Opinión

Biden, el viejo

El nuevo presidente, cargado de experiencia, ya marcó el que quizá sea su único legado: unir al país y volver a darle valor a la decencia.

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enero 24, 2021
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Biden, el viejo
No recuerdo un discurso más simple en la política gringa que el de Biden en su posesión, en tierra de grandes discursos y oradores: Kennedy, Obama, Reagan, Clinton. Foto: captura de video  

Biden se posesionó. Parecía imposible hace un año: aunque fue el favorito en las encuestas durante el 2019, el comienzo de las primarias demócratas fue un desastre para él. Durante algunas semanas, tanto Bernie Sanders como Pete Buttigieg lo pusieron contra las cuerdas. Sanders le ganaba por generar más entusiasmo entre los jóvenes y el ala de izquierda del partido. También por una estrategia de redes sociales eficiente, con una bodega feroz, los Bernie Bros. Como todas las bodegas, aunque animaban a algunos seguidores fervientes, terminaron haciéndole daño al mismo candidato que decían apoyar y Sanders tuvo que desautorizarlos. Lo más importante fue que Sanders logró algo fundamental en política: construir una narrativa que capturara las emociones de los votantes. En medio de una desigualdad creciente, inmensos problemas en accesos a servicios básicos -salud y educación de calidad-, profundas injusticias raciales, el discurso de Sanders -que durante décadas había sido despreciado por radical- por fin, encontró una base suficientemente amplia. Buttigieg, por su parte, con un estilo tecnocrático, hábil en los debates, parecía robarle el centro político a Biden, más que por cualquier otra cosa, por su agilidad política. Sin mucho fondo, pero con una forma ágil, apropiada para estos tiempos de likes y 140 caracteres.

Biden está viejo. Es inevitable pensar en su edad cuando habla, cuando camina, cuando debate, cuando declara. Su vejez evidente no se explica solamente por la edad: Sanders y Trump, sus contemporáneos, no parecen tan viejos. Al menos, no se ven tan viejos. En política esto es clave, ya sabemos tantas veces que el empaque es el fondo. Gústennos o no. Serán los genes, serán los golpes la vida, pero los años pegan distinto a cada uno. Biden ha recibido el golpe más duro que puede recibir un ser humano: cuando tenía 30 años, su esposa e hija de un año fallecieron en un accidente de tránsito. Brutal. Otro más, durísimo: su hijo Hunter fue un drogadicto y alcohólico por décadas. Otro más, el tercero de este párrafo: su hijo Beau, murió a los 46 años por un cáncer. El hombre entonces ha encajado golpes que habrían matado a casi cualquier otro. Encontró refugio en Dios, es católico practicante, y en su esposa Jill. También en la política: cada cinco años se reelegía fácilmente como senador, pero, desde 1987, mantenía la idea de ser presidente. Había fracasado en todos sus intentos y, hasta hace un año, parecía que iba a fracasar otra vez.

Por eso mismo, en parte, porque está viejo y se nota. Entonces no usa bien las redes sociales, no es capaz de responder tan ágilmente como Buttigieg en un debate, no es capaz de construir la narrativa de Sanders. En política, además, la vejez que viene de estar tantos años en el escenario es sinónimo de desgaste. Es inevitable. Biden ya había sido vicepresidente, senador, candidato presidencial. Esos son muchos años en el debate, muchas oportunidades para haber cometido errores. Kamala Harris, su flamante vicepresidente, le cobró ferozmente en un debate su posición sobre la segregación racial hace casi 50 años. La política es dinámica y Harris ahora está con Biden pero en ese momento ese ataque pareció mortal. Kamala, fuerte, inteligente, moderna, multirracial, destrozaba al débil, lento, blanco, y viejo, sobre todo viejo, hombre blanco. Botó esa oportunidad a la caneca, Kamala, por el desorden interno de su campaña.

En muy pocos días, todo cambió. A comienzos de marzo, cuando casi todos ya entendían que había una pandemia, uno por uno los candidatos que competían con Biden en el centro, se retiraron para apoyarlo. Aunque estaba viejo, la razón fue sencilla: Trump perdería con casi todos los candidatos rivales posibles, menos con uno solo, con Sanders. Y, aunque todos trataron de quitarle el centro a Biden, ninguno pudo realmente. En buena parte, porque los afroamericanos se la jugaron a fondo por él. Y, en otra parte, porque resulta que los viejos tienen experiencia. En la vida y en el oficio al que se dediquen. Y, la experiencia, no es algo que alguien pueda conseguir rápidamente. Casi todo lo demás se puede conseguir rápido y de afán, un tuit viral, una propaganda efectiva, una cara bonita, pero la experiencia no, esa cuesta lo que es más valioso en la vida: tiempo.

Y Biden, ya hemos visto, esa cuenta ya la pagó con creces. Experiencia tiene. Condujo la política detrás de cámaras para construir la coalición que necesitaba, se preparó para no cometer errores graves en los debates, no terminó de alienar a Sanders y el ala izquierda con ninguna propuesta, y con la simple estrategia de mantenerse diciendo unas pocas cosas sencillas, derrotó finalmente a Sanders. Sobrevivió los ataques que le lanzaron: que era un violador, que su hijo era un corrupto, que no había cambiado nada realmente en su trayectoria política y otros más. La experiencia ahí también sirve porque trae la serenidad de haber visto ya varias películas y haber vivido los vaivenes de la vida, de la política, tantas veces. Llevó la campaña desde su sótano, con muy pocas apariciones públicas, lo hizo más o menos bien en los debates contra Trump. Y ganó, más apretado de lo que habría querido, pero ganó.

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No podría un joven como Buttigieg o Alexandra Ocasio-Cortez, llamar a la unidad con tanta credibilidad y simpleza. Esto fue posible porque Biden está viejo

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No recuerdo un discurso más simple en la política gringa que el de Biden en su posesión. La política gringa suele ser terreno de grandes discursos y oradores. Kennedy, Obama, Reagan, Clinton, todos con grandes frases memorables. El de Biden fue elemental: llamó a la unidad de su país y a que prevaleciera la decencia. También tuvo el gesto, que pareció revolucionario tan solo porque reemplazaba las formas de Trump, de ofrecer condolencias a las miles de víctimas de la pandemia. No fue más: unidad, decencia y empatía. Tan sencillo fue el discurso que fue una poeta joven, Amanda Gorman, la que trajo la elocuencia y las grandes frases a la jornada. Por única vez en la historia, la gran novedad fue que el presidente recién electo no fue la figura en su posesión.

Pienso que esto fue posible porque Biden está viejo. No podría un joven como Buttigieg o Alexandra Ocasio-Cortez, llamar a la unidad con tanta credibilidad y simpleza. Es muy difícil creerle a alguien que no ha sufrido tanto como él, un gesto de empatía ante el dolor tan profundo que ha traído la pandemia. Probablemente Biden sea un presidente de un solo período. Quizás su único legado sea el que ya se marcó: unir al país y volver a darle valor a la decencia. Parece poco para la mayor potencia que haya tenido la humanidad, pero eso es lo que hay en estos tiempos.

Biden se retiró del escenario, sonriente, apoyado siempre en Jill que lo cuida en cada paso, y sereno fue a gobernar el país. Biden, ya viejo y habiendo visto tanto, quizás ya no le teme a la muerte y entonces es más libre. Pensaba en esto mientras leía que hay quienes opinan que no vale la pena vacunar a los viejos, a los enfermos. Esa obsesión por la juventud, tan vana, tan fugaz. Cuánto valor hay en los viejos. A lo mejor son los únicos que nos pueden salvar, a los jóvenes, de nosotros mismos.

@afajardoa

 

 

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