Opinión

Canto y cuento es la Poesía, Bob

Nada le hurta la música a la poesía. A quien se le otorgó el Nobel fue a un poeta, a un trovador, a un juglar. A uno que canta vivas historias, contando su melodía

Por:
octubre 27, 2016
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Con la cítara o la lira, el laúd o el arpa, iban cantando, iban diciendo; iban contando aquellos lejanos, míticos, nimbados poetas de los orígenes.

Y siguen siendo aquellos, devenidos en los de ahora poetas con guitarra eléctrica, armónica y otros artilugios de la modernidad electrónica, etapa superior del mercado,  los mismos transmutados aedas que van por las grandes urbes contemporáneas cantando, diciendo y contando del ser y sus temeridades, de las cosas del mundo y sus múltiples tasajos; de sus conflictos, brechas, consumos, esperanzas, frustraciones y…

Del hombre, en suma, cantando una viva historia/ contando su melodía/.

Más de sus desgarraduras que de sus venturas; menos de sus resurrecciones que de sus epifanías.

Nada le hurta la música a la poesía. Nada desdora de ella y sí, recubre con la pátina intemporal de una indeleble fuerza a la palabra; de leves sonoridades y tonos de sostenida intensidad, de rutilante energía.

Una y otra son madre e hija y ambas a la vez, abarcadora totalidad poética.

De allá, de las vísceras palpitantes de aquellos remotos aedas y trovadores, viene con la lira y la citara transmutadas en guitarra, en bajo eléctrico, en piano, en posesa percusión, en melancólica armónica,  este agraciado enhorabuena con el Premio Nobel de Literatura 2016, Bob Dylan.

De las vísceras palpitantes de aquellos remotos aedas y trovadores,
viene Dylan con la lira y la citara transmutadas en guitarra, en bajo eléctrico,
en piano, en posesa percusión, en melancólica armónica

 

Del gueto de Kentucky viene; del suburbio de turbulencia y opresión de Harlem; del serpenteante Misisipi de negros y blancos algodonales, habiendo ya pasado, transmutado en trovador, poeta, músico, por los campos desolados por el hambre, la guerra, las pestes bubónicas de la Edad Media europea, a contarnos en su asombrosa poética musical, la melancolía y la resignación de los negros americanos desde sus blues, sus góspel; desde su incomprendida y acallada con violencia y represión resistencia a la servidumbre.

Y desde la tradición, desde el canon, si es lo que piden ciertas damas y caballeros de la nueva ilustración que ven en Bob Dylan poeta, un intruso en sus cotos horros de buena y fina caza, que es decir de Poesía, de los surrealistas.

De la manada arisca, montaraz, tierna, de grandes poetas norteamericanos contemporáneos, viene este Bob: de Walt Whitman, que vendría a ser algo así como el jefe de la manada,  de Jack Kerouac, de Allen Ginsberg, de Ferlinghetty, de Kenneth Roxroth, de William Burroughs, de Neal Cassady, de Silvia Plath, de Bukowsky, de Wallace Steven, de Elizabeth Bishop, de William Carlos William, de W.H. Auden, de Paul Auster y de…

La lejana, perpetua, iluminada noche de la poesía inglesa y anglosajona; de las canciones y versos de John Donne. Y también, si se les antoja poeta, místico, en Blake. O en Keats. O en Poe o Byron.

Y en cualquier verso o tonada de Bob Dylan, si es que se les ocurre leerlo o escucharlo para vuestra ilustración de catedráticos de electivas, esculquen su parentesco poético y musical con aquel galo del medioevo, asaltante de caminos y diestro en los lances del cuchillo, cuyo culo pesaba tanto como sus baladas picarescas que podía reventar la horca, o la cabeza de algún clérigo, de la que estaba a punto de pender.

Allá o acá quienes, y sus dolamas de oído y de vendedores de libro tendrán, para censurar a la academia sueca por semejante cisma, se aventuran por el decir que “los poetas no necesitan música”, o que tal, el Premio Nobel de Literatura 2016 a Bob Dylan, son cachetadas dobles “al libro, a los poetas, a los cuentistas y a los novelistas”.

Cuanto se me ocurre es decirme, y a quienes se sientan insinuados y en olor de gratitud por la grata nueva del Comité del Premio Nobel, es que el bien dotado en coronas y talentos galardón a quien se le otorgó fue a un poeta, a un aeda, a un trovador, a un bardo, a un juglar.

A uno de la especie que canta y cuenta; que canta vivas historias, contando su melodía.

Por lo demás, viejo Bob, recuérdate a ti mismo: “es importante darle siempre la vuelta a las cosas de alguna forma”. Es cuanto ha hecho la Academia Sueca, viejo Dylan, “porque los tiempos están cambiando”.

Bye…

Poeta

@CristoGarciaTap

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