¡Ay Andrés Caicedo, uno nunca es lo suficientemente viejo pa' olvidarte!

Los dos tomos de su Correspondencia es la obra más potente que se ha publicado en el año de la peste y una excusa para revistar a nuestro suicida favorito

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septiembre 15, 2020
¡Ay Andrés Caicedo, uno nunca es lo suficientemente viejo pa' olvidarte!

En junio de 1976 Andrés Caicedo intentó matarse por primera vez. Tomó Valiums como si fueran M&M’s y se cortó las venas. Lo rescataron, lo recetaron, lo encerraron. Desde los 19 años sabía que viviría rápido y dejaría obra y un cadáver hermoso, como Radiguet con su El diablo en el cuerpo. Su compulsión era ver todo el cine que pudiera, todos los libros que su mente lograra apresar. A veces Pepe Metralla, como lo llamaban sus amigos, llevaba la máquina de escribir a las fiestas y ahí hacía un cuento, una crítica, una carta a sus amigos. La decadencia comenzó poco antes de cumplir el cuarto de siglo. El intento de suicidio era un grito desesperado. Y la respuesta fue encerrarlo en una clínica en Bogotá.

Sus amigos no podían hacer nada, su amada hermana Rosario tampoco, estaba muy lejos, en la Houston magra de los años setenta, una ciudad a medio hacer, un lugar en donde sólo los grandes petroleros podían ser felices. Andrés en esa ciudad ni siquiera podía costearse su vicio favorito: videar películas. Justo el mismo año en el que Milos Forman adaptó Alguien voló sobre el nido del cuco, la novela de Ken Kesey sobre un hombre que por error es enviado a un manicomio, Andrés estaba en una clínica y le ponían drogas que lo dejaban sonso, que le evitaban pensar. Y Andrés era sólo una gran mente que pensaba. Le quitaron todo y le abrieron un foso en su tristeza que ya era profunda.

Todos los días iba a su celda un siquiatra con un número de Ojo al cine en la mano. A veces también llevaba alguno de ss cuentos. El método para quitarle la locura era convencerlo de que no era un genio. Destruía sus críticas, le mataba el ego. Andrés se deprimió. En sus cartas desesperadas le pedía a sus papás que lo dejaran salir, que escribieran a la clínica y le quitaran ese infierno. Ellos tenían miedo. Andrés parecía resuelto a abandonar su cuerpo -que también era una celda- a los 25 años.  Salió de la clínica y todo fue cuesta abajo. El diario El pueblo dejó de pagarle su columna y ni siquiera lo envió al Festival de Cine de Cartagena, en Buenos Aires la editorial Crisis le daba largas con la publicación de ¡Qué viva la música! su única novela, de México nadie le contestaba por El atravesado y eso que le habían dado un anticipo por la publicación y, para colmo, Patricia Restrepo lo había dejado de querer.

Andrés Caicedo se mató el 4 de marzo de 1977. Acabo de leer los dos tomos de sus cartas que bellamente publicó Planeta. Se le quitan a uno las ganas de escribir. ¡Qué duro es ceder a la tentación de ser un creador! La mayoría de veces, así se tenga talento, es el camino a la locura y la derrota.

Editado por sus Pocos buenos amigos y con la ayuda de Don Carlos Alberto Caicedo, quien le abrió los baúles donde reposaban los papeles de Andrés a Sandro Romero y Luis Ospina, la compilación de la crítica más original, disparatada, atrevida y bellamente escrita que se ha publicado en este país. Las Correspondencias publicadas por Seix Barral le despiertan a uno otra vez el Angelito Empantanado que se había ahogado por vivir tanto, por llegar a los 40, esa edad en donde el cuerpo explota y da señales clara de que, de ahora en adelante, todo será derrota. Por eso es inevitable, después de terminar los dos tomos de sus cartas, regresar a obras capitales suyas como ¡Ojo al cine!, abandonar por un momento las maravillosas plataformas y regresar al cine. Al viejo y eterno cine y a Caicedo, por supuesto.

Ay Andrés!, uno nunca es lo suficientemente viejo pa’ olvidarte.

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