Bogotá: ciudad enrejada y enjaulada

La ciudad terminará por encerrarse a sí misma

Por: Daniel Jamal Prieto
mayo 14, 2015
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Bogotá: ciudad enrejada y enjaulada

Rejas, rejillas, puertas y portones, alambre de púas y concertinas son parte de la amplia gama de productos metálicos hechos para proteger sus bienes, enseres y propiedades. ¿Protegerlos contra qué?, ¿de qué? ¿de quién? Visto de este modo, estos productos no se hicieron pensando en su seguridad sino por su inseguridad. Hecha la necesidad, hecho el producto. Hecha la ley, hecha la trampa. Hecha la trampa, hecha la reja.

En una reciente conversación concluíamos que Bogotá terminará enrejada si no enjaulada. Andrés López, en su conocido stand-up comedy, señalaba que en los ochenta vio cómo todas las familias empezaron a enrejar sus casas y hasta las ventanas de los apartamentos como respuesta a la inseguridad de la ciudad. Pudo ser que los “apartamenteros”, además de perfeccionar su modus operandi delincuencial durante esta década, hayan posicionado el uso de este calificativo, sin duda, otorgado –desde sus unidades de nombramiento de alías, bandas, pandillas y demás– por la Policía Nacional de Colombia a tan notable práctica de robar en las alturas: desde el primer hasta el décimo piso o más. Puede que me equivoque, seguro que sí, que alguien tenga la bondad hacerle seguimiento al calificativo, queda por confirmar.

Con el paso de los años nos hemos construido como una ciudad enrejada en sí y enjaulada para sí. De la mano de la privatización de los servicios públicos y empresas del Estado, llegaron otras formas de privatización, una de ellas es la que explica Mario Bernardo Figueroa, docente de la Escuela de Psicoanálisis de la Universidad Nacional: la privatización de los espíritus. Como respuesta a un estudiante que le preguntaba, vía correo electrónico, si se podrían continuar las clases “en algún lugar externo a la universidad” debido al paro de trabajadores y los bloqueos a los edificios del campus universitario, Figueroa explicaba que esta privatización no se basó en un dispositivo de adoctrinamiento, penetración ideológica o un lavado de cerebro sino en un dispositivo más sencillo y eficaz como lo fue la modificación de las prácticas. Esta privatización del espíritu subyace en una actitud privatizadora que se expresa en ese “sálvese quien pueda”, concluye. Así, creo que nuestro privatizado espíritu encontró en la reja un dispositivo adecuado para salvarse de la inseguridad y en la jaula uno para encerrar a lo que temeríamos en “estado natural y salvaje”. Para no ir más lejos: animales en las jaulas y seres humanos en las cárceles. ¿Sálvese quien pueda? ¿Quién puede?

La jaula varía según el tamaño del animal y el zoológico, mientras una mirada superflua revela que los años de cárcel varían según el delito y la clase social. Esta semana nuestro sistema penal condenó en primera instancia a tres años de cárcel a dos ciudadanos que intentaron hurtar dos gorras de un almacén al occidente de la ciudad y cuyo valor por unidad alcanza los 23 mil pesos. Ya no sorprende que esta sea similar a la primera condena impuesta al reconocido contratista Emilio Tapia, cuyas actividades ilícitas en lo que conocemos como “carrusel de la contratación” le sirvieron para amasar una fortuna de 3.000 mil millones de pesos. ¡Y que se pudran tras las rejas! Declama el dolor patrio, el delito no importa, lo que importa es la reja.

Tan orgullosa de las medidas ante la tan repetida “falta de cultura ciudadana de los colados” se ha mostrado la ciudadanía – valga la redundancia – en cada entrevista televisada. Por momentos pareciera que el único problema del sistema Transmilenio son los colados, la cultura ciudadana no es problema, ni los casos de abuso sexual que se registran dentro de los articulados y alimentadores, ni los atracos masivos con arma blanca y arma de fuego, ni el retraso en la unificación de las tarjetas y sistemas de recarga, ni el flujo inconstante de rutas, ni el precio del pasaje, tampoco son problema quienes se atornillan en las puertas y obstaculizan el acceso y la circulación, ni quienes se dedican al manoseo y el cosquilleo. La solución entonces proviene de un cálculo milagroso:

No colados + multa + reja = Sistema TM.

La reja, como una revelación y una epifanía, se presenta ante los luchadores de la comodidad del usuario y la cultura ciudadana del pago del pasaje como un tótem de inmunidad, la pugna anti-colados está ganada, la reja lo ha hecho de nuevo. La instalación de puertas anti-colados, barreras de vidrio y esas grises barricadas metálicas puntiagudas que nos recuerdan las palizadas de defensa en el medioevo, la colonia y las batallas de míticos ejércitos, le ganarán la batalla a esos colados categorizados en habitantes de calle, vendedores informales, raperos, músicos y súmele las actividades que le incomoden como usuario. Fuera aquel y aquella que no pagan pasaje y sea un colado en su lista, bienvenido quien paga, incluyendo al abusador.

Usuarios convertidos en reclusos y colados convertidos en ladrones para atrapar, juzgar y hacerles pagar el boleto de entrada a la cárcel. Vigilados y castigados. Esto no es más que una pincelada en el retrato incompleto y miserable, un icónico panóptico, de una sociedad enrejada en sí y enjaulada para sí misma. Hemos encarcelado y hemos sido encarcelados. Dentro del sistema nos pudrimos tras las rejas.

Por último, una invitación. Si aún no ha recorrido la troncal de la carrera Décima que conduce al Portal del 20 de julio, le invito a recorrerla y percatarse en lo que se han convertido algunas estaciones de Transmilenio y en las que progresivamente se convertirá todo el sistema: rejas de extremo a extremo de la estación y de arriba a abajo que no dan la oportunidad para entrar ni salir de ésta: una jaula gigante, un reto a Houdini.

Twitter: @danielprietosur

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