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El Desarrollo Rural Integral de Colombia precisa del trabajo, focalizado, uniforme y constante durante por lo menos 20 años. Para lograr que las condiciones de las poblaciones objeto de esas labores lleguen a donde corresponde en justicia para ellos y para todos los colombianos, debemos recoger lo que ya se avanzó y aprovechar los instrumentos legales y constitucionales con que contamos.
¡Aprendamos al fin! Colombia ha tenido muchos procesos de desarme. Y, cada vez que ello ha ocurrido –con mayor o menor intensidad y con variados énfasis– se ha intentado que sea “la” oportunidad para, además de llegar con la justicia, resolver los temas estructurales del país, relacionados con la violencia. Hemos fracasado; una y otra vez, hemos fracasado. Ciertamente, luego de la Revuelta de los Comuneros, Guadalupe Salcedo, de "Sangrenegra", de la amnistía del presidente Rojas Pinilla, del Frente Nacional con ocasión del proceso con el Ejército Popular de Liberación (EPL), con el Movimiento 19 de Abril (M-19), y el Movimiento Manuel Quintín Lame (MMQL), e incluso un poco después de los acuerdos de desmovilización con las –mal llamadas– Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), y los demás que han venido hemos intentado, hemos fracasado y la violencia ha reencarnado, haciéndonos tanto daño, de nuevo.
Cada vez se ha dado la misma secuencia de firmar un acuerdo, llegar a la máxima sapiencia de “hay que llevar la justicia y la institucionalidad al territorio”, crear para ello un programa, ponerle a ese programa un nombre elegante, y una sigla sonora… Pasan tres años y fracasamos.
Fracasamos por falta de tiempo. Fracasamos, no por intentar siempre lo que ya sabemos que se debe hacer, sino por volver a intentar lograrlo en un poco más de tres años, que es lo que dura una administración en Colombia. ¡No más! No puede haber política de víctimas en tres años, no se puede tener una reincorporación exitosa en tres años, no es posible estabilizar la tercera parte del país en tres años, no lograremos la sustitución de toda la coca que hay en el país en tres años y, por supuesto, no puede lograrse desarrollo rural en solo tres años.
Ahora podemos hacerlo bien: Eso implica, para las víctimas poner en práctica los dos documentos CONPES que escribimos una vez se renovó por 10 años más la ley que los cobija. Para los 13 mil excombatientes que confiaron en la palabra del Estado y que sí se sometieron y han cursado juiciosos su proceso de reincorporación, terminar la implementación de la Hoja de Ruta que para eso se creó legalmente. En lo que hace a la sustitución de coca, poner en práctica el Colombia Sustituye que se planeó con la primera administración Trump. Cumplir las 33 mil iniciativas y necesidades que los pobladores de los 170 municipios PDET acordaron entre ellos. Y, para toda la ruralidad, retomar la ejecución de los 16 Planes Nacionales Sectoriales con lo que se cerrará la brecha entre el campo y nuestras zonas urbanas.
Se debe y se puede: Con la reforma constitucional que aceptó el Acuerdo, se previó que a todos esos mismos respectos debemos trabajar durante 4 administraciones para sacarlos adelante. Y, para mejor, la Corte Constitucional indicó que ese proceso y sobre cada avance es la materialización del derecho a la paz y se le predique la progresividad, significando que no se podría volver atrás. No se pueden poner más requisitos para acceder a lo garantizado, ni se podrán reducir los presupuestos asignados. Cumplir o no cumplir lo acordado no es, entonces una opción, sino un mandato constitucional. Y, para fortuna, en ello, como Nación, tenemos esta única oportunidad de resolver los temas que debimos haber resuelto hace décadas, con o sin Acuerdo. Y esa oportunidad no volverá.
De esa manera, cada paso de estos forma parte de los derechos fundamentales de cada colombiano. Ninguno de estos puede, en adelante, limitarse, hacerse más complejo su acceso o reducirse el presupuesto que se haya previsto para honrarlo.
Durante la administración del Presidente Duque teníamos, entonces, una responsabilidad histórica y, como país, una oportunidad única. Y cumplimos y dimos los pasos que se necesitaban –y en las direcciones correctas– para aprovecharla. Enviamos los mensajes políticos claros y, con planeación y hechos, dejamos las bases sólidas para asegurar la paz que merecen las siguientes generaciones. Necesitamos del milagro para que se tome la posta.
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