Comunismo no es opuesto a capitalismo

Se ha vuelto común calificar a los seres humanos y a los países como capitalistas o comunistas, lo que está muy lejos de ser cierto. ¿Por qué?

Por: Leonel Vega Mora
septiembre 02, 2021
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Comunismo no es opuesto a capitalismo

A propósito de los resultados de los Juegos Olímpicos de Tokio 2021, me da tristeza y algo de vergüenza ajena con los amigos que yo denomino "capitalistas pobres", quienes vehemente e inexplicablemente se declaran y manifiestan abiertamente ser enemigos del socialismo o del comunismo, porque supuestamente, no quieren ser como Cuba y mucho menos, dicen ellos, como los “castrochavistas” de Venezuela. La realidad es que en estas pasadas justas deportivas el medallero olímpico muestra que de 86 países que obtuvieron algún tipo de medalla, Colombia obtuvo el puesto 66, por debajo de Venezuela (puesto 46) y muy por debajo de Cuba (puesto 14). Y en cambio Chile que es nuestro ejemplo “capitalista” a seguir, ni una medalla. Ah, y qué decir de China?

Lo anterior me lleva a plantear el título del presente ensayo, pues se ha vuelto común y popular referirse, distinguir y calificar a los seres humanos y a los países como capitalistas (malinterpretados como sinónimo de democráticos, ricos, solventes, productivos, con alto nivel de calidad de vida, etc.) o como comunistas (igualmente malinterpretados como sinónimo de gobiernos dictatoriales, pobres, insolventes, improductivos, con bajo nivel de calidad de vida, etcétera), lo cual por supuesto está muy lejos de ser cierto, denotando a todas luces una gran confusión conceptual alrededor de los significados de ambos términos, y sobre lo que intentaré reflexionar.

Por un lado, es conveniente aclarar que el capitalismo no representa ni obedece a ninguna ideología en particular, y se caracteriza, en todo caso, porque pretende el crecimiento económico y la acumulación de riqueza y poder mediante la producción e intercambio de bienes y servicios en el mercado de capitales. Desde el punto de vista ambiental, y a pesar de los ingentes esfuerzos de la política y gestión ambiental en el mundo, el capitalismo actual es totalmente insostenible, pues además de basar el crecimiento económico y la acumulación de riqueza en el aprovechamiento inmisericorde de bienes y servicios ecosistémicos y en la sobreexplotación de la mano de obra a niveles casi esclavistas, en ambos casos se sobrepasan con creces los límites de resiliencia de la naturaleza, ya que no solo se involucran los costos reales de dichos recursos en la matriz productiva, se genera día tras día un pasivo ambiental de proporciones inimaginables e irreversibles.

El capitalismo nació con el Homo sapiens hace 350.000 años, evolucionó con la revolución cognitiva hace 75.000 años, se fortaleció con la revolución agraria del Neolítico hace 10.000 años, se desarrolló con la Revolución industrial de inicios del siglo XIX y se potenció con el neoliberalismo de finales del siglo XX e inicios del XXI, hasta el punto que actualmente constituye el modelo de desarrollo económico que rige en todos y cada uno de los países del mundo, desde aquellos con régimen político tipo democrático y sus diferentes formas de gobierno (monárquico-parlamentario, parlamentario, presidencialista, socialista, comunista, etcétera) hasta aquellos con regímenes políticos de tipo dictatorial y sus diferentes tipologías (dictadura militar, dictadura de partido único, dictadura personalista, dictaduras monárquicas, dictadura híbrida, etc.), si se quiere, como China, Corea del Norte, Laos, Cuba, Vietnam y Venezuela, e inclusive en aquellos con régimen de tipo teocrático como Ciudad del Vaticano, el Estado Monástico Autónomo de la Montaña (Monte Athos), la Orden de Malta, Irán, entre otros países islámicos. En cualquier caso, independientemente del régimen político y del modelo y forma de gobierno, el capitalismo constituye el motor de desarrollo, subdesarrollo, atraso, mejoramiento y/o empeoramiento de las condiciones público-institucionales, económicas y sociales de todos los países del mundo actual.

Por otro lado, los regímenes políticos, modelos y formas de gobierno imperantes en el mundo actual sí representan y obedecen a ideologías particulares, las cuales varían básicamente según la cosmovisión desde donde se piensen. De hecho, en la historia del pensamiento humano han predominado, y aún lo hacen, dos grandes cosmovisiones antagónicas que definen y defienden unos paradigmas, principios y fines en los cuales se enmarcan las diferentes percepciones e ideologías de los seres humanos, así como su relación con el medioambiente y consigo mismo. Estas dos cosmovisiones son la evolucionista y la creacionista, las que a efectos prácticos y pedagógicos, y con el perdón de los eruditos, me permito esquematizar como orillas opuestas de un mismo río, como se muestra en la figura 1.

Figura 1. Dos grandes cosmovisiones enfrentadas ideológicamente

Como se puede apreciar, aunque en ambas orillas coexisten el capitalismo, la democracia y los gobiernos dictatoriales, lo hacen a través de múltiples opciones ideológicas que varían de orilla a orilla, pero en sentido contrario.

Así, el capitalismo, como modelo de desarrollo económico del mundo actual, varía desde la opción de un capitalismo concentrador de riqueza y poder en unos pocos, hasta la opción de un capitalismo distribuidor de riqueza y poder en la población. Aunque en ambas opciones el modelo de desarrollo es ambientalmente insostenible, está claro que al ser menos concentrador y más distributivo es igualmente más ambientalmente sostenible. En definitiva, el grado de desarrollo del capitalismo en cada nación estará determinado por el grado de desarrollo sostenible de su Estado, su sector productivo y su población, incluidas sus capacidades deportivas.

La democracia, por su parte, como sistema político imperante en la mayoría de los países del mundo actual varía igualmente desde la opción de una democracia representativa, también conocida como democracia indirecta, en la cual los ciudadanos ejercen el poder político mediante sus representantes, elegidos por medio de voto, en elecciones libres y periódicas, hasta la opción de una democracia participativa, en la que se otorga a los ciudadanos una mayor, más activa y más directa capacidad de intervención e influencia en la toma de decisiones de carácter público. En ambos casos, la democracia está bien lejos de ser adecuadamente representativa y/o adecuadamente participativa.

La democracia representativa, que rige actualmente en la mayoría de países del mundo, se ha caracterizado históricamente por la conformación de Estados cooptados por enquistadas clases políticas, que no representan a los ciudadanos sino a las más rancias oligarquías y a los más grandes grupos económicos, o también, como se está develando últimamente en Colombia, con un Estado donde prevalece una clase política tradicional, que lejos de representar a la población desde siempre se ha preocupado y ocupado de representar solamente sus intereses personales, o lo que es peor aún, de representar los intereses individualistas de los grandes clanes familiares regionales, que en muchos casos ya probados, representan intereses oscuros de negocios ilícitos o son testaferros de grandes capos de las mafias del narcotráfico y la corrupción.

La democracia participativa, aunque es una evolución moderna de la democracia directa de la Antigua Grecia, está aún en proceso de desarrollo, y es más fácil definirla que ponerla en práctica. El ideal que promueve es el de una sociedad más justa, plural y con mayor inclusión social, que reconozca los valores de la concertación, la tolerancia y la colaboración. Es mucho más exigente, pues uno de sus retos principales es impedir que el ciudadano limite su papel dentro del sistema democrático al ejercicio del sufragio, y que por el contrario a la democracia representativa, asuma un rol protagónico, activo y propositivo, dentro de la política y la gestión pública a todo nivel, involucrándose en las decisiones que le afectan, proponiendo iniciativas, promoviendo asambleas y debates, pronunciándose a favor o en contra de una u otra medida, así como vigilando y verificando su implementación. Para lograrlo se requiere una población con un nivel adecuado de educación que permita crear una sociedad de ciudadanos activos, organizados y preparados para asumir un papel dinámico en la escena política.

En cuanto a los gobiernos dictatoriales de derecha o de izquierda, vale decir que son métodos de gobierno no democráticos que se presentan cuando el poder es ejercido arbitrariamente por un grupo reducido y despótico, a cargo de un único individuo (el dictador), o la cabecilla de un partido, o una élite de alguna otra naturaleza (generalmente militar). Coarta los derechos individuales y colectivos, por lo que no suele haber participación ciudadana ni pluralismo político, y mucho menos libertad de prensa. Pueden ser de diverso signo ideológico (derecha o izquierda) y, en teoría, actuar en representación de distintas clases sociales, imponiendo reglas políticas, económicas y sociales a los ciudadanos de una nación, y a menudo silenciando cualquier voz crítica o disidente que pudiera actuar en su contra. Su perduración en el poder se da a través de métodos no electorales, no populares, no constitucionales, o sea, de facto o por la fuerza. Además, suelen perpetuarse indefinidamente en el tiempo, acaparando los recursos nacionales durante años e incluso décadas.

En conclusión, comunismo no es lo opuesto a capitalismo. El comunismo es simplemente una de las múltiples formas democráticas de gobierno que existen y no puede ser comparado con el capitalismo, que por supuesto, no es ninguna forma de gobierno, sino el modelo de desarrollo económico de todos y cada uno de los países del mundo actual. Todos los seres humanos de manera individual, colectiva o empresarial somos capitalistas, pero nos regimos por formas de gobierno diferentes.

No por ser capitalista se es democrático, rico, solvente, productivo, con alto nivel de calidad de vida, etcétera, pues no basta que los indicadores económicos de productividad sean altos si estos se logran a costa del deterioro de la Naturaleza y de las condiciones de calidad de vida de la población.

No basta en Colombia que nos ufanemos de ser capitalistas y pertenecer a la Ocde si somos un país con un Estado cooptado por la corrupción, el clientelismo y las malas prácticas políticas y administrativas. No basta que nos ufanemos de ser capitalistas y pertenecer a la Ocde, si somos un país con una economía primaria, es decir, basada casi exclusivamente en la explotación, por no decir expoliación, ambientalmente insostenible, de nuestros preciados recursos mineros del subsuelo. No basta que nos ufanemos de ser capitalistas y pertenecer a la Ocde si somos un país con un alto porcentaje de su población con necesidades básicas insatisfechas, sin acceso adecuado a la educación, y en general, con una gran vulnerabilidad multidimensional cada vez más creciente.

Igualmente, no por vivir en un régimen político socialista o comunista, se deja de ser democrático, rico, solvente, productivo, con alto nivel de calidad de vida, etcétera. ¿Quién dijo que por ser de pensamiento socialista o comunista se tiene que ser pobre? Los países más ricos y desarrollados del mundo son socialdemócratas y esa es precisamente la esencia del socialismo, que todos sean equitativamente ricos y no pobres.

En toda nación democrática quien debe ser socialista es el Estado, es decir, su marco institucional de políticas públicas, que por antonomasia son sistémicas y de carácter colectivo. Su sector productivo y su población pueden y deben ser todo lo capitalistas que quieran, pero deben pagar impuestos progresivos y justos al Estado para que, a través de la implementación de sus políticas y gestión pública, irrigue socialmente de servicios equitativos y justos a todo el sector empresarial y a toda la población.

Luego de toda esta reflexión, termino diciendo que resulta más coherente un rico con ideas socialistas que un pobre con ideas capitalistas.

 

 

 

 

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