patrocinadores del paramilitarismo, etc., etc.

El país está hasta la coronilla del liderazgo que se alimenta de la desconfianza en el otro.

Quizás Duque, más allá de la discusión acerca de sus propuestas de política económica y social, pueda dar un salto cuántico en términos del lenguaje: respetar a todos los movimientos políticos del espectro, dar la tónica en el reconocimiento del otro, reconocer el valor de las diferencias.

Se convertiría en un presidente confiable. De lo contrario, proseguir con la rutina de la deslegitimación de los “enemigos”, incluyendo las cortes, irá en contravía de su propósito de unión de los colombianos.

 

 

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