Campesinismo
Opinión

Campesinismo

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septiembre 01, 2013
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“Hay que llevar plata de la ciudad al campo”. Era lo que me contestaba mi papá a los 13 años, cuando yo insistía en que las vacaciones fueran en Disney o en tener un club para pasar el fin de semana. Ese fue su sueño, su romanticismo, su “revolución” contra lo que él llamaba “el colonialismo de la Fundación Rockefeller”. No he terminado de entenderlo, peroasistí a su convicción por esa idea. Lo vi perseverar en que era importante posibilitar la vida y las elecciones de las familias campesinas, ofrecerles el chance de escoger estar allá o en la ciudad. Él se apoyaba en lo que consideraba la maquinaria básica del cambio social a su alcance: tratar de armar un proyecto productivo con qué ofrecerles un sueldo fijo, vinculación al Seguro Social y aportes al sistema de pensiones. Él creía en eso. Ponía ahí sus primas de mitad de año –a las claras su proyecto nunca fue realmente productivo– y mis fines de semana, y las vacaciones de toda la familia.

Pasé mi niñez tratando de evitar el mareo en la silla trasera de un Fiat 147 blanco en el que mis papás fueron por años a su lote en Viotá. Me acuerdo del trancón. Del olor del salto del Tequendama, o por otras rutas, de los higos que se podían arrancar al lado de la carretera en Mondoñedo (ese escenario aterrador y bello, con su luminosidad seca y sus toros de lidia, y con su soledad impune tan amiga del F2). Me acuerdo del techo interior del carro, forrado con tela de pepitas. Si se miraba fijo por un rato, se hacían capas y capas de una ilusión visual en tres dimensiones, mientras afuera pasaba verde y amarillo y ahumado el camino de la salida de la ciudad. Me acuerdo también de cuando dejamos ese lote (vivimos en un país en guerra, cómo no) para intentar el mismo proyecto en el municipio de San Francisco, más arriba en Cundinamarca y más cerca de la familia. Nubes. Orquídeas. Gorro de lana. Las mismas vacas difíciles.

Pasé mi niñez con los 11 hijos de don Rey. Reynaldo Acero: tuerto y —nadie entendía cómo— enlazador profesional. Su casa de adobe tenía una estufa de leña, el biocombustible de celulosa con que se hacían las cosas, porque entonces no había luz.Flor, su hija menor, unos meses mayor que yo, me descubrió las moras “jechas”, los bejucos cerca de la quebrada del Chuscal. Ella escogió (¿será?) más tarde vivir en la ciudad. Yo ahora intento lo contrario y ahorro lo que puedo por estar un día fuera de Bogotá, lo más lejos posible de los centros comerciales y de las señales que obligan a agarrar el perro con correa para entrar a los parques.

Tengo unas pocas palabras para evocar ese segmento de la realidad que me habita y desde el que miro el paro campesino en un intento de darle sentido. No me sirve sino mi experiencia para juzgar la situación honestamente y me parece que soy un híbrido en este mundo que ahora arde. Y quiero tomar partido.

Crecí comiendo Corn Flakes  y tomates fumigados, mientras mi papá usaba el campo como el pretexto, como el teatro, de una ideología. No soy capaz de juzgar sus esfuerzos y tampoco quiero honrarlos: los legados son para pensar y decidir, no para perderse en apologías. Diré que creo que fueron sostenidos. Que su pelea, fundada donde se quiera, fue real. En ella agotamos todos un pedazo importante de la vida. No tengo mucha información sobre el impacto de sus decisiones en el destino de don Rey y su familia, y sería apenas justo que eso lo contestaran ellos, pero sí sé lo que me hizo a mí. Me miro y pienso que soy un producto cultural disciplinado por la revolución verde llena de fumigantes y por un señor muy testarudo. Los campesinos que me rodearon (y con quienes tejimos un lazo afectivo amoroso, sin duda), fueron el vehículo de una pelea política en la que se sostiene que “ellos”, los campesinos, siguen sin tener una tierra propia y necesitan gritar duro para dejar de ser el instrumento ideológico de terceros.

Creo que es hora de que suene su voz propia, pero veo con mucha claridad cómo se les opone un mundo industrial y un mercado muy fuerte, y un país lleno de terratenientes como yo o peores. Siento que nadie nunca (ni Marx, con su pasión proletaria) les ha dado la confianza y atención que se merecen.Y ahora que hay marchas y bulla, me encuentro hordas en Bogotá que patean vidrios y pintan las paredes, y también usan a los campesinos como un pretexto para el desahogo de quién sabe qué. Ahí hay ocio y testosterona y oportunismo. Es mezquino aprovechar su queja legítima para esas tonterías.

Pero,¿quiénes son, en últimas, hoy los campesinos? ¿Por qué su forma de vida, como quiera que la propongan, parece prohibida de entrada? ¿Caben ahí don Rey, arando en una tierra ajena, y sus hijos, en los anillos urbanos, donde aún se ve una que otra vaca?¿Cuándo serán ellos los que puedan hablar de sí mismos en un mundo que deje de leerlos con un gesto al tiempo paternalista e infantilizador?¿Acaso necesitan un sociólogo que los traduzca? ¿Antropólogos que los legitimen?  ¿Acaso nunca van a poder enunciar su destino y ejercer sus elecciones? Es casi simple. Si los campesinos son imposibles, es imposible la democracia. Pero el asunto no se resuelve sin la realidad: si no dejan de ser un discurso, si su forma de vida no tiene eco en la economía global y se hace viable, poco hará cualquier esfuerzo. Al menos podríamos aprender lo que tienen para enseñarnos, antes de asistir, soberbios, a la descampesinización del campo y al “campesinismo”, tan arrogante, con que nos atribuimos el derecho a hablar por ellos.

 

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