Así es el adoctrinamiento en tiempos de dictadura democrática

"¡Gracias, presidente excelso, nos encanta tener su legado en las cartillas de los colegios, en los planes de gobierno que más parecen una alabanza a nuestro salvador eterno!"

Por: Alejandro Mojocó Ramirez
marzo 12, 2019
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Así es el adoctrinamiento en tiempos de dictadura democrática
Foto: Leonel Cordero / Las2orillas

Si hay una palabra que las nuevas generaciones de Colombia tendrán presente durante años es "Uribe". Una palabra con significado, ya no un mero apellido; es decir un significante con plena validez como concepto. Yo, por lo menos, ya no puedo escuchar la palabra sin asociarla al centralista democrático, al honorable presidente —que no expresidente— que todavía gobierna Colombia con el arte de la ventriloquía (en sus piernas sienta al que mejor le convenga). Estoy seguro de que hay muy pocos en Colombia que no hagan la inmediata asociación entre la palabra Uribe y la imagen del hombre de caballos que ha gobernado este país por años.

Por ello cada vez que Uribe pronuncia algo, bien sea en los grandes medios o a través del albañal social Twitter, todo el mundo lo lee atento, devoto o crítico, y sus palabras hacen eco durante un largo tiempo en el amplio radio que la sociedad le otorga. Sus verbos se replican, sus palabras se expanden y, siendo él personaje tan influyente, puede que incluso el mismo subpresidente entienda implícito en su público mensaje un mandato que debe obedecer sin dilación.

Hace dos días ese mismo presidente —llamemos desde ahora presidente a Uribe, no hay mejor manera de aceptar la realidad— se indignó al ver, imagino que con un apretón de puños, la imagen de unos niños en una humilde escuela de los Montes de María con un tablero y una frase para él repugnante: “Abrazamos la JEP” (frase a la que, dicho sea de paso, Uribe le cambiaría la z por la s). Fue tal su encono que, supongo que al instante, publicó el ya conocido trino en Twitter que cito exacto:

“Abuso d algunos profesores justifica poner competencia a la educación pública, q estudiantes puedan ir a la privada y el Estado pague el 100% por estudiante de familia d bajos ingresos. Educación sin adoctrinamiento, pagada por el Estado a los d menos ingresos, con competencia”.

Aquellas palabras de los estudiantes y su maestro, dato que de seguro Uribe ignoraba, se dieron en el marco de un Encuentro Regional de Construcción de Paz, algo que, en una zona tan afectada por el conflicto como aquella, más tras un proceso de paz, no puede menos que comprenderse. Como los dictadores, él no está para comprender, solo requiere que el redil asuma su evangelio y reciba la orden bajando la cabeza en silencio. En efecto, no olvidemos el claro ejemplo de esto en la reciente cartilla para quinto de primaria de la antigua y “educativa” Editorial Santillana, en la que se habla del presidente Uribe —así como se habló de él en el Plan Nacional de Desarrollo— como aquel salvador del caos tenebroso en que estaba sumido el país.

Estamos, señoras y señores, ante un hombre de luz. Un hombre que “buscaba la protección de los ciudadanos contra los grupos armados ilegales” y que logró la desmovilización de miles de paramilitares de las AUC. Un hombre que, palabras menos, es un héroe de la historia después de Simón Bolívar. Vaya, en su misma retórica yo diría, ¡qué hombre probo! ¡Gracias, presidente excelso, nos encanta tener su legado en las cartillas de los colegios, en los planes de gobierno que más parecen una alabanza a nuestro salvador eterno! No importa que no hablemos de falsos positivos ni de crímenes de lesa humanidad. No importa que los paramilitares sigan matando líderes. Lo único que importa, al final, es “pelar” a los guerrilleros y evitar el avance del castrochavismo.

Sarcasmo a un lado, ¿acaso no es este el vivo ejemplo del adoctrinamiento? Uribe y su séquito dirán que no porque, en efecto, el único adoctrinamiento —así como tantas otras cosas deplorables— solo ocurre en la izquierda; en la derecha eso se llama verdad histórica, en la derecha eso se llama educar moral y éticamente. Por eso, dicho sea de paso, uno de sus discípulos, Edward Rodríguez, propuso un proyecto de ley para sancionar a los profesores que hablaran de política en las aulas; por eso se nombró director del Centro de Memoria Histórica a un hombre que niega la existencia del conflicto armado. ¡Ay, que le diga eso a uno de esos niños de los Montes de María o del Putumayo! Esa es la verdad que necesitamos, dejemos de lado los conceptos científicos y estudiados, patrañas de la macabra izquierda. La única verdad verdadera es la que no molesta al líder ni se interpone en los planes de la patria, es decir en los planes del partido. ¿No es esto lo que ocurre en todas las dictaduras, sin importar en dónde ocurran ni quién gobierne?

Así que la propuesta del presidente Uribe, qué hombre clarividente, es ponerle competencia a la educación pública pagando el total de la educación en colegios privados para los más pobres. En pocas palabras, acabar con la educación del Estado para entregársela a privados que no hablen de cosas que incomoden, que eduquen a los niños en la senda de la verdad, que no hablen de cosas en las que el jefe no cree. Es esta una propuesta peligrosa, tanto como las palabras de José Félix Lafaurie, uno de los tantos esbirros mercaderes:

“Si sabrán estos imberbes jóvenes que es la JEP y cuál su misión institucional? Sabrán de sus escándalos? Fecode en acción. Disque no adoctrinan niños! Cuando saldremos de la tiranía de Fecode sobre la educación pública que merece mejor suerte como instrumento de ascenso social?”.

Pobre Lafaurie, que aparte de tan trágico nombre sus padres no le dieron la educación necesaria para escribir con suficiencia. ¿Sí sabrá que el sí de afirmación lleva tilde? Supongo que, como a los de su calaña, le da igual, él es un hombre de cabeza… de ganado. Dizque mejor le voy a discar a ver si le enseño ortografía. Aunque capaz que él ya sabe mi número pues su patrón me tiene chuzado.

Vaya ignominia, ramplona ignorancia. ¿Es que acaso los niños no pueden entender la guerra? ¿Es que por ser imberbes no tienen cerebro? ¿O es que las balas que han cruzado los Montes de María les han evitado por tener menos de diez años? ¿En verdad los niños no deben aprender a pensar el mundo sino a ascender socialmente? ¿Es que acaso enseñarle a un niño lo que significa la paz y las razones por las que es necesaria es constreñirlos y adoctrinarlos? Desde luego que sí, pues los niños no tienen que aprender de la paz, lo mejor es que sigan en la ignorancia y que, cuando ya no sean imberbes, puedan ir al monte a dispararle a cualquier objetivo, al que dicte aquel ubérrimo enemigo de la paz. En verdad que no podía esperarse menos de aquel mercachifle oportunista defendiendo la doctrina, esta sí, de su patrón mesiánico y adorado.

Como decía, estos pronunciamientos son peligrosos, pues es la tendencia que, mucho más en los últimos meses, después de aquella posesión presidencial —con ese clima frío, árido y gris, premonitorio— con aquel discurso de Ernesto Macías, verborrea de lisonja al patrón y a su odio, se está estableciendo como pauta para analizar y juzgar el país: aquel juicio que se hace con base en dar nuevas definiciones políticas a nociones que, por ser usadas por los adversarios, son inválidas e incómodas.

Ejemplos hay por montones. Citemos solo algunos: paz es igual a injusticia. Izquierda es igual a terrorismo. Líder social es igual a guerrillero. Estudiante es igual a guerrillero en potencia. Enseñar objetivamente la historia es igual a adoctrinamiento. Hablar de paz es adoctrinar. Criticar es igual a amenazar. Pensar críticamente es igual a ser peligroso. Justicia Especial para la Paz es igual a impunidad. Et caetera et caetera…

Así que, una pregunta sencilla: ¿no es esto lo que han hecho Hitler, Stalin, Mussolini, Castro, Pinochet o Maduro? Si usted dice que no es porque, o bien no ha leído historia, o bien fue adoctrinado, pero esta característica es propia, y quizá una de las más definitivas, de cualquier dictadura. Por eso es peligroso ver cómo poco a poco el nuevo gobierno de Colombia se convierte en una secta de adoración a una idea política, el uribismo, que nunca admite una crítica que no esté aprobada por su líder y por ello todos los que de su séquito son declarados reos no son tales, sino perseguidos políticos. Ese mencionado adoctrinamiento, de hecho, ocurre en las altas esferas del poder desde hace tiempo. Síntoma preocupante, pues cuando todos piensen lo mismo no habrá límites para quienes tienen en sus manos las decisiones del país, que esperarán en sus despachos las irrebatibles órdenes de su jefe sacro, y que no dudarán en usar la distorsión de las leyes y aun la violencia, como históricamente han actuado, para imponer su verdad.

¿Estoy diciendo, pues, que Colombia es una dictadura? Poco a poco se asemeja, se perfila cada vez más claro, una dictadura democrática que se ha camuflado en viciadas elecciones y que, con un breve intervalo de paz raquítica, ya casi abarca las dos primeras décadas de este nuevo y aciago siglo. Una dictadura que, por cierto, si nos fijamos bien en nuestro territorio, no es menos vergonzosa que la de nuestro arrasado vecino.

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