¿Cómo asesinar de nuevo a los muertos? Tergiversando la historia

Invisibilizar las demandas, los derechos y el clamor de justicia de los vencidos, difuntos y sobrevivientes es lo que busca cierto sector político para lograr el tan anhelado olvido

Por: Damián Pachón Soto
marzo 12, 2019
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¿Cómo asesinar de nuevo a los muertos? Tergiversando la historia
Foto: CNMH

En las tesis sobre el concepto de historia que Walter Benjamin escribió poco antes de su suicidio en 1940, tras la persecución nazi, hay unas líneas que están a la orden del día en Colombia tras la lucha del establecimiento gubernamental contra la historia, contra la memoria. La tesis VI dice: “tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando este venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer”.

En las tesis de Benjamin se buscaba liberar el potencial del pasado, de la memoria, del recuerdo, buscando que dicha irrupción irradiara el futuro, iluminándolo, creando una ruptura en el presente para así construir un porvenir donde las esperanzas frustradas de los vencidos, de las víctimas de la historia, pudieran realizarse. Este acto realizaría la justicia con las víctimas de la barbarie.  Con todo, cuando el enemigo vence, cuando éste vuelve a triunfar, esas víctimas de la historia vuelven a ser criminalizadas, vuelven a ser vencidas y sus anhelos quedan, de nuevo, sepultados. Es lo que dicen las líneas transcritas de la tesis VI. Es lo que se busca con el ataque contra la historia y el deseo de borrar, modificar, tergiversar y usar políticamente el pasado, tal como se propone actualmente en Colombia con la negación del conflicto armado. Es el deseo gubernamental de mostrar que todos nuestros muertos, desaparecidos, desplazados, asesinados, etc., son un mero daño colateral de la lucha estatal contra el terrorismo.

Los actos del establecimiento gubernamental —el nombramiento de Darío Acevedo en el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) y la remoción de los directores de importantes instituciones culturales— tiene consecuencias nefastas, pues promueve la absoluta irresponsabilidad de la sociedad y sus actores frente a la escandalosa violencia y el círculo dantesco de muerte en el país; entrona la falta de solidaridad con los muertos; se constituye en un aplauso solapado y cómplice con los verdugos; moviliza institucionalmente la insensibilidad frente a la barbarie y sus víctimas; niega la aniquilación y las causas reales que provocaron el exterminio de las esperanzas frustradas y las vidas mutiladas, los futuros y los horizontes rotos por la violencia, por las muertes prematuras. En fin, mata de nuevo a los muertos. Con esos actos se intenta negar, ocultar y tergiversar los males constitutivos de la formación social colombiana y de los intereses mezquinos y egoístas atizados y convertidos en ley general por quienes se han beneficiado históricamente de las injusticias.

Así como en la memoria está la identidad personal del individuo, en la memoria colectiva encontramos la identidad de los pueblos, de las comunidades. En la memoria está el contenido de sus luchas, sueños, ilusiones, derrotas, pero también en la memoria está la presencia permanente de los muertos, de las muertes. Sí, esa que todo lo envía al pasado y que conlleva el cierre de toda posibilidad, todo anhelo; la misma que clausura todo futuro, como decía Heidegger. Por eso hay que preguntarse: ¿por qué se quiere decretar la no existencia de un conflicto armado en Colombia?, ¿por qué se quiere inducir una amnesia colectiva en las generaciones venideras?, ¿por qué se quiere borrar la realidad del país?, ¿por qué se quiere construir otra narrativa, negando lo que cientos de investigaciones realizadas dentro y fuera del país han demostrado, a saber, que Colombia ha estado atravesada por el conflicto por más de 6 décadas? Tal vez el mismo Benjamin ya dio la respuesta: el fascismo es enemigo de la memoria.

Hay que decir, que los proyectos deliberados de borrar el pasado, cambiarlo y modificarlo, no son nuevos: la historia está plagada de ellos. También la literatura lo ha mostrado magistralmente. En su texto La muralla y los libros, Jorge Luis Borges nos cuenta que el emperador Shih Huang Ti, el mismo que ordenó la construcción de la monumental muralla china, “dispuso que se quemaran todos los libros anteriores a él”. Borges agrega que “quemó los libros —entre otras razones— porque la oposición los invocaba para alabar a los antiguos emperadores”. Pues bien, este relato, además del clásico 1984 de George Orwell, muestra que borrar de un plumazo el pasado ha sido utilizado no sólo por razones políticas (no de finas discusiones epistemológicas sobre historiografía), sino para controlar el presente y el futuro. El que borra la historia actúa como el “Ministerio de la verdad” de Orwell, que quiere imponer una sola versión del pasado, y que incita a sus seguidores al piensabien, seguidores “fanáticos, ignorantes y crédulos en quienes prima el miedo, el odio, la adulación y una perpetua convicción de triunfo”.

Lo que se busca con estos crímenes contra el tiempo es no solo legitimar el crimen pasado sino fundamentar una era nueva y borrar las oposiciones dialécticas que evidencian las profundas contradicciones de la sociedad o, lo que es lo mismo, sus conflictos constitutivos, tal como el conflicto armado en Colombia. Se busca, también, invisibilizar las demandas, los derechos y el clamor de justicia de los vencidos, de los muertos y los sobrevivientes. De ahí que las instituciones del Estado son tomadas y utilizadas para producir en serie el olvido; para intentar borrar el tiempo sedimentado, con el cúmulo de atrocidades que han padecido las víctimas en su corporalidad y en su psiquis., y de esta manera ponerse de parte de los victimarios.

Borrar el pasado es tratar de producir artificialmente el olvido. Este —como dice Marcuse en Eros y civilización— si bien es necesario para la higiene mental, es “también la facultad…que sostiene la sumisión y la renuncia […] olvidar el sufrimiento pasado es olvidar las fuerzas que lo provocaron sin derrotar esas fuerzas”. Por eso, la sociedad colombiana necesita una razón histórica que actualice permanentemente lo ocurrido en las décadas de conflicto. Por eso, no hay que transigir con los asesinos de la historia que, a la vez, asesinan doblemente a quienes ya no están, a quienes no han sido redimidos por la verdad y la justicia. Hay que rescatar la fuerza del pasado, pues el recuerdo “es capaz de exorcizar los gérmenes letales del presente siempre dispuestos a repetir la historia”, como brillantemente lo ha dicho el filósofo español Reyes Mate. Tal vez así evitaremos que la violencia y la guerra triunfen de nuevo, y que quienes vencieron, vuelvan a vencer.

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