Analizar el escenario electoral de Norte de Santander desde una perspectiva politológica exige diferenciar entre poder histórico y poder vigente. El primero se sostiene en la memoria colectiva; el segundo, en la capacidad efectiva de articulación territorial. Durante años ambos coincidieron en el departamento, pero el proceso previo a la elección legislativa evidencia que hoy operan de manera separada. La política regional atraviesa una transición silenciosa: el paso de la influencia recordada a la influencia ejercida.
En el debate público todavía se repite que la principal estructura electoral continúa asociada al exalcalde Ramiro Suárez. Sin embargo, la observación empírica del territorio muestra una realidad distinta. Las redes de intermediación —líderes comunales, asociaciones sociales, comerciantes y sectores productivos— han migrado progresivamente hacia actores institucionales activos. En ciencia política esto se denomina desplazamiento de redes de poder: el capital político no desaparece, pero pierde centralidad cuando deja de coordinar la vida cotidiana del territorio.
Bajo esa lógica, la estructura histórica conserva reconocimiento simbólico, pero ya no puede ubicarse por encima de la administración vigente del alcalde Jorge Acevedo. La diferencia no radica en la recordación sino en la operatividad. La ciudadanía interactúa con quien gobierna hoy, no con quien gobernó antes, y esa interacción permanente redefine el mapa de poder. El votante urbano contemporáneo evalúa cercanía institucional más que tradición política.
En el escenario actual aparecen dos polos principales de articulación política. El primero corresponde al liderazgo departamental del gobernador William Villamizar, quien respalda la lista del Partido de la U. Su fortaleza se explica por un voto funcional: sectores sociales que priorizan la coordinación institucional para facilitar gestión de proyectos, inversión pública y representación administrativa ante el nivel nacional. Este tipo de voto no depende de afinidad ideológica sino de expectativa de eficacia estatal.
El segundo polo corresponde a la estructura urbana respaldada por el alcalde Jorge Acevedo a través del Partido Liberal. Aquí el comportamiento electoral es evaluativo. El ciudadano observa resultados cotidianos —seguridad, intervención vial, recuperación de espacio público y estímulos económicos— y traduce esa percepción en respaldo político. La legitimidad se construye en la experiencia diaria más que en la tradición partidista. Cuando el elector percibe mejoras tangibles, convierte la aprobación administrativa en apoyo legislativo.
Estas dos estructuras constituyen actualmente los ejes predominantes de organización electoral en el departamento. No implican la desaparición del pasado político sino su desplazamiento hacia un plano simbólico. En términos analíticos, la estructura asociada al exalcalde Ramiro Suárez pasó de ser un centro operativo de poder a un referente histórico dentro de la memoria política regional. Conserva recordación, pero ya no organiza el comportamiento electoral mayoritario.
A partir de este reordenamiento puede proyectarse una distribución probable de representación legislativa. En primer lugar aparece el Partido Conservador Colombiano, sostenido por un voto de pertenencia estable en el territorio. En segundo lugar se ubica el Partido de la U respaldado por la estructura departamental del gobernador William Villamizar, cuyo soporte radica en la coordinación institucional entre niveles de gobierno. En tercer lugar la lista liberal apoyada por el alcalde Jorge Acevedo, fortalecida por la evaluación urbana de gestión. Aquí el elector actúa bajo lógica retrospectiva: premia resultados percibidos y traslada esa confianza al nivel legislativo.
Las dos curules restantes se disputan en un espacio competitivo entre Centro Democrático, Cambio Radical y Partido Verde. Ninguno posee hegemonía territorial consolidada, por lo que el resultado dependerá de la movilización final del electorado independiente. Durante décadas la competencia electoral se organizó alrededor de liderazgos personalistas; hoy se organiza alrededor de administraciones con capacidad de gestión observable.
La elección legislativa no define únicamente curules; confirma una transición institucional. El departamento pasa de un modelo basado en centralidad personalista a uno basado en gobernabilidad operativa. En términos politológicos, es el tránsito del liderazgo carismático al liderazgo funcional, donde la legitimidad proviene de la capacidad de resolver problemas cotidianos.
El 8 de marzo puede interpretarse como un punto de inflexión. Más que una elección ordinaria, representa un cambio generacional en la forma de ejercer la política. La política tradicional entra en una etapa de agotamiento progresivo al perder legitimidad operativa. Cuando la legitimidad deja de depender del recuerdo y pasa a depender del desempeño, se produce una renovación política efectiva. Norte de Santander entra en una etapa donde la autoridad política se mide menos por la historia acumulada y más por la capacidad de transformar la realidad cotidiana.
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