Opinión

Campeones de la Humanidad

Con casi tres décadas de diferencia, Lucho y Nairo coronaron uno de los picos más famosos de Europa, y ambos, al consagrarse, aprovecharon la atención del mundo para pedir la paz

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septiembre 18, 2016
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Me senté en una esquina de la cama de mi padre. Eran más o menos la 7 p. m. del domingo 3 de mayo de 1987. Llevaba todo el día pensando en el asunto y finalmente había tomado la decisión de hablarle: —Papi, mañana no puedo ir al colegio —le dije con tono seguro, pero con gesto expectante—. Mi padre apartó la mirada de la revista National Geographic, y antes de que pudiera preguntarme qué ocurría se la solté: —Mañana va a ser un día histórico, Lucho Herrera va a ganar la etapa de Lagos de Covadonga y se va a poner la camiseta de líder de la Vuelta. Es la primera vez que eso pasa, no sé cuándo vuelva a ocurrir, y yo quiero verlo en vivo y en directo—.  Mi padre, que sabía muy bien de mi goma por el ciclismo y me había visto sufrir y gozar con las aventuras de nuestros escarabajos por Europa, simplemente sonrió y con un “Ok” volvió sobre la publicación amarilla. Sorprendido por la efectividad de mi argumentación histórico-deportiva le agradecí por el permiso, le maté el ojo a mi madre, quien sabía de mi intención, y me fui a preparar la camiseta y la gorra de Café de Colombia que luciría ante el televisor la mañana siguiente.

Cuando empezó la transmisión de televisión quedaban menos de 10 km. del duro ascenso asturiano y ya Lucho había atacado. La moto de la televisión española empezaba su recorrido de atrás hacia adelante y se iban descartando nombres. Perico Delgado, Gorospe, Marino Lejarreta, Cubino, Laurent Fignon. El alemán Raimund Dietzen, camiseta amarilla, sufría pegado de su coequipero Jesús Blanco Villar. La avanzada colombiana era inmensa: Pablo Wilches, Pacho Rodríguez, Omar el Zorro Hernández, Henry Cárdenas, Oscar de J. Vargas y el Polaco Argemiro Bohórquez.  Adelante, solo y con la camiseta roja de la montaña, Lucho aumentaba diferencias. Yo brincaba y gritaba por la escapada y el liderato de Lucho y, claro, por la “clarividencia” que me permitió estar en ese momento histórico al frente del televisor.

Lucho, dorsal 111, ganó la etapa 11 con más de 1 minuto sobre el diminuto escalador español Vicente Belda y el muy completo irlandés Sean Kelly. Ese día todos los demás perdieron la posibilidad de ganar la Vuelta y por primera vez un suramericano, un colombiano, se vestía de amarillo en una de las tres grandes carreras europeas. En una entrevista para la TVE el exlíder Dietzen, con tono sobrador e irrespetuoso, dijo: —Lucho no puede ganar la Vuelta. Viene una contrarreloj y no tiene equipo—. 11 días después Luis Alberto Herrera cruzaba la meta en Madrid y se coronaba campeón de la Vuelta a España. El equipo campeón fue nuestro Postobón y desde el segundo y el tercer lugar del podio Dietzen y Fignon servirían de testigos de un triunfo que presagiaba grandes momentos para el ciclismo colombiano, aun cuando solo pudo ser igualado casi 30 años después.

Fue también un lunes. El 29 de agosto de 2016, 29 años después de defender mi derecho a romper con la norma para presenciar la historia, otro colombiano encaraba la misma fracción de la Vuelta saliendo de Lugones y llegando a los míticos lagos. Otra vez estaba sentado al lado de mi padre, aunque esta vez en una sala de juntas. Cuando ambos calculamos que el pelotón estaba pasando por el Santuario de Nuestra Señora de Covadonga, punto donde se inclina la carretera, levantamos la reunión que presidiamos y fuimos juntos al televisor. Nairo Quintana partió la etapa segundo en la general, pero su gran reto no estaba al frente sino 27 segundos detrás. Chris Froome, el tres veces campeón del Tour, sabía que ese día su reto era no perder demasiado. El ataque de Nairo se dio faltando 3,5 km y fue tan demoledor como el de Lucho. A diferencia del 87, solo otro colombiano, Esteban Chávez, acompañó a Nairo entre los primeros 15 de la etapa. El triunfo Covadonga le permitió a Quintana recuperar la camiseta de líder y preparar su triunfo final en Madrid.

 

 

En su momento de máxima felicidad,
cuando entrenamiento y disciplina de muchos años daban su resultado,
Lucho y Nairo reconocieron que la tragedia de la guerra no permitía
la felicidad completa

 

 

Con casi tres décadas de diferencia, dos campesinos colombianos tranquilos, humildes y de pocas palabras, coronaron uno de los más famosos picos de Europa y nos hicieron soñar con lideratos y triunfos. Su timidez y reserva no fue un obstáculo para que ambos, en el momento de la consagración, aprovecharan la atención del mundo para recordar la existencia en nuestro país de un longevo conflicto armado y para pedir la paz (tanto en 1987 como en 2016). En su momento de máxima felicidad, allí cuando tantos años de sufrimiento, entrenamiento y disciplina dan sus resultados y logran el objetivo máximo, Lucho y Nairo reconocieron que la tragedia de la guerra en nuestro país no permitía la felicidad completa.  En esos momentos demostraron que su vida y su carrera estaban inexorablemente unidas a la suerte del país y que su liderazgo superaba, por mucho, el mundo de las bielas.  Campeones de la humanidad.

 

Etiquetas: Nairo Quintana, Luis Herrera, Lagos de Covadonga, paz Colombia   

 

     

 

 

 

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