Opinión

Colombia, el cambio no lo detiene nada ni nadie

Lo que se juega el 29 de mayo es la democracia en Colombia. O se profundiza y avanza con Petro y Francia, o la aplastan con su mediocre candidato insignia.

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mayo 27, 2022
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Colombia, el cambio no lo detiene nada ni nadie
Lo cierto es que el cambio con Petro y Francia no lo detiene nadie

Las elecciones de este domingo son mucho más que una votación para escoger Presidente. Lo que se va a decidir en las urnas es si el país continúa en manos de los poderes económicos y políticos corruptos que lo secuestraron hace décadas, o si por el contrario demuestra el decoro suficiente para iniciar el proceso de cambios que reclama.

El desespero de los poderes dominantes adquiere visos de tragedia. En medio de su angustia intentan convencer a la opinión nacional no sólo de que su pasado de represión y abandono es algo que quedó atrás pues ahora asumirán un rol distinto, sino de que cualquier alternativa diferente a ellos significará un desastre para el país maravilloso que nos legan.

Como respuesta, un torrente inatajable de mujeres y hombres, jóvenes y adultos, que se agrupa en torno al movimiento de Petro y Francia, hace oídos sordos a cuanto escándalo intentan construirles. Nadie repara en el veneno de los grandes medios, ni en las torpes rabonadas del general Zapateiro. Menos en las inocuas intervenciones de Duque en política.

Es que ni siquiera se trata de los nombres que en el momento justo surgieron como voces del cambio, aunque desde luego su imagen y discurso han calado muy hondo en las mayorías colombianas. Se trata de los anhelos del pueblo colombiano de sacudirse de una vez por todas de esa casta egoísta que se ha burlado de él por años y años.

Los años 2019 y 2021 fueron testigos de esa ola gigante. La protesta multitudinaria y el paro nacional expresaron una auténtica explosión social en Colombia. Hay en este país cosas que no se pueden soportar más, que resultan indignantes. Definitivamente la vocación de gobernar para exclusivo beneficio del poder financiero, los terratenientes y las mafias llegó al límite.

Igual que el tratamiento de fuerza y violencia que se otorga a los problemas de la gente. Eso de que la ley sea sólo para los de ruana, mientras la ostentación de la corrupción en las alturas del poder se convierte en norma. Un partido dizque democrático que sin el menor pudor se tomó todas las instancias del poder para el beneficio exclusivo de su rosca dirigente.

Mientras que los porcentajes de pobreza y miseria crecen de manera acelerada. Duele profundamente que los mayores beneficiarios del apoyo estatal durante la pandemia fueran los propietarios de los bancos. La figura de los hijos hoy multimillonarios de Álvaro Uribe, unos muchachos como cualquiera cuando empezó su mandato, resulta ofensiva al extremo.

Colombia abrió paso a un vivir distinto con la firma del Acuerdo de Paz de La Habana, un antiquísimo propósito alcanzado por fin tras medio siglo de cruento conflicto armado. En él se contempló una reforma rural integral para elevar la condición de los campesinos y poner fin al abandono del país rural. Se abrieron las puertas a la participación política.

Se aceptó por fin que la política no sólo se daba en las urnas, sino en la movilización pacífica en las calles. Que se reconociera que la pobreza y el tratamiento brutal a la inconformidad eran las principales causas de la guerra interna, algo que había que remediar con profundas reformas económicas, sociales y políticas. Duque y su partido se burlaron de eso.

Y volvieron a hundir a Colombia en un mar de sangre. Antes que cumplirles a los firmantes de paz, su propósito fue el de volver a llenar el país de grupos armados organizados y violentos que regresaran la zozobra y el miedo a la gente. Para seguir dominando con su discurso de odios. A todo eso es que múltiples y mayoritarias voces de la nación han dicho basta.

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 Como si su legado no fuera una catástrofe, advierten que si pierden el país se sumirá en el caos, llegando al ridículo extremo de presentarse como los salvadores

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La grosería del poder es evidente. Como si su legado no fuera una catástrofe, advierten que si pierden el país se sumirá en el caos, llegando al ridículo extremo de presentarse como los salvadores. Hasta la democracia la quieren poner en duda, en una amenaza solapada de golpe. Para ellos la demagogia y el populismo se tomaron el país y por tanto hay que hacer algo.

Inventarse un fraude electoral, por ejemplo. La única ocasión en la historia mundial en que la oposición a un gobierno que detenta todos los poderes puede hacer trampa y ganar. Quizás eliminar de algún modo al candidato que los va a derrotar. Hallar el pretexto para impedir su posesión. Lo que se juega el 29 de mayo es la democracia en Colombia.

O se profundiza y avanza con Petro y Francia, o la aplastan con su mediocre candidato insignia. Lo mejor para Colombia será un limpio reconocimiento de la victoria del Pacto Histórico, permitir el cauce normal de la voluntad mayoritaria nacional. Lo contrario avizora grandes nubarrones en el horizonte, tormentas que nadie de abajo quiere. Lo cierto es que el cambio no lo detiene nadie.

 

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