Opinión

Arriba las manos, esto es un atraco

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julio 27, 2014
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En 1999, recién ingresado a la televisión nacional, presenté a don Samuel Duque y a don Bernardo Romero Pereiro, socios en aquel entonces de la productora de televisión, Telecolombia, un proyecto de seriado para poner sobre el tapete el tema de la delincuencia juvenil. Se llamaba Pandillas Guerra y Paz.

Con un presupuesto muy reducido, nos dimos a la tarea de iniciar un casting que no colmó mis expectativas por cuanto la mayoría de actores parecían pandilleros de estrato seis, hablando gomelo, con movimientos delicados y caritas de miradas inofensivas. Salvo Sebastián Calero (Richard), Freddy Ordóñez (Viejo Javi) y John Alex Ortíx (Mateo), los demás no eran creíbles. No se les creía. No metían miedo. Entonces propuse a los directivos de la compañía que me permitieran meter a la nómina actoral a pandilleros de verdad. “Usted está loco”, fue la primera respuesta. Ante mi insistencia, me dijeron: “Se van a robar todo”, “Van a matar al director cuando los regañé”, “Nos van a traer conflictos”. Entonces me fui para Ciudad Bolívar, una extensa y deprimida zona de Bogotá y hablé con el comandante de la Estación de Policía, el coronel Jaime Adolfo Leal y le comenté acerca de mis intenciones. Me dijo que el padre Alirio López, estaba desarrollando una obra de teatro con pandilleros de la zona, dentro del marco de un programa para alejarlos de la delincuencia. El sacerdote se entusiasmó con el proyecto y me presentó a algunos de los muchachos. Al primero que contacté fue a Pecueca. “Hermano me dicen que usted tiene talento para la actuación, ¿le gustaría participar en un seriado de televisión?”. “¿Y qué saco con que me guste si la televisión es una rosca a la que jamás  podrá entrar un pobre?”, me dijo con mirada fría y desafiante. Enseguida recordé las palabras de los directivos de Telecolombia: “Nos van a traer problemas”. Sin embargo, y luego de conocer a otros pandilleros, insistí en el proyecto y me comprometí ante las directivas de la programadora a responder por ellos. “Respondo por todo lo que hagan y dejen de hacer”, les dije. Ellos merecen la oportunidad. Y se las dimos.

Arranqué con seis pandilleros en la nómina estelar (Pecueca, Rasputín, Shampoo, Casi Nadie, Caremuerto y el Chómpiras). El primer día de grabación, los recibieron con temor. Las actrices escondían sus celulares. Recuerdo que las maquilladoras y vestuaristas les recomendaban guardar con celo su dinero y objetos de valor. El director Mario Mitrotti, con mucho profesionalismo, les dio el trato de actores que merecían los demás.  “Muchachos, nunca volverán a tener una oportunidad como esta”. Se refería a la oportunidad de ganar dinero honradamente sin tener que arriesgar sus vidas. La oportunidad de cambiar sus armas de verdad por armas con balas de salva. La oportunidad de trabajar y aprender a la vez sin ser perseguidos por la policía. Y la aprovecharon. Y no solo la aprovecharon. Aportaron realismo a la serie, rating si se quiere, y léxico. Recuerdo que los viernes, al terminar las grabaciones les pedía que enriquecieran los libretos con palabras nuevas y el lunes se me aparecían con las palabras que ya muchos de ustedes conocen y que generaron cierta polémica entre el público: Gochornea, pirobo, percanta, garbimba, gurrupleta, garnufia, mi perro (el mejor amigo), mi ruquita (la mujer), gonococo y cientos de palabras más, que con entusiasmo introduje en los diálogos, como un homenaje a esa Bogotá olvidaba que ignoraba la aparición de un lenguaje alterno, una jerga rebelde que en determinado momento pudiera enriquecer nuestro mismo idioma. Pues la serie se convirtió, durante sus tres primeros años, mientras permaneció en el horario de los domingos a las ocho y media de la noche, en el programa más visto de la televisión colombiana.  Éxito total y los pandilleros ahora convertidos en actores, demostrando un comportamiento de lujo, dentro y fuera de las grabaciones. Se convirtieron en referentes de sus comunidades. De hecho uno de ellos terminó siendo edil, elegido popularmente, en su localidad de Ciudad Bolívar.

Durante los más de seis años que duró la serie en producción, más de 30 pandilleros de distintas ciudades del país desfilaron por el elenco de Pandillas Guerra y Paz y jamás hubo un robo. Jamás hubo un reclamo acalorado de parte de alguno de ellos. Siempre fueron obedientes, respetuosos. Solo necesitaban de una oportunidad para demostrarle al mundo que su vida delincuencial no era más que un accidente propiciado por la embestida de un estado fantasma.

Un día, se me ocurrió que dentro de la trama podríamos tratar el tema de la resolución de conflictos entre pandillas y la gente creyó que esto estaba pasando en la vida real. Entonces empezaron a llegar, a la programadora, muchas cartas desde distintas ciudades, en las que sus habitantes nos invitaban a solucionar las guerras de pandillas en esos lugares. Con el patrocinio de la OIM (Organización Internacional para las Migraciones) y el beneplácito de la productora, empezamos la labor. Viajamos a nueve ciudades, entre ellas Popayán, Manizales, Villavicencio y Girardot. A cada una de esas ciudades llevé un pandillero de la serie. De los reales. Y allí entre salones comunales repletos de odio, donde confluían pandillas en conflicto, Pecueca, Rasputín, José Vaquero y los demás, entregaron su testimonio de vida: “Sálganse de esa chimbada parceros. La vida es más que robar y matar. Piensen en las cuchas que sufren por lo que hacemos. Desen (sic) una oportunidad, demuéstrenle al mundo que no somos escoria humana. No sigan en la mala, no paga vivir escondidos de la liebre”. Palabras más, palabras menos, los muchachos de la serie llevaron un mensaje de esperanza a miles de delincuentes juveniles en toda Colombia. Hicimos nueve desarmes con el concurso de las alcaldías de esas ciudades, a quienes convencimos de abrir programas de microempresas para ellos. “Las armas son las herramientas con las que consiguen el sustento, alcalde, cambiémoselas por otro tipo de herramientas”. Y los alcaldes entendieron el mensaje. Recogimos más de 4.800 armas en dos años. Armas que el padre Alirio López hizo fundir para convertirlas en palomas metálicas.

Aunque la repiten todos los años, Pandillas Guerra y Paz terminó de producirse en 2006. En 2009 se hizo una segunda temporada que no tuvo la misma acogida.

Imagino que por falta de seguimiento al programa de resocialización de pandilleros, muchos de ellos volvieron a la delincuencia. Los que trabajaron en la serie ahora hacen obras de teatro y se presentan en colegios. Jamás volvieron a sus andanzas. Solo necesitaban una oportunidad, y la tuvieron y la aprovecharon. Uno de ellos me contó, y esta es una anécdota macondiana, que un día, después de tocar puertas en varios canales de tv, sin fortuna alguna y llevado por el desespero (tenía un hijo de brazos con hambre) intentó a atracar a una persona. La esperó con paciencia hasta que la eligió por su fragilidad. Entonces sacó su puñal y empezó a aproximarse con sigilo. Cuando estaba a pocos metros de la víctima, esta lo reconoció. Le dijo con entusiasmo “fulanito, usted es el que trabaja en Pandillas Guerra y Paz, venga regáleme un autógrafo”. Entonces el susodicho no tuvo otro remedio que dejar el puñal en su lugar, sacar un bolígrafo y firmarle el autógrafo. Luego vio cómo la víctima sacaba un celular de su bolsillo, el celular tras del que él iba, y se tomó una selfie con el pandillero.

No todos son conocidos. De modo que si algún día la mala suerte lo lleva a encontrarse con uno de ellos, en una calle oscura, entréguele lo que lleva y trate de sobrevivir (nada vale más que la vida). Ah y no lo culpe a él, culpe al Estado ladrón por no haberle brindado a tiempo una buena educación, una buena cultura y una real oportunidad de empleo para ganarse la vida.  Esa es la comprensión del delito que nos hace falta para lograr una reconciliación real. Un perdón sincero.

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