En la Plazuela de San Ignacio de Medellín, el testimonio diario de un transeúnte retrata la rutina, silencios y humanidad de Marta, vendedora callejera

 - Así es un día en la vida de Marta, la vendedora informal más conocida en el centro de Medellín
Texto escrito por: Carmelo Antonio Rodríguez Payares

El solo verla llegar, justo a la hora en que salgo a cumplir la jornada diaria, nos ha convertido en una suerte de amigos sin necesidad de pasar por los filtros de la confianza mutua. Son las seis de la mañana y la ciudad apenas comienza a salir del letargo de sus horas de sueño. Esas son las señales que recibo a diario en este sector del centro de Medellín.

Los almacenes permanecen con las puertas cerradas, los buses pasan medio vacíos y sobre las aceras todavía queda la humedad de la noche. No importa que sea lunes o viernes, la rutina es siempre la misma: allá van los trabajadores que caminan deprisa abrazados a sus chaquetas y con el rostro todavía marcado por la almohada. Les escribo desde la Plazuela de San Ignacio. A esa hora, cuando muchos se afanan por buscar el primer café del día, ella ya está allí.

Nadie sabe a qué hora llegó porque los vendedores callejeros tienen esa costumbre de aparecer antes que todos nosotros, como si hubieran hecho un pacto secreto con el amanecer. Cuando los demás llegan, ellos ya están instalados. Cuando los demás se van, ellos todavía recogen sus cosas. Acomoda su mercancía sobre el pequeño espacio que ha escogido como puesto. Lo hace con la precisión de quien ha repetido el mismo ritual cientos, quizá miles de veces. Cada cosa tiene su sitio. Cada objeto debe quedar a la vista. Nada sobra y nada puede perderse.

Después se acomoda el cabello, se arregla la blusa y mira hacia la avenida Oriental, una cuadra más abajo y allí comienza la espera. Responde al nombre de Marta. O al menos así le gusta que la llamen. Tiene un rostro en el que los años parecen haber dejado pequeñas historias alrededor de los ojos. Con el correr de los días me doy cuenta de que es una mujer de pocas palabras. Es quizá por ello que cuando alguien le pregunta cómo está, suele responder lo mismo: —Aquí, trabajando. Dos palabras que parecen sencillas, pero que en su boca contienen una vida entera. Aquí. Trabajando.

Como si estar allí fuera una forma de resistencia. Marta conoce la ciudad por sus sonidos. Sabe cuándo llega el primer bus a este sitio por el ruido de los frenos. Reconoce a los vendedores que anuncian su mercancía desde varias cuadras antes. Sabe cuándo va a llover por el color del cielo y por ese viento que empieza a levantar papeles y bolsas de plástico.

También conoce a la gente. Está el hombre que pasa todas las mañanas y nunca le compra nada, pero siempre le dice buenos días. Ese soy yo. Está la señora que se detiene los martes. Está el anciano que cuenta las monedas dos veces antes de entregárselas. Y están los que no dicen nada. Los que se acercan, compran y desaparecen entre la multitud. Marta los ve a todos. Quizá esa sea una de las cosas que la ciudad ha olvidado: que quienes venden en sus calles también son testigos. Ellos ven pasar la vida desde la primera fila. Con el paso de los días me he dado cuenta de una cosa: Marta también ha cambiado. Antes caminaba más rápido. Antes podía cargar más cosas. Ahora, cuando el día avanza, siente que las piernas pesan. Pero no se queja. O quizá se queja solamente cuando nadie la escucha. Ella no se ofende con los que pasan de largo.

Ha aprendido que vender también consiste en aceptar el rechazo. Hay días buenos y días malos. Días en que la mercancía desaparece rápidamente y días en que parece que nadie tiene dinero. Días de sol y días en que la lluvia obliga a recogerlo todo antes de tiempo. La lluvia es una enemiga conocida. A veces la lluvia dura diez minutos. A veces una hora. Y durante ese tiempo ella permanece debajo de algún techo, abrazada a sus pertenencias, mirando cómo el agua convierte la calle en un espejo.

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Los transeúntes corren. Ella espera. Quizá porque los vendedores callejeros saben algo que los demás olvidamos: que después de la lluvia siempre hay que volver a salir. Cuando escampa, Marta regresa a su puesto. Lo vuelve a ordenar. Y empieza otra vez. Eso es la ciudad: millones de encuentros que duran apenas un instante. Marta está acostumbrada a ellos. Tal vez por eso no le sorprende que nadie conozca realmente su historia.

Tiene una ventaja que ella de pronto no sabe: la gente conoce su puesto. Conoce su voz y sabe lo que vende. Pero no sabe cuántas veces ha llorado. No sabe qué quería ser cuando era niña. No sabe quién fue su primer amor. No sabe qué canción escucha cuando está triste. No sabe cuál ha sido el día más difícil de su vida. La ciudad conoce su trabajo, pero desconoce a la mujer. Y quizá ahí comienza esta historia. Porque detrás de la vendedora hay una mujer que tiene miedo, que se cansa, que recuerda, que sueña y que también espera. Es fácil pasar frente a ella y verla como parte del paisaje. Pero Marta no es paisaje. Marta es una vida.

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Por Nota Ciudadana

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