¿Colombia, un país de violadores?

Filmes como '365 días', popular por estos días, tienen mucho que ver con las violaciones de niñas indígenas que han consternado al país y el escándalo de Ciro Guerra

Por: Pablo Enrique Triana Ballesteros
julio 03, 2020
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¿Colombia, un país de violadores?
Foto: Netflix

Por estos días Colombia quedó impactada por dos noticias macabras, por un lado, siete “héroes” de la patria abusaron sexualmente de una niña embera chamí de tan solo once años de edad y, por el otro, un orgullo nacional como el director de El abrazo de la serpiente, Ciro Guerra, fue denunciado por varias mujeres de haber cometido acoso sexual contra ellas.

Pero como si esto fuera poco, esta semana se conoció que, aparte del resonado caso de la niña embera chamí en el corregimiento de Santa Cecilia de Pueblo Rico en Risaralda, ahora también resulta que en Guaviare unos militares no solo violaron y abusaron de otra niña indígena, esta de la etnia nukak, sino que, adicionalmente, la secuestraron durante 6 días en los que cometieron estos vejámenes contra ella.   

Sin embargo, y por escandalosos que sean estos hechos, no dejan de ser tan solo una pequeña gran muestra de un problema mucho más colosal y profundo. 

Y, ojo, con esto no estoy diciendo que lo acaecido en estos casos no sea gravísimo, ni mucho menos justifico estas atrocidades.

Lo que quiero decir es que, por monstruosas y ominosas que sean, no dejan de ser tan solo la punta de un descomunal y aterrador iceberg, que, aunque nos estrella y hunde a diario, muy pocos vemos o dimensionamos.

Prueba de esto es que, como país, no terminábamos de salir del estupor ocasionado por las sañas de Ciro y los siete militares en Risaralda, cuando ya esta semana nos despertábamos con un nuevo escándalo como el que sucedió en Guaviare.

Pero, ojo, este último caso no se dio esta semana, ocurrió en septiembre del año pasado, pero solo hasta ahora salió a la luz pública y, seguramente, porque "se puso de moda" hablar de esto, porque la agenda pública está enfocada en este asunto, porque es el tema que vende. Pero, y justamente este es mi punto, ¿y si el menú mediático no estuviera focalizado en estos momentos hacia estos temas, aun así, se hubieran destapado todas esas ollas podridas? ¿Sabemos cuántos casos de estos ocurren a diario y en todos los rincones de Colombia? ¿Nos escandalizamos e indignamos igual por los más de 188 feminicidios que se registran en el Observatorio de Feminicidios de Colombia y esto solo hasta el mes de mayo? ¿Sabemos que, en lo que va de la pandemia, alrededor de 99 mujeres han sido empaladas, incineradas, violadas, torturadas o descuartizadas, entre muchas otras ‘audacias’ que se le ocurren a diario al ingenio patriarcal que nos rige y cementa como sociedad?

Es fácil buscar, señalar y lapidar culpables inmediatos. ¿Pero qué nos atraviesa como pueblo y como sociedad a los colombianos para que podamos pensar que por tener un fusil podemos secuestrar y violar a una niña de 11 años o que por haber sido nominado a los Óscar tengo el derecho a exigir favores sexuales a cambio de mi ayuda e influencia profesional?

Claro, esto no solo sucede en Colombia… Pero como soy de acá y estoy acá y me duele lo de acá, pues escribo sobre lo de acá, ya habrá otros escritores, periodistas, sociólogos, filósofos y analistas que se ocupen de lo de sus propios países.

Por lo pronto, yo seguiré con el caso colombiano que, sí, no se puede negar, es el producto de una matriz de pensamiento mucho más amplia y nefasta de lo que los propios males endémicos del país permitirían por sí solos.

Sin embargo, quiero invitar a que nos preguntemos: ¿por qué suceden estas cosas en Colombia?, ¿será que son simples hechos aislados?, ¿casos particulares, producto no más de mentes siniestras y enfermas?, ¿unas cuantas manzanas podridas, como ya acuñó por costumbre el glorioso Ejército colombiano el término para justificar el sinfín de escándalos que se les destapan a diario?

¿O será más bien que como sucede con las violencias, el asunto es mucho más complejo y en ello se imbrican factores culturales, simbólicos, estructurales y directos? 

¿Tendrá algo que ver que, al momento de escribir esta nota, una de las 10 películas más populares en Colombia en Netflix sea 365 days, un bodrio cinematográfico en el que un protomacho, que además es mafioso, secuestra, viola, agrede e insulta continuamente a una mujer, que no solo no hace nada contra él, sino que además, termina enamorándose perdidamente de este ‘gran hombre’?

Y si al otro lado de la pantalla, usted está preguntándose qué tiene que ver una cosa con la otra, déjeme decirle que mucho. Y, precisamente, ese es el punto. 

Podemos en este momento coyuntural vestir las túnicas blancas, empuñar las teas y salir a la caza de los culpables más evidentes para lapidarlos o podemos mirarnos a nosotros mismos y mismas y preguntarnos por qué una película como 365 días, que además es pésima por donde se le mire, ocupa un lugar en el podio de lo más visto y consumido por nosotros como sociedad. 

Seamos honestos y honestas con nosotros y nosotras mismos y mismas y preguntémonos qué clase de habitus, en términos bourdieuanos, hemos no solo consentido, sino además alimentado y engordado como un parásito protervo que aunque, digamos detestar, en realidad pareciera que amáramos.     

Y si en este punto se está preguntando qué es habitus, se trata de un concepto bastante complejo elaborado por el teórico francés Pierre Bourdieu que, a muy grosso modo, es un sistema de categorías, pensamientos, apreciaciones y acciones que hace que ante una misma situación, dos personas tengan dos percepciones completamente distintas. Los habitus son producto de la incorporación, interiorización o somatización de las estructuras objetivas que nos rigen como individuos. De esta manera, el habitus habla de los mecanismos de orientación tanto objetivos como subjetivos que interiorizamos. O mejor dicho, se trata de la particularización que hacemos como individuos de los elementos y valores  estructurales y estructurantes que se nos inoculan desde que nacemos como sujetos bajo un cultura. 

Un ejemplo de esto podría ser una mujer que toma lo que le han enseñado estructuralmente acerca de que los hombres deben ser los proveedores de su casa lo somatiza y lo interioriza como una conducta normal dentro de su nomos o cosmogonía (visión de mundo o de la realidad). 

Y claro, dentro de esta matriz de pensamiento o de concebir la "realidad" también está el hombre que cree que por pagar unas cervezas o una cena ya tiene derechos patrimoniales sobre el cuerpo de esa mujer a la que invitó. 

¿Hasta qué punto fantaseamos como sociedad con un nuevo tipo de príncipe azul que no importa que me maltrate, me viole, me secuestre, o incluso me mate desde que sea "bien hombre" como para comprarme toda la ropa de alta costura que se me antoje, exhibirme como un trofeo entre sus círculos patriarcales de poder, y mantenerme como una muñeca en su mansión, sin importar cómo la haya conseguido ni a costa de quién sabe cuántos muertos?

Desde hace años las sociedades contemporáneas vienen manejando un doble discurso bastante preocupante, en el que, aparentemente, se cooptan los estudios de género y las teorías emancipatorias de la mujer para construir historias, relatos y discursos en los que, supuestamente, se superan todos los estereotipos y prejuicios conservadores del pasado que generan la violencia simbólica del machismo, como en los cuentos de hadas, pero que en realidad no hacen, sino reafirmar, consolidar y empeorar la situación en términos de habitus, nomos o cosmogonías que configuran el pensamiento colectivo de una sociedad compuesta por individuos que, a su vez, aportan sus traumas y carencias subjetivas a un problema que ya es por sí solo lo suficientemente nefasto, en términos objetivos.   

Por ejemplo, Bella, la protagonista de Crepúsculo es lo suficientemente liberal y emancipada como para sostener un romance con los dos protagonistas de la saga sin que ninguno pueda decidir sobre su cuerpo (lo cual está perfecto), pero a la hora de la verdad no solo reproduce matrices de pensamiento ultraconservadoras como querer casarse para poder tener sexo y claro, cómo no, procrear dentro de la sagrada institución del matrimonio, sino que, adicionalmente, no se empodera por sí sola sino a partir del hombre que tiene a su lado y que la transforma en lo que él es, ah y claro, es millonario. 

Lo mismo con 365 días. Supuestamente muestra lo que la sociedad de consumo entiende o quiere dar a entender como una "mujer empoderada" o emancipada, pero en realidad, lo que termina mostrando es una mujer "indomable" que termina siendo domada por su gran macho alfa que, cómo no, también es millonario y con todos los estereotipos de lo que una sociedad de hiperconsumo nos ha vendido como "marcas de éxito" sin importar lo que haya que hacer para obtenerlas, así sea a lo Pablo Escobar. 

En resumidas cuentas, por más empoderadas o liberadas que nos quieran presentar a la protagonista de esta película no deja de ser el equivalente a la azafata que el protagonista viola al inicio por medio de una felación y esta, en vez de indignarse, sonríe.      

Mientras las salas de cine o los índices de audiencia sigan explotando de emoción con los gritos extáticos de adolescentes y otras mujeres, ya no tan adolescentes, por películas como Crepúsculo (no importa que seas un monstruo asesino, posesivo y controlador, desde que seas millonario), Cincuenta sombras de Grey (lo mismo pero con una perversión edulcorada para hacerla más "profunda") o 365 días, habrá que preguntarse en qué piel habitan los violadores, abusadores y asesinos de mujeres.

Lo mismo hay que preguntarse como hombres cuántas veces observamos a las mujeres en trozos de carne en la vitrina de una carnicería y desde qué edades se normalizan estas prácticas, cuántas veces los mismos papás enseñan a sus hijos a morbosear mujeres en la calle, cuántas veces las mamás preguntan cosas como “¿pero cómo iba vestida?” luego de que les cuenten que violaron a alguna mujer. 

No acababa de destaparse lo de Ciro Guerra y ya muchas mujeres llenaban los foros y chats con mensajes del tipo: “ay pero si eso fue verdad, por qué esperaron tanto para denunciar” y, claro, no perdían ocasión para contar alguna situación traumática que vivieron, pero que ellas sí supieron afrontar y tramitar en su momento. 

En definitiva, mientras sigamos haciendo chistes, comentarios o hasta memes que normalicen y sirvan para la interiorización de estos dispositivos simbólicos de misoginia; mientras añoremos un malote millonario que no importa cuánto nos maltrate desde que nos suelte su American Express con cupo ilimitado; mientras no nos solidaricemos con las víctimas de abuso y las revictimicemos de cualquier forma, haciéndoles creer de cualquier forma que fueron culpables de los abusos que recibieron; mientras no reflexionemos y entendamos de una buena vez que todo esto, por simbólico que sea, también es violencia y es un aparataje que decanta en casos de violencia directa como los de los militares o Ciro Guerra; y mientras no asumamos que todo esto es real y no ideologías de lesbianas y mamertos que buscan "homosexualizar" a nuestros niños, habrá que seguir mirándonos al espejo y descubrir que el violador eres tú.             

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