Ciudad, utopía y democracia

"Hemos copiado el modelo norteamericano, con familias que viven temerosas, enclaustradas en casas y parcelas, víctimas de una ideología urbanizadora"

Por: Mateo Malahora
octubre 18, 2019
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Ciudad, utopía y democracia
Foto: Pixabay

"Hay que construir ciudades cuyos habitantes no tengan la tentación de abandonarlas".

La ciudad, que en teoría ha sido el soporte de la civilización, en la mayoría de países del mundo es severamente antidemocrática, segregacionista y caótica. Pocas se salvan de esa caracterización, como las canadienses y europeas.

No pueden ser de otra manera; en ellas habitan sistemas económicos incoherentes y desordenados, que hablan del interés general y del nosotros, pero, en realidad, el sueño de esa utopía ha sido sacrificado por el caos, el aislamiento y la anarquía.

Paradójicamente, mientras más lejos de la informalidad social, cultural y política se ubique el urbanismo habitacional y comercial, es más notorio el mundo de los expulsados del bienestar.

La informalidad, que ha empañado la lógica del urbanismo, donde residen los exiliados por la violencia, las migraciones, el abandono social y la precarización económica, constituye un problema social cuya solución administrativa se postergará siempre.

Y llama la atención el surgimiento del término "urbanizar", utilizado como equivalente para crear ciudad, agregar zonas residenciales, bloques de apartamentos y condominios habitacionales, aislados del ‘mundanal ruido’.

Hemos copiado el modelo norteamericano, con familias que viven temerosas, enclaustradas en casas y parcelas, víctimas de una ideología urbanizadora que tiene asientos elitistas, empujada por la presión social de la barriadas populares.

Con los días, los altares de las mercancías deslumbradoras, perderán el encantamiento y se tornarán en zonas para plastificar el tiempo.

De igual manera, el oficio de la palabra, con su tarea integradora, sobrará: el autoservicio terminará imponiéndose como sistema de vida. Será un triunfo del confort individualista.

El tiempo libre quedará pulverizado por la inteligencia artificial y la cultura será confiscada por compañías privadas que acabarán por desterrar de los mercados las comunicaciones solidarias y fraternas con los otros.

Continuaremos con ciudades sin planificación y su desarrollo quedará en los escritorios del mejor postor, sin espacios para el esparcimiento, con enclaves de violencia, con parques, plazas y avenidas abandonados, sin paisaje, pese a que en las facultades de arquitectura, irónicamente, se estudie paisajismo.

Ciudades posmodernas que no necesitan de opiniones ciudadanas, no interesan y, antes por el contrario, incomodan; ya las autoridades decidirán en nombre de ellas y, a esta forma autoritaria de poder, se le llamará consenso.

Ciudades inhóspitas para con la juventud, no las entienden ni las sienten, les parecen agresivas, hostiles y, en consecuencia, no las quieren.

Mandatarios celebérrimos: estatuas vivientes, iconografías políticas, taladores de árboles, utilizadores de humedales, que construyen pequeñas obras para el disfrute mediático de inaugurarlas, no han entendido que la ciudad tiene como misión conservar el hábitat, democratizar el agua, brindar convivencia laboral, salud, relaciones lúdicas, seguridad y no solamente velar por el mantenimiento de las calles.

La ciudad es, y debe ser, arquitectura social planificada, no una construcción para llenar apetitos individuales y, como creación civilizatoria, tiene dos fines esenciales: garantizar la vida de la naturaleza y certificar armonía y sana convivencia de los seres vivos.

Por eso mismo causa alarma el carácter rentista y dependiente de nuestra economía, que bajo la soga del neoliberalismo, otorga preponderancia al automóvil, en detrimento del peatón, construye islas urbanas inconexas y para resolver los problemas del hambre extrema deja la respuesta en manos de la semaforización, la basura, los cartones y el ‘palito de abollar ideologías’.

Aún no se ha entendido que la ciudad es un hogar público y, por eso mismo, lesiona la sensibilidad comunitaria cuando se vive en hogares donde amplias mayorías residen en condiciones de pobreza y miseria, en medio de la marginalidad social, que no debe entenderse como un oscura intromisión sino como otra forma de hacer sociedad, donde el Estado no prescinda de la intervención, la equidad y la cooperación.

Basta de imágenes con ciudades mutiladas, con espejos borgianos que reproducen el rostro de mujeres y hombres fragmentados, escindidos y extraviados. Pura mercancía humana convertida en desecho y mugre metafísica: absurdo de una vida existencial, como para una novela.

Salam aleikum.

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