Desespero venezolano llega a la frontera de Colombia con Ecuador

Miles de venezolanos permanecen en el puente de Rumichaca en una situación de inhumanidad que debería avergonzar a los dos países. Ricardo Angoso estuvo allí

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Abril 30, 2018
Desespero venezolano llega a la frontera de Colombia con Ecuador

Acabo de llegar a de Rumichaca, el puente que une a Ecuador y Colombia y el lugar donde se encuentran los puestos fronterizos entre ambos países. La situación es indescriptible, muy parecida a las imágenes que nos transmiten los medios cuando ocurre una gran tragedia o una guerra se abate sobre un país. Miles de venezolanos se agolpan a ambos lados de la frontera para intentar pasar al otro lado. Huyen despavoridos hacia donde sea, el destino no importa, se trata de dejar atrás el hambre, la miseria, la falta de expectativas, la segura muerte en hospitales donde no hay cura posible, la inseguridad y, en fin, todo aquello que ha generado la peor satrapía del continente en decenas de años.

“La economía de guerra que sufre Venezuela y la próxima farsa electoral que intentará cimentar la dictadura, acentuará el desplazamiento masivo de venezolanos. El 10%, de una población de 31 millones, ya ha emigrado y el 60% de los hogares tienen un familiar en el exterior”, aseguraba el periodista Roberto García en las páginas del diario Clarín. Sin embargo, esta cifra no tiene en cuenta a los miles de ilegales que ya pueblan la geografía del continente y que hoy deambulan, muchos de ellos perdidos y sin nada entre sus manos, en las calles de las principales ciudades del continente. El diario El Tiempo  aseguraba recientemente en un informe que solamente en Colombia podría haber más de un millón de venezolanos viviendo dentro de sus fronteras, entre legales e ilegales.

Trato inaceptable a los venezolanos

Rumichaca, una de las fronteras por donde llegan por miles los venezolanos a Colombia, es un caos total, un espectáculo que debería avergonzar a ambos países -Ecuador y Colombia- por el trato que dispensan a esos miles de desgraciados que huyen de la miseria. Se siente la inhumanidad, el trato deplorable y frío que brindan a estos seres humanos -no lo olvidemos- los agentes y funcionarios de los dos países. Los lavabos están en un estado lamentable. La gente, incluso con menores de edad, espera colas interminables, algunos incluso duermen con casi nada en el suelo. Falta de todo. Los restaurantes y puestos de comida son absolutamente insalubres. No hay personal sanitario para atender emergencias. El funcionariado de las aduanas, claramente insuficiente para atender el mayor éxodo de la historia de las Américas, es antipático, poco eficiente y escasamente profesional, en eso se dan la mano las autoridades de las dos partes.

Hoy los venezolanos son visibles en casi todas las capitales de América Latina. Se les puede ver vendiendo arepas y empanadas en Bogotá, Lima, Santiago de Chile o Buenos Aires. Venezuela se está descapitalizando, pues los que huyen son los más jóvenes y con mayor preparación, tal como señalaba el periodista de Clarín: “Por el momento el éxodo ha sido en general de venezolanos con nivel educativo y algún tipo de recursos económicos. La crisis humanitaria pronostica un 2018 más complejo y delicado como lo demuestra el caso trágico de los balseros venezolanos. La próxima ola podría incluir a sectores más vulnerables”.

En Rumichaca, por ejemplo, pude hablar con una docente venezolana. Me explicaba que huía por sus dos pequeños hijos, “que no tendrán futuro ni expectativas en la Venezuela de Maduro”, pero también porque se presiente que la crisis irá a más y acabará desembocando en una tragedia de proporciones mayores. No hay salida en Venezuela, ni futuro, por eso la gente huye. Pero tampoco esta situación dice nada de sus vecinos, especialmente los colombianos. No se puede aceptar de ningún modo que hoy los venezolanos sean tratados así, como animales, esperando largas horas bajo el sol, sin alimentos, sin bebidas, sin medicinas, sin nada de nada. El Gobierno colombiano, si es que merece tal nombre después de examinar el descontrol que reina en sus fronteras, debería enviar personal especializado, preparado y ayuda humanitaria para atender esta catástrofe que ocurre en las puertas de su territorio. Las fronteras son parte fundamental de un Estado y si nos la controla, no merece tal nombre: es un Estado fallido. Menos sonrisas, señora Canciller, más hechos.

La insolidaridad de los agentes que atienden las fronteras de ambos países duele doblemente porque en el pasado eran los colombianos y los ecuatorianos quienes, huyendo de la pobreza y la miseria, buscaron refugiaron y una mejora en sus condiciones de vida en Venezuela. Cifras extraoficiales evalúan que hasta entre tres y cuatro millones de colombianos habrían residido hasta ahora en el país vecino, aunque la cifra se está reduciendo considerablemente a merced del paulatino deterioro en todos los estándares de calidad de vida en Venezuela.

“La vida en Venezuela se ha vuelto difícilmente soportable porque el 87% es pobre, el 71% no tiene suficiente para comer, la inflación supera el 6.000% y el crimen está desbocado con 89 asesinatos por 100.000 habitantes”, señalaba el diario El País de Madrid en un informe sobre la situación por la que atraviesa este país. La gran diferencia ahora con respecto al pasado es que ahora la huida del país es masiva y ya no se circunscribe a las capas más favorecidas y ricas, sino que el fenómeno se ha extendido y es ya universal, tal como explicaba la escritora y editora Claudia Larraguibel en la nota ya citada del diario español: “A principios de los 2000 eran las clases medias-altas, que llegaban a Miami, a Madrid, a Panamá… Ahora llegan por tierra (a Chile) en un viaje de ocho días”. Hasta ya hay un blog que explica a los venezolanos cómo emigrar hasta Chile por vías legales e ilegales: https://venezolanoenchile.com

En Rumichaca la situación es mala, pero también lo es en Cúcuta, donde han llegado por miles los emigrantes venezolanos. Recientemente, un periódico colombiano informaba que la prostitución ya estaba en manos venezolanas y que debido a la llegada masiva de prostitutas de esta nacionalidad se había detectado un incremento masivo en los casos de VIH. Lógico: en Venezuela no hay ni preservativos. ¡Ni papel higiénico La situación en las fronteras colombianas, se mire por donde se mire, es trágica! Las escenas que se ven en Rumichaca o en Cúcuta recuerdan a las de los miles de refugiados que huían de los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial en Europa. Resulta lacerante la frialdad, la indiferencia e incluso la frivolidad con que los medios de comunicación, tanto colombianos como latinoamericanos, examinan la tragedia venezolana, bien con abierta ignorancia o tratándola de soslayo. Quizá en Bogotá no se enteran o no quieren enterarse de lo que está ocurriendo en Rumichaca, pero no por ello el éxodo va a ir menos. Luego está la indiferencia moral en general de una sociedad ensimismada en sus propios problemas y que no mira más allá de sus narices, mientras la gente se muere de hambre… y de inhumanidad. Qué tristeza.

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