Caminar la palabra: el corazón de la minga

Más que cualquier cosa, se trata de llegar a acuerdos a través del diálogo, hablar y a través de la palabra reconocer al otro y su verdad

Por: CARLOS ALBERTO AGUDELO ARCILA
mayo 08, 2019
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Caminar la palabra: el corazón de la minga
Foto: Twitter @CRIC_Cauca

I

Según el Diccionario de la Lengua Española, minga significa: “Reunión de amigos y vecinos para hacer algún trabajo en común, con la única remuneración de una comilona pagada por el que encarga el trabajo”. Para quienes quedan satisfechos con una mera lectura de un significado. O tienen astucia suficiente para desarrollar demagogias con el lenguaje. O se encasillan por conveniencia. O se limitan por omisión y el juicio lingüístico los sustrae de la verdad. Una superficial ojeada en el diccionario o escuchar a la deriva sobre el alcance de un vocablo, les basta para comprimir una debacle de mayores proporciones. Por esto es vital seguir la pista de diversos significados de una palabra. Al ocuparnos del término minga, es ineludible investigar desde un enfoque social, político, económico y ancestral su génesis y de esta forma tener un concepto amplio, objetivo, hasta fraguar la cosmovisión de la palabra misma y razonar en contexto el hecho integral. De acuerdo con el Centro Nacional de Memoria Histórica, “la minga tiene como lema 'caminar la palabra', que para los indígenas significa llegar a acuerdos a través del diálogo. Hablar y a través de la palabra reconocer al otro y su verdad. Dan valor a la palabra que no requiere de documentos. Caminar la palabra es, según los líderes de la minga, “romper el miedo, el terror, el silencio y la desesperanza”. A partir de tal interpretación, relevante, se puede analizar de modo ecuánime el trasfondo crucial del conflicto, revestido de precedentes desastrosos, desde la colonización salvaje en diferentes regiones donde nuestros nativos han sido y continúan siendo vilipendiados, exterminados, despojados de sus tierras y costumbres, por parte de élites gobernantes.

II

La minga, la cual empezaron los nativos del Cauca (Colombia) desde mediados de marzo de 2019, fue una actitud íntegra. Digna. Valerosa y descomunal. Principio de un despertar colectivo nunca visto en esta nación disgregada. Sin rumbo. Con una dirigencia utilitarista capaz de pensar solo en intereses particulares, de disfrazar sin vergüenza alguna la pobreza multidimensional (IPM) y monetaria del pueblo, al establecer un índice económico de sostenimiento en salud, alimentación y lo esencial para el bienestar de una persona en un sueldo de doscientos mil pesos básicos al mes. Prestidigitadores de finanzas absurdas. Hipócritas. A diferencia de los indígenas, la población nuestra es pusilánime al protestar porque la mayoría de compatriotas tiembla en el momento de unirse e ir a la plaza pública a defender sus derechos. Al grado de volverse indiferente, esconderse y abandonar la voz justa del descontento, ante la amenaza vil y sangrienta de quien arroja a la palestra al policía, al soldado para atropellar y, si es posible, masacrar a todo aquel capaz de oponerse al crimen político, social, económico de gobiernos raptores, cínicos, ignominiosos forjadores de siniestras componendas para perpetuarse en el poder.

Los indígenas nos dan clases de arrojo, de respeto a la tierra, de amor a la vida, de solidaridad. De ser uno con la verdad al no cohonestar con el delinquir de nuestros gobernantes. Raza pura. Admirable. Raza de roble. Determinantes en el momento de afrontar la crueldad de los usurpadores. Pueblo arrojado a los últimos peldaños de la raza humana.

III

En comunicados ONIC (Organización Nacional Indígena), que promovió el levantamiento, a manera de marchas rituales, con quince departamentos unidos, abril 9 de 2019, se lee: “En una Declaración del Encuentro de Sabios desde el Corazón de la Madre Tierra a sanar, es tiempo de volver al Origen”. Y prosigue: “Tenemos la palabra empeñada con la vida: Por eso la minga resiste”. La anterior declaración bosqueja la naturaleza sublime de esta ascendencia. Su integridad excepcional para unificarse con el entorno. La esencia de su diario vivir es transpirar épico. Se vivifica con una inteligencia de cinco sentidos, levadura constante para hornear cualquier actividad de sobrevivencia. Practica el moralismo de la religión científica, la cual aflora a partir de una compenetración con la médula terráquea. Para ellos, Dios es visceral con el agua, la tierra, el sol, la luna, la arboleda ondeando clorofila como evangelio sustancial sobre la piedra, donde se ilumina el ojo universal hasta contemplar el paso de una hoja a lomo de hormiga; del día, del crepúsculo, del crujir de experiencias crueles, desde hace más de quinientos años. Su capacidad de asombro impera como arraigo noble. Se glorifica a sí misma a través de un acontecer elemental, o lo transcendental a imagen del aire emplumado.

IV

Una de las más lapidarias realidades, donde la ferocidad del hombre contra el hombre prevalece, es la de culturas aborígenes sudamericanas, las cuales después de 1492 fueron avasalladas por embates sanguinarios, desiguales, hasta caer en la dominación absolutista del reinado español. Desde tales tiempos se gesta la relación absurda con el devenir de unos seres edénicos en comunión con la alegría de haber nacido, de vertebrar el sigilo del tiempo, de adorar la madre naturaleza, consanguínea religiosidad con la existencia.

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