Un piso de ajedrez, constelaciones en el techo y símbolos centenarios hacen parte de esta casona de la familia del empresario alemán que para muchos es un santo

Portrait of Fidel Cardona Arias in ceremonial Grand Master regalia, holding a gavel, with the title Gran Maestro de la Gran Logia visible in the image text. - Así es la mansión en Bogotá de Leo Kopp, el fundador de Bavaria, que terminó convertida en el templo de los masones

Hay casonas en Bogotá que parecen arrancadas con pinzas de una ciudad europea y puestas, por capricho humano o ley divina, en medio del caos del centro. Contrastan sin ser bruscas. Rompen y, al mismo tiempo, conectan épocas. Casas puente entre los siglos. Han visto desfilar generaciones, una a una, detrás de las ventanas. Sin embargo, conservan el silencio propio de sus fachadas.

La Mansión Kopp pertenece a esa especie arquitectónica que engalana las calles del centro histórico. Palermo, La Merced, Teusaquillo y otros barrios bogotanos que preservan el intento de un puñado de inmigrantes por convertir la aldea paramuna en una metrópoli de corte europeo.

Utopía de esos días en que la capital tenía alrededor de 200.000 habitantes, mayorías conservadoras de ruana, clubes de opio y una generación de artistas —Los Nuevos— que estaba decidida a traer los timbres del pensamiento moderno a la capital.

Bogotá, hoy, no es lo uno ni lo otro. Es una ciudad que cambia de rostro sin cesar, en cualquier curva o esquina de sus 400 kilómetros cuadrados de área urbana.

Courtyard with manicured garden, a white statue fountain, and a tall modern skyscraper under construction in the background. - Así es la mansión en Bogotá de Leo Kopp, el fundador de Bavaria, que terminó convertida en el templo de los masones
La Mansión Kopp, sede de la Gran Logia de Colombia, conserva símbolos de la tradición masónica en pleno centro de Bogotá, donde la historia de sus logias convive con la transformación urbana de la capital.

Carrera Quinta, Calle 17. Afuera de la casona: buses, vendedores, estudiantes, funcionarios, mujeres y hombres que caminan de prisa. Adentro, detrás de una puerta que durante décadas ha permanecido cerrada para la mayoría de los bogotanos, los símbolos, los retratos y la memoria de los masones colombianos.

La casa lleva el apellido de Leo Kopp, alemán que llegó en barco a Colombia, fundó Bavaria y terminó convertido en uno de los grandes empresarios de la Bogotá de finales del siglo XIX. Uno de los inmigrantes más célebres de la historia capitalina.

Su legado va mucho más allá de una fábrica de cerveza -pola la llamaron los obreros cuando elaboraron la marca Policarpa Salavarrieta-. Kopp también dejó una relación profunda con la masonería y, en 1917, una donación de 5.000 pesos oro que ayudó a los masones a pensar en tener una casa propia.

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La paradoja es que la mansión, que hoy lleva su nombre, no nació como templo masónico.

Fue levantada en 1923 para Leopoldo Kopp Castello, hijo de Leo Kopp. Durante años fue la residencia de una familia que pertenecía a la élite de la ciudad. Sus paredes atesoraron primero su vida privada y después le dieron la bienvenida a hombres ilustres: políticos, empresarios, intelectuales, militares y dirigentes que encontraban en las logias un espacio para conversar lejos de los ojos de la vida pública.

La historia de la casa es, por eso, una historia de puertas que se abren y se cierran, como la de la masonería, fraternidad surgida en Europa entre los siglos XVII y XVIII a partir de las antiguas tradiciones de los constructores de catedrales.

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Sus logias se convirtieron en espacios de encuentro donde hombres de distintas procedencias discutían sobre razón, conocimiento, libertad y formación moral, bajo la idea de alcanzar una mayor conciencia individual.

Hoy, la Mansión Kopp es la sede de la Gran Logia de Colombia. Su Gran Maestro, Fidel Cardona Arias, elegido para el período 2025-2027, encabeza una institución fundada el 19 de febrero de 1922 por cinco logias bogotanas. Entre sus antecedentes históricos está Benjamín Herrera, figura del liberalismo colombiano vinculada a la masonería y a la vida pública nacional.

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Antes de los masones, estaba Kopp

Leo Kopp llegó desde Alemania a Colombia en el siglo XIX y encontró un país que apenas comenzaba a entrar en la modernidad industrial. En 1889, fundó Bavaria y convirtió la cerveza en una industria que transformaría la economía y hasta el paisaje de Bogotá.

Kopp tenía otras pasiones. Era masón. Para él, la agrupación no era solamente un ritual de hombres reunidos en secreto. Era una comunidad que hablaba de fraternidad, educación, libertad y filantropía. En 1917, durante una reunión masónica, puso sobre la mesa 5.000 pesos oro para ayudar a construir una sede propia.

La casa, sin embargo, tardaría varios años en convertirse en el lugar que hoy conocemos. Fue construida en 1923 por el arquitecto Alberto Manrique Martín para Leopoldo Kopp y su esposa, Olga Dávila Alzamora. Era una residencia elegante para una familia que había acumulado una fortuna en una Bogotá que empezaba a cambiar su arquitectura y sus costumbres.

Allí se instalaron y su historia se volvió política.

Después de la muerte de Leopoldo Kopp, Olga Dávila se casó en 1953 con Alfonso López Pumarejo, uno de los presidentes fundamentales de la República Liberal. Durante un tiempo, la casa estuvo así relacionada directamente con un expresidente.

Three-generation family posing together on an airplane: a smiling elderly man with glasses, a smiling woman, and a young girl in a dress seated between them. - Así es la mansión en Bogotá de Leo Kopp, el fundador de Bavaria, que terminó convertida en el templo de los masones
Alfonso López Pumarejo impulsó la Revolución en Marcha durante su primera presidencia (1934-1938), con reformas agrarias, educativas y laborales que modernizaron el Estado y ampliaron el papel social del gobierno en Colombia. Además, fue un hombre familiar.

López Pumarejo no era un personaje cualquiera. Había sido mandatario entre 1934 y 1938 y nuevamente entre 1942 y 1945. Su gobierno impulsó reformas que transformaron la relación entre el Estado, la educación, la propiedad y los trabajadores.

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Los hombres que reciben en la puerta

Antes de llegar a los salones, la casa recibe al visitante con dos figuras vestidas como maestros y aprendices masones, armados con espada. En el jardín aparecen otras representaciones simbólicas y las figuras de personajes asociados a la orden, entre ellas las de Galileo Galilei, Jorge Eliécer Gaitán, Tomás Cipriano de Mosquera y Eduardo Santos. Ilustres entre los ilustres.

Es una entrada que funciona como advertencia: aquí la decoración no está puesta solamente para adornar. Cada objeto tiene una historia y una simbología.

Al otro lado, aparece un salón con figuras de los hombres de la Independencia vinculados a la masonería: Francisco de Paula Santander, Antonio Nariño y Simón Bolívar. La escena lleva directamente a los años en que las ideas de la Ilustración viajaron desde Europa hacia América y encontraron eco entre algunos de los hombres que estaban construyendo la nueva República.

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Santander, el hombre de las leyes, tiene su propio salón

El Salón Santander es uno de los espacios que conserva con mayor claridad esa mezcla entre casona europea y memoria política. Lleva el nombre del Gran Maestro de la masonería nacional.

Detrás de esa elección, hay una ironía. Santander y Bolívar, ambos relacionados con la masonería, terminaron enfrentados políticamente y fueron protagonistas de uno de los episodios más dramáticos de los primeros años de la República: la Conspiración Septembrina de 1828.

La masonería los recuerda juntos, aunque la historia de Colombia los haya puesto en bandos distintos.

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Retratos de una sociedad reservada

En el segundo piso, las paredes cambian de lenguaje. Allí, están las fotografías y retratos de hombres que pertenecieron a la masonería colombiana durante más de un siglo. La casa deja de ser entonces la residencia de los Kopp para convertirse en una suerte de álbum de familia de la organización.

Entre esos rostros aparece la política colombiana de distintas épocas: la masonería tuvo entre sus miembros a figuras que ocuparon cargos públicos y participaron en las discusiones que definieron el país.

En una de las paredes, el compás y la escuadra dejan de parecer simples instrumentos de dibujo. El compás, abierto sobre la piedra, habla de los límites que cada hombre debería imponerse a sí mismo, de la medida, de la proporción y de la búsqueda de un equilibrio interior; la escuadra, en cambio, remite a la rectitud, a la conducta que debe mantenerse en la vida.

Two life-size knight statues flank a carved wooden arched door on a beige building, swords sheathed, with steps leading up to the entrance. - Así es la mansión en Bogotá de Leo Kopp, el fundador de Bavaria, que terminó convertida en el templo de los masones
Los dos guardianes de la entrada de la Gran Logia de Colombia, armados con espadas, representan la vigilancia simbólica del umbral masónico, asociado al paso hacia un espacio de conocimiento, disciplina y tradición iniciática.

Alrededor aparecen otros signos: el ojo que todo lo observa, las columnas, la luz, las herramientas del antiguo constructor. Dios. Nada parece puesto al azar. En la masonería, construir una casa y construirse a uno mismo son dos imágenes de una misma tarea.

Frente a esos símbolos, la mansión deja de ser simplemente una vieja residencia bogotana: sus paredes parecen convertirse en el plano de una construcción que no termina en los ladrillos, sino que continúa en los lugares más íntimos de quien los mira.

Un templo donde el techo es el universo

El último espacio cambia por completo la escala de la casa. El gran templo tiene un piso ajedrezado y un techo que representa el universo: constelaciones, signos zodiacales y otros símbolos de la tradición masónica.

Al fondo están el lugar del Gran Maestro, el Sol y la Luna; alrededor, las banderas de las logias que forman parte de la Gran Logia de Colombia.

Allí la arquitectura deja de hablar de los hombres que habitaron la casa y empieza a hablar de aquello que buscan los que hoy la ocupan: conocimiento, estudio, fraternidad y una idea de construcción interior.

La Mansión Kopp fue adquirida por la Gran Logia de Colombia en 1988 y hoy alberga también el Museo Masónico Colombiano, que conserva y divulga documentos, objetos y la memoria de la masonería en el país.

Por eso la casa cuenta su historia de una manera extraña: no con una placa que enumere sus dueños, sino con sus espacios. Una puerta lleva a Kopp; un salón devuelve a Santander; una pared de retratos recuerda a los hombres que pasaron por la masonería y un templo levanta la mirada hacia un cielo pintado en pleno centro de Bogotá.

Afuera, Bogotá bulle y sigue cambiando día a día. Adentro, la memoria política del país permanece a través de sus secretos. Silencio.

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