“Calumniad, calumniad, que de la calumnia algo queda”

La estrategia que han adoptado los muchos partidarios de Petro que hacen parte de mis listas de WhatsApp es la calumnia. ¿Qué dicen y por qué no es cierto?

Por: Gloria Gaitán Jaramillo
enero 25, 2022
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“Calumniad, calumniad, que de la calumnia algo queda”
Foto: Archivo particular

La estrategia que han adoptado los muchos partidarios de Petro que hacen parte de mis listas de WhatsApp es la calumnia. Están aterrados con el surgimiento de Rodolfo Hernández, porque temen –y con razón– que, de seguir la actual tendencia electoral, Petro no pasará a la segunda vuelta.

Es un método que me enardece. No porque critiquen y combatan a Rodolfo Hernández, sino porque la calumnia es la semilla de la violencia. Eso hicieron los izquierdistas aliados con el muy corrupto y maquiavélico Alfonso López Pumarejo, que alentó la campaña de Mariano Ospina Pérez para derrotar a Jorge Eliécer Gaitán, cuyos adversarios no criticaban a mi padre (Gaitán) por sus ideas, sino que le lanzaban el calumnioso calificativo de fascista, una de las raíces del genocidio al Movimiento Gaitanista.

Ahora, esos mismos cocibernautas en mi WhatsApp envían mensajes acusando a Rodolfo Hernández de uribista, entrelazando este epíteto al de fascista. Para sorpresa mía leo de petristas que son amigos míos y que respeto citando un alambicado artículo de Daniel Coronell titulado “La alianza entre Álvaro Uribe y Rodolfo Hernández empezó en Santander” que – extraño en él– se convierte en maromero de la argumentación y cuya única supuesta prueba del uribismo de Hernández es que hicieron en Santander una alianza de listas entre uribistas, ya retirados de ese redil, con probables seguidores de Hernández y que, por eso, dicen textualmente: “Muchos piensan que esta alianza local va a ser el comienzo de algo nacional”. Esa, según el articulista, es la prueba reina del uribismo de Hernández, añadiendo que sería Uribe el que necesita a Hernández para “reelegirse en cuerpo ajeno”, sin preguntar si Hernández quiere cargar con ese muerto político en que se ha convertido Uribe.

Critiquen a Hernández por sus ideas. Es lo que pido, ¿o es acaso que no tienen ninguna idea qué criticarle? Mal haría yo en defenderlo cuando me ha tratado despóticamente a través de una asesora suya, cuando lo invité, como a otros cinco candidatos más, a un foro que realizamos el 23 de enero pasado con ocasión del natalicio de mi padre y que contó con 1800 participantes a través de Facebook. Lo que planteo es que no se inventen el supuesto uribismo de Hernández porque no hay nada peor que la calumnia.

La calumnia, como arma de lucha, se le atribuye comúnmente a Goebbels, jefe de propaganda de Hitler. En realidad es una sentencia que viene desde tiempos del Imperio romano, pero que ha venido tomando mucha fuerza con el transcurrir del tiempo.

Esa arma de guerra política, de alta intensidad, ha ido tomando proporciones alarmantes en Colombia. Su origen no es de ahora; se remonta a tiempos de la colonia. Fue un instrumento utilizado por el virrey Caballero y Góngora, a quien no le bastó condenar a muerte a José Antonio Galán, sino que en la sentencia incluyeron el desprestigio de la familia del líder comunero, junto con la confiscación de sus bienes y maldición de su casa, echándole sal.

Así lo declara la propia sentencia que señala que será “…declarada por infame su descendencia, ocupados todos sus bienes y aplicados al Real Fisco, asolada su casa y sembrada de sal para que de esta manera se de al olvido su infame nombre y acabe con tan vil persona y su detestable memoria”.

De manera alucinantemente idéntica, en 1902, año en que se posesionó Álvaro Uribe como presidente de la República, pondrán en práctica la confiscación de los bienes de la familia de Jorge Eliécer Gaitán, calumniando a los miembros directos de la familia, tal como lo señaló el fallo del Consejo de Estado emitido recientemente a favor mío y de mis hijas, contra el Ministerio de Educación y la Universidad Nacional, en sentencia contra la persecución de carácter virreinal que habrá de ser materia de ampliación, ya que la casa-museo Gaitán la han saqueado, confiscado los muebles a los que han sometido a su destrucción y han dejado que crezca la maleza en el techo, ya que se sabe que, cuando se quiere destruir un inmueble declarado de interés cultural, el método consiste en destruir el techo con lo que se derrumbará, poco a poco, toda la construcción. Es lo que está sucediendo con este Monumento Nacional. Es decir: le han echado sal a la casa-museo Jorge Eliécer Gaitán “para que se de al olvido su infame nombre”, como lo escribió Luis Carlos Restrepo pidiéndole al pueblo colombiano que se convirtiera en sepulturero de Gaitán para, supuestamente, poder terminar el conflicto en Colombia.

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