Carta abierta a una bufanda de Andrés Caicedo

El cineasta Rubén Mendoza le agradece en esta carta a Rosario Caicedo su obsequio: una bufanda que perteneció a su hermano, el mítico escritor

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febrero 23, 2018
Carta abierta a una bufanda de Andrés Caicedo

Ya que las bufandas no saben leer mejor te la escribo a ti que estás muerto. Los muertos leen rápido. Especialmente la mala literatura o una carta sin tantas versiones, no como las tuyas, impecables, Andrés, querido. A ti que te tratan de matar después de muerto y de borrarte las letras con el codo de la envidia, quería agradecerte. La bufanda que me mandaste con tu hermana Rosario hace 40 y pico de años, muchos años antes de que yo naciera. Esta bufanda que Rosarito quiere que viaje donde vea cine, “como quisiera Andrés”, también sirve para que reboten las piedras, especialmente cuando llegan de donde menos se sospecha: en el mundo, en el arte y en el cine, tenemos enemigos comunes, acá, grandes monstruos y sus mansiones, y sus contratos leoninos: pero preferimos ahorcarnos entre nosotros Andrés. Cosa que no hará tu bufanda.

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Hace dos semanas andando las carreteras del cine con una mano fracturada, me robaron la billetera, amanecido y rendido en el metro de París. De la nada, de vuelta a este lado del charco pero arriba, la semana pasada que pude ver a tu hermana en Yale (pensé que iría antes en esta vida a jail, como entendió el policía de aduana), me contó que también te robaron la billetera. Pero, así como te matan y te golpean ahora, también te la robaron ya muerto. Y la llevaba tu mamá Andrés, algún tiempo después de tu muerte.

A esta bufanda buena para los nudos en la garganta la quiero con el alma no tanto porque me la mandaras sin saber, sino porque me la dio Rosarito, tu hermana, que se presenta como mi mamá, lo que te hace mi tío. Pero a tu hermana también me la trajo el río del cine, que todo lo trae. O sea, me la trajiste por accidente, como a una hija, lo que te haría mi abuelo… me la trajiste así como me llegaste en tus libros en la adolescencia, y por ahí derecho grandes cariños y espíritus definitivos de mi vida como los de don Luis, y algunos de tus secuaces.

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Me alegra tantos años y tanto cine después, tener esta cinta de lana entre las manos. Mientras tiran piedras defectuosas y sin fuerza como para que lleguen a donde quieren, esta bufanda me abriga, no porque me la ponga, porque tal vez ni lo haga, sino por cómo llegó. Con el calor, el cariño rabioso de Rosarito por su hermano… con el abrazo de las generaciones que se desconocen y se encuentran en el campo apócrifo del gusto, de la pasión, de la afición, del desencanto, de la amargura, del éxtasis, de la creación. Yo también se dar la espalda, como la diste. No hacías películas o escribías sobre la rumba, sino sobre una rumbera, ni escribías sobre el desconsuelo sino sobre unos desconsolados, ni sobre la dicha sino sobre unos dichosos. Yo no hago películas sobre departamentos, o sobre transgéneristas, o sobre un deporte: sino sobre unos indignados, una campesina rebelde, o un perdedor, o un campeón impensado: los olvidados, o la parte de ellos que le pertenece al olvido. La escoria, la belleza, el secreto, la muerte, en todas sus presentaciones. Gracias por enseñarme a ser de un solo gremio: el de uno mismo, el del arte, el de la palabra, el de la pasión, el de los ejércitos de un solo hombre haciendo pistola, abrazado a los que quiere, abrazando a los que lo quieren. Pero de a de veras.

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Ante la ausencia de pruebas del más allá diferente a los libros o los fotogramas que secuestran el pasado, no puedo estar seguro seguro de que leas esta carta. Así que mejor se la mando a Rosarito. Tu hermana fiel y rebelde. La verdadera atravesada, en el corazón.

Gracias por siempre Rosarito. Por la bufanda, sí, pero por todo. Sobre todo por todo.

* Tomado del Desnervadero.

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