Vivir con una mastectomía doble

Quince años después de su diagnóstico y operación, Rosario Caicedo cuenta con crudeza y alegría su historia.

Por:
junio 14, 2013
Vivir con una mastectomía doble

“The past is never dead. It’s not even past.”

William Faulkner

Antes

La primera vez que supe que alguien  tenía cáncer de seno fue en 1965: Cali, Colombia: yo acabo de llegar del colegio y mi mamá me anuncia que mi abuela iba a ser operada: “le van a hacer una mastectomía, mijita…” Recuerdo que fue la primera vez que oí la palabra: extraña, como todo término médico. La primera vez y yo tenía quince años. Si las mujeres en el mundo y en mi país estaban siendo diagnosticadas con cáncer  de seno, pues el secreto estaba muy bien guardado.

Aparte de mi abuela materna no supe de nadie más en mi adolescencia y en las primeras décadas de mi vida adulta. Los veinte y los treinta años pasaron sin que el concepto de una epidemia de marca mayor nos estuviera arrinconando. Nada. Absolutamente nada. Pasé por las etapas que muchas mujeres pasan: matrimonio, embarazos, hijos. Dos para ser exacta. A ambos les di el pecho. Tengo una foto mía en un barco llevándome a alguna parte donde uno de mis bebés está amamantando, feliz. Yo también parezco feliz, saludable, joven; mi pequeñísimo seno al aire cumpliendo con su rol. Una etapa de la vida donde cada mañana parecía ofrecer una gran posibilidad, para nosotros los optimistas.

Y la vida, como dice alguien a quien quiero mucho, la vida sigue. Y la mía siguió. Separación, divorcio, niños creciendo, hijos formando sus propias vidas. Y en mí, el cansancio de un cuerpo que ya no tenía treinta años, que ya iba llegando a los cuarenta. Y un día, en 1993, abriendo el periódico del domingo, me encontré con una fotografía intensa, y a pesar de su tristeza, profundamente hermosa: el largo torso de una mujer con una gruesa cicatriz donde debiera estar un seno. Allí, mirándome a la cara desde el magazín dominical del New York Times, la mastectomía me decía: aquí estoy, soy parte de la vida, estoy en todas partes. Recuerdo mi reacción, recuerdo leer el artículo y admirar la profunda valentía de esa mujer que decidió mostrarle al mundo su experiencia. Recuerdo también, no me pregunten por qué, que la recorté y la guardé y la puse en uno de los tantos fólderes que siempre han habitado mi espacio. Recuerdo leer las cartas en contra y a favor de la carátula. Horror de los horrores, decían unas. Qué maravilla el hablar y mostrar la verdad, decían otras.

Y la vida siguió, y yo al organizar mis closets me encontraba de vez en cuando con la mujer sin cara, la mujer con la larga cicatriz, la mujer valiente. Y en un momento, de súbito, el cáncer de seno empezó a ser parte de mi mundo: primero fue la madre de una compañerita de mi hija, después  fue alguien en el trabajo o la mamá de algún conocido o la mejor amiga de una amiga entrañable. Una detrás de otra. Cáncer de seno, cáncer de seno, cáncer de seno. Como si todo un ejército de mujeres enfermas empezaran a invadir mi vecindario. Mujeres hablando, mujeres organizando grupos, mujeres calvas, mujeres con pelucas o con sombreros en el supermercado, en cine, en el teatro, en la piscina. Artículos sobre el cáncer de seno, ginecólogos enseñándoles  a sus pacientes a examinarse. Cualquier cambio, usted me deja saber, usted viene a verme…

La aparición

Y el cambio se dio… así, de un momento a otro: un día, algo que no estaba allí, apareció… Como por arte de magia… y yo, buena paciente, seguidora de reglas médicas, le informé a mi ginecóloga y la pesadilla con mayúsculas empezó. De una máquina a otra, de un doctor a otro… Recuerdo a uno de ellos, tocando el pequeñísimo promontorio y diciéndome: “por Dios, esto no es nada…”, a otro,mandándome  inmediatamente a ponerme debajo de otra máquina de por sí, amenazante. Semanas en esto. Entre mi trabajo y mi vida. Una cita tras otra. Hasta que la decisión se tomó: sacar “un pequeño pedazo de la masa” para una biopsia. Aun antes de la biopsia, supe que sería cáncer y me acordé de la carátula guardada y la puse sobre mi cama y le pedí a esa mujer sin rostro de la fotografía que yo pudiera tener la misma entereza, la misma valentía. Y el día llegó para hacer la biopsia y cuando vi la cara de la cirujana quien no me dijo los resultados, pero los tenía escritos en sus ojos, me empecé a preparar. “Le dejaremos saber en unos dos días, me dijo, en inglés, en el lenguaje que se ha convertido en mi segundo idioma, pero nunca, nunca, eclipsando el primero: el castellano, como lo llamaría mi padre, mi lengua madre.

Y fue en inglés, claro, que recibí la noticia. Dos días después, sola, en una casa grande, llena de recuerdos, esperando la llamada, al pie del teléfono. Esta no era la época antes de la comunicación inmediata, de los textos y los tuits y los teléfonos inteligentes: 1998. Y en mi teléfono inalámbrico, la misma doctora que me operó me dijo escuetamente: es positivo, Rosario. El tumor es canceroso. Positivo: algo tan positivo queriendo decir todo lo contrario… Recuerdo que antes de la llamada escogí esperar a que el teléfono timbrara en el cuarto de mi hija…El espacio lleno de colores, de afiches, de muñecos de peluche… porque: ¿qué espacio puede haber que defina más el futuro y sus posibilidades que el cuarto de un niño?  Y yo, que sabía ya que me iban a anunciar la posibilidad de una muerte, la mía, pues mejor oír la noticia rodeada de todos esos objetos gritando ¡qué viva la vida! Con el teléfono agarrado fuertemente para que yo misma no pudiera ver mi mano temblando, hice la cita para el lunes siguiente: para explicarle los pasos necesarios, me dijo la médica de los ojos que yo pude leer tan bien.

¿Qué recuerdo de ese día? Recuerdo salir a la calle después de esa llamada y ver todo completamente distinto: más bello, más lleno de colores, más intenso: los árboles, las flores, hasta el humilde andén tenía un brillo que nunca había notado, como si alguien me hubiera metido a la película El mago de Oz, en ese momento cuando de blanco y negro se pasa a tecnicolor. El cáncer transportándome a Hollywood, a la tierra de Dorothy y Toto…. I certainly was not in Kansas anymore. Ay, ese día… la llamada a mis hijos, el llanto inconsolable de mi amiga de infancia desde un teléfono en Suecia… y yo sin poder llorar… yo viendo todavía el mundo demasiado bello, demasiado irreal… la posibilidad de su desaparición, el pensamiento de la cercanía de la muerte, y nada de llanto.

Después, dos días después, la cita con la explicación de mis posibilidades: lumpectomia, o mastectomía del seno con el tumor, y claro está, si escoges esa, reconstrucción inmediata, explicó racionalmente la cirujana, después de dibujar todos los procedimientos y de explicarme que mi tumor era poco común y que tenía las características de reproducirse en el otro seno, el seno sano, añadió.  “No es que pase todo el tiempo, pero hay una alta posibilidad.” Allí, sentada al frente de ella, después de oír las dos palabras entrelazadas: alta posibilidad, fue cuando inmediatamente decidí que tendría una mastectomía doble. Y así se lo expresé. “¡No puede ser!”, pensó, se lo vi en la cara. “¿Pero, como así?”, me dijo. “Yo solo te estoy diciendo de un seno y reconstrucción…” “Sí, pero también me está hablando de las características del tumor y yo, por escogencia quiero removerme los dos senos.” Los dos. La simetría tiene su importancia, pensé yo. “Y no reconstrucción”, le dije. Ninguna. No me gusta estar bajo anestesia por horas, si no es necesario. Pero por favor, consulta primero a un cirujano plástico. “Tu decisión te afectará la vida entera.” “Evidentemente”, le dije, queriéndole decir en el castellano de mis emociones: “más claro no canta un gallo”. Pero usé, claro está, el razonamiento anglosajón: “es mi decisión, y yo me conozco bien y sé porque lo estoy haciendo.” “Lo que es bueno para paciente A, no es necesariamente lo mejor para la paciente B”, le dije. Oh, el respeto por la individualidad en esta cultura. El respeto a disentir. Aunque poco estuvo de acuerdo, aceptó mi decisión y me dio la fecha para la cirugía.

Volví a salir de nuevo a ese nuevo mundo de colores demasiado intensos, de cielos demasiado azules, de un clima demasiado perfecto. Quien ha vivido en la Nueva Inglaterra sabe de que días estoy hablando: días de primavera que uno atesora después de haber sufrido por meses la experiencia de un invierno que parece inacabable. Días de sol sin nubes. A un día así salí. Sabiendo que tenía cáncer. Que mis días podían terminarse más pronto de lo esperado, a ese sol promisorio de un verano caliente. Sin llorar. Desgraciadamente, sin llorar.

La operación

Mastectomía doble en dos horas. Y después el dolor y la morfina que me hizo ver, literalmente, ángeles con alas negras al pie de la cama. Extraña experiencia. Extraño todo. Y después la noticia que mi tumor necesitaría quimioterapia agresiva: las dos drogas más fuertes: el veneno que uno espera mataría cuanta célula loca estuviera corriendo descontrolada por todas partes del cuerpo. Nombres como Adriamicina Y Cytoxan que uno nunca olvidará. Ni sus efectos. Ni la entrada de ellas en el cuerpo. Sus colores: rojo, color gelatina, color de dulce, de bombón Charms, de recuerdos de infancia, de matinés, de Cali a las once de la mañana de un día domingo.

Veneno que a lo mejor me permitiría vivir unos años más, veneno que da vida, pero veneno al fin y al cabo con todas las consecuencias de algo letal: mi cabello cayéndose manojo tras manojo mientras caminaba por la casa, o al despertarme, encontrando la almohada llena de mis canas y mi pelo negro. Ante esa primera experiencia me fui a un salón de “belleza” con la amiga que atesoro desde la cuna y me rapé completamente. Cuando me vi en el espejo por primera vez en mi vida sin pelo, pesando menos de 45 kilos, entendí claramente la completa posibilidad de la muerte.

Y recordé lo que la médica me dijo la mañana después de la operación: el tumor que tenías, basado en el tamaño, estuvo creciendo durante ocho años… Ocho años el cáncer silenciosamente tomando poder de mi cuerpo, ocho años. Recuerdo el quedarme en mi cama de enferma, cama de hospital, pensando en que momento a mis cuarenta años, una pequeña célula decidió emprender su desordenada maratón hacia la muerte. ¿Cuándo? Pudo haber sido en ese verano de mis cuarenta años, visitando por primera vez a Europa, viendo a París en todo su irreal esplendor. O en Santa Marta, mirando una luna llena tan hermosamente grande y cercana a la tierra, que mi hijo pequeño me preguntó si se iba a caer. ¿Cuándo, cuando?… Ocho años después, preguntas que no responden nada como la gran mayoría de las preguntas en esa época de mi vida. En medio de la posibilidad de la muerte…

El después

Y la vida siguió, habitando yo un cuerpo distinto, un planeta distinto, pareciera. El planeta de los términos médicos, de los hospitales tristes, del veneno en mis venas cada dos semanas, de los grupos de apoyo cada lunes a las cinco de la tarde, de las mujeres mostrando su calvicie u ocultándola con pelucas o pañoletas o con sombreros de colores. Yo escogí uno rojo. Y los meses pasaron y la quimioterapia se terminó y las citas médicas continuaron… Continúan todavía quince años después de mi diagnóstico…

Quince años después escribiendo estas palabras sobre la mastectomía doble de una mujer común y corriente, una mujer que agradece cada minuto, cada segundo de vida. Vale la pena decir, cómo los agradecí también antes del cáncer: porque vivir me fascina, valga la verdad, y porque adoro la risa y los libros y el buen cine y mi gente —y porque todo el mundo y sus experiencias me llenan de curiosidad— pero eso de ver hasta un andén brillante y hermoso, y ese tecnicolor de El mago de Oz  que todavía experimento. Eso si es D.C.: después del cáncer. Suena cursi, tal vez, pero es mi verdad.

Por eso, por todo lo que he vivido debido al cáncer, me detuve de súbito hace unos días cuando en la larga fila del supermercado en la pequeña ciudad donde vivo, me encontré delante de mí a una mujer joven con una apretada camiseta negra exhibiendo estas palabras de color blanco fosforescente:

SIN TETAS NO HAY PARAÍSO

Por las caras de la gente a mi alrededor pareciera como si la únicas que entendían el mensaje de la camiseta éramos su dueña y yo. Las únicas conocedoras del idioma. “Gracias a Dios”, pensé, lo confieso, mirando con curiosidad a la muchacha con los senos enormes cubiertos con la camiseta negra. El burdo  mensaje enfrentándome de pecho a pecho. Oí hablarle a una niña: “¡Que no, que no le voy a comprar dulces porque usted se ha portado muy mal! “ Cali, Colombia, Sur América, en un pequeño pueblo de Connecticut. Dos colombianas: la una con “tetas”… Interesante el trabajo que me cuesta escribir con soltura la palabra: soy de esa generación de mujeres colombianas a las cuales se les enseñó que “ese término” nunca se debería usar para describir una de las características del cuerpo femenino. Pero todo cambia, parece. Todo. Así que esta colombiana sin senos esperó a que la otra joven terminara sus compras para identificarse como coterránea:

—¿De Colombia? —le pregunté.

—¡Ay, sí! ¿Cómo sabe? —Lo dijo contenta de hablar con alguien en su idioma, ¿quién no?

—Pues la oí hablar y le vi la camiseta…

—¿Le gusta? La compré en Queens… Gran sonrisa. Un poco avergonzada.

—Para serle honesta, no —le contesté. Y añadí: ¿y sabe por qué? Porque pienso que el mensaje que lleva no es cierto para todo el mundo. Véame usted a mí: no tengo senos (mirada intensa a mi torso de parte de mi coterránea). Tengo una mastectomía, y pues el paraíso no lo conozco ni lo conoceré, pero yo creo que SIN SENOS, SI UNO ESTA DE BUENAS, SI HAY VIDA… Y después, del “Ay no, señora, cuánto lo siento que usted no”… nos dijimos adiós con sonrisas, y me monté en mi carro.

Hasta podría empezar a vender camisetas, pensé, sonriendo, y cuando regresé a mi casa, lista para irme a nadar, me miré al espejo: Allí me encontré a la mujer con cara muy conocida y con el torso desnudo mostrando dos largas y simétricas cicatrices. Quince años después. Aquí estoy todavía. Gracias a ellas, gracias a la vida.

 

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