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Hace unos meses aquel eximio filósofo, Gustavo Petro, afirmó que que era “muchísimo mejor vivir en Cuba” rodeado de cultura que vivir en Miami, a la que reprochó no tener “cultura propia”. Antes de devolver los pasajes para ir a Miami y comprar tiquetes para desplazarse a La Haban, ya sea de turismo o para establecerse en este país, bien haría el lector en leer el más reciente libro de Leonardo Padura, “Morir en la arena”, libro que le permitirá conocer cómo es verdaderamente el diario transcurrir de los cubanos. Veamos qué dice Padura en su libro sobre la “cultura” universitaria en Cuba: “Al mismo tiempo, cuando en la carrera comenzaron a sucederse los semestres de Materialismo Histórico y Dialéctico, Historia de la Filosofía y del Movimiento Obrero Mundial, Economía Política del Socialismo, Ateísmo Científico o aquel curso increíble de Comunismo Científico (semejante programa de estudios resulta muy revelador de nuestro contexto, ¿verdad?), por supuesto que ya sabías que debías levantar un altar a Marx, Engels, Lenin y el camarada Stalin. Y, de más está decirlo, ni delirando, con fiebre de cuarenta y dos grados, permitir que de tu boca saliera el nombre de Gramsci o el de por esa época ya repudiado Sartre, y muchísimo menos el de un tal León Trotski si no era para calificarlo de traidor a la clase obrera, de falso profeta y, muy enfáticamente, de revisionista, que era el peor estado de degradación al cual un ser pensante podía descender.”
Pero no cansados del que el régimen inundara a sus ciudadanos con la “basura marxista’, a Cuba lo convirtieron en un país de sapos, en que los habitantes eran forzados a espiarse los unos a los otros: “Recuerdo que quienes eran miembros de los núcleos del Partido o de la Juventud, cargaban el aura de iluminados y su militancia les confería un poder. Pero incluidos esos elegidos, la verdad es que todos tenían miedo y todos se vigilaban entre sí, todos y cada uno: profesores, estudiantes, bibliotecarios y hasta bedeles tenían miedo, los militantes se temían entre sí, pues cualquiera podía ser delatado, acusado, repudiado, parametrado, como se decía (cancelado, se le llama ahora), y, para protegerse o defenderse, las gentes o se callaban la boca o, mejor, se subían en cualquier tribuna para lanzar discursos de reafirmación política y protagonizar actos de fe marxista leninista con sus necesarias pizcas estalinistas. Y las delaciones, una de las consecuencias generadas por el miedo y promotoras de más miedo, proliferaron, como la conocida verdolaga. Porque, como bien se sabe, potenciar el miedo es condición sine qua non para el ejercicio del control.”
Padura igualmente retrata a una delatora de barrio: “La mujer, una verdadera bruja, perversa de nacimiento, era conocida en el barrio como Berta Metralleta por los méritos de su combatividad revolucionaria, vocación entonces tan de moda como el atemorizante uniforme de miliciana con que se ataviaba todo el cabrón día. La uniformada Metralleta, borracha de un poder y autoridad que se había asignado ella misma en el propicio marasmo de la vorágine revolucionaria, era un ser vil que disfrutaba haciendo vivir a todo el vecindario en el pánico de una delación por cualquier cargo, material o solo mental, que podía ser considerado incluso como un acto de contrarrevolución, la más temible de las acusaciones.”
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Apostilla: Padura cierra su ensayo sobre la Cuba de hoy con una observación lapidaria: “Este país se está yendo a la mierda, bueno, está metido en la mierda que antes acumularon, y me parece que va a seguir así por muchísimos años, porque yo creo que esto no tiene arreglo. Como decía el abuelo Quintín.., ¡ni los americanos lo arreglan!”.
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