Con miedo a salir de la cueva

Por temor al contagio, el mundo se volvió peligroso y amenazante, por lo que, sin poder ser los mismos que fuimos, podemos llegar a preferir quedarnos en casa

Por: Samuel Astor Bahos
junio 01, 2020
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Con miedo a salir de la cueva
Foto: Pixabay

Este artículo no va dirigido a quienes vuelven con ansias a la calle sino a los que en el confinamiento sienten temor a volver a salir después de semanas de encierro, dicen que son los mayores de 65 años los que pueden presentar este síntoma, pero no hay que descartar a los que se adaptaron a trabajar desde casa y ya empiezan a sentir cierta fobia por regresar al lugar de trabajo. De a poco la reactivación de la economía obliga a terminar con el encierro y de pronto alguno de tantos siente pena por lo que parecería un anhelo… salir a la calle. Podemos pensar que es temor a volver a esa vida de antes, esa donde la gente no la estaba pasando bien, y en esos casos la cuarentena actuó como un salvavidas emocional permitiéndoles recuperar su estado anímico y psicológico.

La sensación de miedo busca salida como el agua presurosa por las tuberías y puede despertar sensaciones fóbicas y episodios de pánico ante la “obligación de volver a estar allá afuera” cuando en realidad lo que se desea es quedarse en casa, donde nos sentimos seguros, quizá en el cuarto donde el niño puede escapar del bulliyng que le hacen sus compañeros. Quizá sea la sobreexposición mediática que ha hecho ver al mundo como un infierno para los humanos mientras los animales por aire y tierra se sienten tranquilos en las cercanías de los caseríos. Las noticias han logrado que el COVID-19 sea tragedia en cámara lenta y desde ahí adviene la incertidumbre extrema, madre de un sinnúmero de temores.

La información minuto a minuto no siempre nos permite sentirnos mejor, a veces nos hace sudar y tener pesadillas, nos detiene en la hiperreflexión de los contenidos que alimentan la bestia de la ansiedad; esto pasa cuando asumimos la información con juicios de valor que marginan la objetividad de lo acontecido. Por otro lado, la cercanía a población contagiada es otro gran foco de terror para restablecer la vida, el miedo al contagio por reflejo de contagiados puede ser considerado una amenaza para la condición resiliente que permite sobreponerse a la adversidad. La lógica errónea es que el peligro está en la calle, en el punto de encuentro sombrío con la sociedad y por lo tanto es mejor permanecer detrás de la puerta. Entonces nace una nueva forma de estar, una que asume la vida como peligrosa atajada por el encierro.

En la búsqueda de seguridad, nos damos cuenta que la soledad ha hecho de las suyas como en la película del Naúfrago, somos criaturas vulnerables con sensaciones psicológicas de aislamiento que nos han desacostumbrado a desplazarnos e integrarnos. De repente el mundo se volvió peligroso y amenazante, sin besos, ni abrazos ni caricias por temor al contagio, por lo que, sin poder ser los mismos que fuimos, podemos llegar a preferir quedarnos en casa. Es cuando regular las emociones ofrece una oportunidad a la terapia que ayuda a enfrentar el temor para irlo minimizando de a poco, no es labor de un día, es acción temporalmente estable desde lo aprendido. Porque quienes trabajaron en su cuerpo, en su espíritu o en el intelecto en todas estas semanas, requieren hacer una vuelta progresiva a la rutina sin olvidar aquello a lo que se dedicaron, que es donación de la supervivencia; ahora con formas más asépticas de contacto, pero con lecciones aprendidas expresadas al propio ritmo, una forma gradual que permite ir ganando confianza para vivir nuevos retos e incluso otra vida, una que por lo pronto obliga a desadaptarnos del encierro para estar afuera, en espacios donde es preciso vencer el síndrome de la cabaña.

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