¡Ay de los tibios! Colombia los vomitará

"Del frío, uno sabe lo que espera, y con el caliente uno sabe a qué atenerse"

Por: Juan Mario Sánchez Cuervo
junio 06, 2018
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¡Ay de los tibios! Colombia los vomitará

Todo parece indicar que a los tibios no los quiere ni el mismo Dios, al menos Juan, el evangelista, afirma en el libro del Apocalipsis que el Señor los vomitará de su boca. El caso es que ni en Colombia ni en ninguna parte del mundo son mirados con buenos ojos, pues a lo largo de la historia han dejado testimonio de lo que son: facilistas comodines del poder hegemónico, o fieles representantes de la mediocridad. No tiene pues nada de raro que al Espíritu Santo y a la mayoría de los mortales nos generen náuseas, fastidio, y de esa clase de rabiecita menudita y que pica hasta la ampolla.

Del frío, uno sabe lo que espera, y con el caliente uno sabe a qué atenerse, y como diría el poeta alemán Erich Frïed de esas dos opciones: benditos sean sin bendición o malditos sean sin maldición. Nada que reprocharle en una contienda electoral al que es consecuente con su ideología y principios y actúa conforme a ellos. Pero el tibio es otro cantar. En estos mismos momentos se me ocurre que la desidia de este espécimen acomodaticio se parece mucho a la del personaje Bartleby de la novela de Herman Melville, el que casi lleva a la locura a su jefe con la famosa y detestable frase: “Preferiría no hacerlo”. Los tibios tienen en sus manos la posibilidad de aportar y prefieren no hacer nada al respecto: que suenen los tambores de la guerra, o que suene la melodía de la paz; que llueva o escampe: al parecer una u otra cosa les da igual.

El momento histórico que atraviesa Colombia no está para términos medios; por ejemplo preferir que otros hagan lo que nosotros deberíamos hacer, o eludir la responsabilidad de la coyuntura actual con disculpas chimbas (palabra que puso de moda un excandidato a la Presidencia) para no tomar partido. El que alguien vote por un candidato distinto al mío, conforme a sus convicciones, no me genera tirria; pero el que alguien se dé ínfulas de neutral y diplomático en un momento en que no debería serlo, me suena a una especie de Laissez Faire político abominable. Al fin de cuentas lo que está en juego es la dinámica del cambio frente a un statu quo de más de doscientos años, es decir la hegemonía de los mismos con las mismas. En otras palabras, tenemos la posibilidad de quitarle el tanque de oxígeno a la corrupción, a la guerra, a la desigualdad y discriminación; o por el contrario otorgarle una recarga de combustible a esos flagelos de la paz y la justicia para que reinen cuatro años más, ocho años más, o por los siglos de los siglos.

Es una ignominia que políticos, personajes de la cultura, periodistas y escritores que fueron calientes, o supuestamente calientes, a última hora degeneren en tibieza: eso constituye una afrenta contra el sentido común, la ética y la coherencia. Pero es que también hay seres humanos que pasan de largo ante el código de la dignidad, y se dejan comprar o se venden como cortesanas al mejor postor. Harta razón tenía Mahatma Gandhi cuando dijo: más que los actos de los malos, me horroriza la indiferencia de la gente buena. O lo que decía el Maestro Jesús de la sal, ese elemento que contrarresta la corrupción: “Si la sal se hiciera insípida ¿con qué se sazonará? Ni para la tierra ni para el muladar es útil; la arrojarán fuera: el que tenga oídos para oír que oiga”.

Ay de los tibios que abandonan sus fardos para que los carguen los demás. Ay de los tibios que esconden la cabeza ante el peligro como el avestruz. Ay de los tibios que gozando de buena vista se hacen los miopes. Ay de los tibios y cobardes que buscan el lucro personal. En lo sucesivo Colombia no les aceptará sus peleítas de farándula contra la corrupción. Acoge, Señor, a los tibios y perdónalos, porque sí saben lo que hacen y para quién lo hacen, amén.

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