Mientras sigamos separando la conversación, violencia contra las mujeres por un lado y violencia contra la niñez por otro, vamos a seguir fallando en entenderla

Esteban Reyes, director nacional de Aldeas Infantiles SOS - Atacar a las mujeres, violentar a la niñez

En los últimos días, el país ha vuelto a escuchar testimonios de mujeres que durante años fueron víctimas de acoso, abuso de poder y silenciamiento. A primera vista, parece una conversación sobre adultos. Pero no lo es solamente. También es una conversación sobre la niñez.

Porque la violencia contra niñas y niños no nace en un vacío. Crece en los mismos entornos donde se naturaliza la desigualdad, el control y el abuso de poder. No es un problema paralelo a la violencia de género. Es la misma violencia, con otro rostro.

Y los datos en Colombia lo muestran con claridad. De acuerdo con el Sistema Integrado de Información de Violencias de Género (SIVIGE), casi el 80 por ciento de las agresiones ocurren dentro de la vivienda. Es decir, en el lugar que debería proteger. Además, más de la mitad de las víctimas conviven con su agresor, lo que evidencia que no se trata de hechos aislados, sino de relaciones cotidianas atravesadas por el miedo y el control. Y en muchos casos, quienes ejercen la violencia son justamente quienes deberían cuidar.

Esto obliga a cambiar la pregunta. La violencia contra la niñez no puede entenderse solo como un problema de crianza. Es, en gran medida, la expresión temprana de una cultura que organiza el poder de forma desigual, donde lo masculino se sobrevalora, lo femenino se subordina y la autoridad adulta se ejerce sin límites.

Por eso la perspectiva de género no es un enfoque adicional, sino una clave explicativa. La evidencia internacional ha mostrado de manera consistente que la violencia contra las mujeres y la violencia contra niñas y niños coexisten, se refuerzan y comparten raíces. Cuando en un hogar se normaliza el control, la humillación o la dominación, esa lógica atraviesa toda la estructura familiar.

En Colombia, esto empieza desde temprano. Los datos muestran que las niñas y adolescentes concentran una mayor proporción de víctimas, especialmente en la adolescencia. No es casualidad. Es la evidencia de que las desigualdades de género comienzan mucho antes de la vida adulta y se aprenden en los espacios más cercanos.

Lo que está en juego no es solo la protección inmediata, sino la forma en que estamos enseñando qué significa tener poder. Bell Hooks lo describió con claridad al recordar cómo la violencia en su infancia no solo castigaba comportamientos, sino que enseñaba roles sobre quién podía ejercer autoridad y quién debía obedecer. Esa pedagogía de la violencia sigue operando hoy. Las niñas aprenden a callar, los niños aprenden a dominar o a resistir desde la fuerza, y ambos aprenden que la violencia puede ser una forma válida de ordenar el mundo.

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Durante años hemos tratado la violencia contra la niñez como si fuera un asunto privado, casi doméstico. Pero las cifras oficiales muestran otra cosa. Solo en 2025 se registraron más de 158 mil casos de violencias de género en el sistema de vigilancia en salud pública en Colombia. Y ese número no refleja toda la realidad, sino únicamente los casos que alcanzan a ser reportados en el sistema.

Mientras sigamos separando la conversación, violencia contra las mujeres por un lado y violencia contra la niñez por otro, vamos a seguir fallando en entenderla. La pregunta de fondo no es solo cómo reaccionamos ante la violencia, sino qué tipo de relaciones estamos normalizando.

Detener la violencia contra la niñez implica algo más profundo que sancionar agresores. Implica desmontar las jerarquías que la sostienen, el adultocentrismo que invalida la voz de niñas y niños, la tolerancia frente al control sobre las mujeres y la idea de que la autoridad puede ejercerse sin límites dentro del hogar. Implica, en otras palabras, transformar el significado mismo del cuidado.

Porque no todo cuidado protege. Hay formas de cuidado que controlan, que silencian y que disciplinan desde el miedo. El desafío es construir entornos donde el cuidado no sea subordinación, donde la autoridad no sea violencia y donde la diferencia no se convierta en desigualdad.

Desde Aldeas Infantiles SOS insistimos en algo fundamental: fortalecer a las familias no es idealizarlas, es transformarlas. Porque proteger a la niñez no es solo evitar el daño inmediato, es impedir que la violencia siga siendo el lenguaje con el que una sociedad enseña quién vale, quién manda y quién debe obedecer. Y hacer del cuidado -no del miedo- el principio que organiza nuestras relaciones.

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Perfil Esteban Reyes, Director Nacional de Aldeas Infantiles SOS

Abogado de la Universidad de Los Andes, master en Educación de la Pontificia Universidad Javeriana y master en Derechos de la Infancia de la Université Paris 8, en Francia

Esteban llega a dirigir Aldeas Infantiles SOS en Colombia luego de 12 años de haber dirigido la Fundación Tiempo de Juego, una iniciativa comunitaria que nació con varios jóvenes líderes de Altos de Cazucá, en el municipio de Soacha, con el fin de transformar su entorno de manera positiva a través de herramientas como el juego y el arte.

Su amor por las causas sociales y, principalmente, las de niñez, lo empezó a forjar desde que estaba en la universidad y trabajó para la Defensoría del Pueblo, en donde se relacionó con la protección de los derechos de las poblaciones más vulnerables y luego a través de otros proyectos que lo llevaron a ser profesor en colegios públicos de Bogotá y reconocer de cerca las necesidades de niños y niñas.

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