Colombia: el país de los buenos, de los ciegos y de los egoístas

Los habitantes de este terruño somos tremendamente contradictorios. Dos relatos que dan cuenta de ello

Por: Miguel Angel Rodriguez García
noviembre 13, 2020
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Colombia: el país de los buenos, de los ciegos y de los egoístas
Foto: Flickr Carlos Reusser Monsalvez - dominio público

Hace varios años mientras regresaba del trabajo, escuchaba a dos muchachos hablar en el metro. Eran dos jóvenes que por su acento podrían venir de algún pueblo escondido del Pacífico o del Urabá antioqueño. Por su apariencia y voz, tendrían al menos veinte o veintidós años como mucho. Por sus botas de puntera y el overol marcado de cemento, tal vez eran obreros de construcción. Se habían subido en la estación Ayurá del Metro de Medellín.

Uno de los jóvenes le dijo al otro que la próxima semana por fin iba a comprar la “moto para el camello”. Una señora que iba más adelante los miró de reojo, su impresión estaba en algún lugar entre el desdén y el pánico, como si los delincuentes más peligrosos del mundo estuvieran a escasos metros de ella. Y como si de sicarios se tratara, no dudó en cambiarse de vagón. Más adelante, uno de los jóvenes le dijo al otro “ahora si puedes rebuscarte con los domicilios”.

Esta historia es la de muchos colombianos decentes, buenos, berracos y con ganas de salir adelante, que, ante la falta de oportunidades, salen de sus pueblos a las grandes capitales a buscarse la vida, enfrentando muchos obstáculos, sorteando los días y afrontando la realidad con valentía... y muchos, con una sonrisa enorme, como la que llevaban esos dos muchachos en el metro.

En otra ocasión, estaba arribando a mi pueblo después del confinamiento por la pandemia. Al entrar, vi la vía de acceso totalmente destruida. Tardé alrededor de treinta minutos en llegar, pero llegué (luego se darán cuenta por qué hago énfasis en este punto). Ya en casa, pregunté: ¿por qué destruyeron la mitad de la vía? Y cuando digo mitad no me refiero a la mitad del trayecto, me refiero a que la antigua carretera, de doce kilómetros con dos carriles pavimentados, ahora era una vía con un solo carril “pseudopavimentado” y otro carril destapado, que se asemejaba más a una pista de ciclomontañismo que a la entrada a la “capital niquelera de América”. Frente a mi pregunta, algunas personas me respondieron que era culpa del actual alcalde, que no había gestionado los recursos. Por otra parte, otros me dijeron que el culpable era el anterior alcalde que había destruido la carretera porque había perdido las elecciones.

Frente al sofisma que me habían planteado, decidí investigar y resultó que ambos tenían razón. Mi conclusión fue la siguiente: “somos tan ciegos y tontos en este pueblo que nos dejamos llevar por las emociones en lugar de la razón y la lógica en cuestiones que nos afectan a todos por igual”. Resultó que el exalcalde al ver que iba a perder las elecciones destruyó la vía para hacer ver mal candidato ganador, y el candidato ganador al ver lo que hizo el anterior nunca gestionó la pavimentación de la carretera para culpar siempre al exalcalde y destruirlo políticamente.

Esa disputa ridícula terminó afectando a todo el pueblo. En el momento en que escribo esto, muchas personas han muerto por causa del mal estado de la vía y otras se han accidentado. Además, las suspensiones de los vehículos que cruzan frecuentemente por allí se ven afectadas y los deportistas que salían a montar bicicleta ya no lo pueden hacer. Y la vía, se preguntarán. Aún sigue destruida. Esa pelea política afectó a todo el pueblo, y es culpa exclusivamente de una decisión egoísta de unos señores políticos que son incapaces de ponerse de acuerdo.

Las dos historias anteriores reflejan a pequeña escala lo que somos los colombianos. Por un lado, personas berracas, buenas, con ganas de salir adelante, que enfrentan los problemas y las dificultades que la vida de un país en vías de desarrollo tiene (las cuales incluyen desigualdad, discriminación y pocas oportunidades). Por otro lado, también somos ingenuos y excesivamente emocionales. Es por esto último que los políticos, los medios, influenciadores y personalidades logran dividirnos.

Para mí es inconcebible que congresistas elegidos por voto popular no aprueben proyectos de desarrollo simplemente porque no hay negocio (corrupción), porque el ponente del proyecto no apoyó el nombramiento de un funcionario afín a su partido o coalición política, o porque dicha aprobación representa un aumento en la popularidad de un partido. Esas personas son elegidas para llevar desarrollo a las regiones, a los pueblos y a los corregimientos. Los políticos deberían reprimir sus emociones, llegar a acuerdos y trabajar para las personas a quienes representan.

Desde el plebiscito por la paz, el país quedó dividido entre los que quieren un mejor país y los que también quieren un mejor país. Ambos bandos confían ciegamente en líderes egoístas, incapaces de generar consensos, atornillados al poder, desconectados de las personas a quienes dicen representar, personajes que para figurar prefieren la confrontación y los insultos que el diálogo claro y los acuerdos, que prometen e incumplen, y que solo buscan el efímero trono que da un cargo público.

Los colombianos, la mayoría de ellos, nunca cuestionan un pronunciamiento, decisión o propuesta de su líder. En lugar de indagar por qué sus mesías son cuestionados, prefieren insultar, tildar de urbestia o mamerto a la otra persona, desconociendo que ambos son colombianos, que ambos quieren lo mismo, que son más las cosas que los unen que las que los separan. Como decía Rigoberto Urán, “Aquí las personas juzgan más a los deportistas que a los políticos”. Es increíble que se cuestione más el planteamiento táctico de la Selección Colombia o la respuesta de la Miss Universo que la libertad por vencimiento de términos de varios delincuentes relacionados con el escándalo de Interbolsa.

Para ser claros, me atrevo a decir que la mayoría de los policías de este país son personas decentes, trabajadoras y berracos, al igual que los profesores, soldados, estudiantes, obreros, médicos, taxistas, buseros e ingenieros. No puedo decir lo mismo de los políticos (independientemente de su orientación política, ya sean de izquierda, derecha o centro, en algo sí que se parecen, y creo que ya lo he justificado lo suficiente). El día que como país comencemos a cuestionar a los políticos que administran nuestros recursos, a monitorear sus promesas de campaña y a juzgarlos por su desempeño y no por su carisma (como hace cualquier empresa privada con su CEO o gerente general) veremos verdaderos cambios.

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