Opinión

Arrechera para resistir

Por:
septiembre 24, 2013
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La arrechera en Santander es valentía o coraje. En la Costa Pacífica y otras regiones de Colombia, se refiere al deseo sexual. Mucha gente cree que  la primera es motivo de orgullo y la otra, más bien vergonzosa. A la población afro, por ejemplo, se le atribuye una gran dosis de arrechera sexual y muy poca de arrechera o capacidad de lucha.

Como cualquier estereotipo, el argumento de la arrechera ha servido, desde la época de la esclavitud y aún hoy día, para justificar muchas agresiones sexuales a mujeres e incluso a hombres negros.

También ha venido constituyéndose en un mecanismo de legitimación cultural de un saber que tendrían los y las afrodescendientes y la demás población no: En los pueblos y ciudades vamos a buscar las bebidas y comidas afrodisíacas como el arrechón, el tumbacatre, el parahoja, los mariscos y otras pócimas, intentando mejorar la vida sexual de la población descolorida o mejor de la des-calentada.

Hasta hace muy poco, me debatí entre rebatir este estereotipo o apoyarlo, cuando cada año el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez reúne miles de personas alrededor de ritmos que despiertan una energía capaz de levantar muertos.

Sin embargo, en el último encuentro con mujeres negras que tuve, justo en la semana del Petronio, me hice a otra idea: Es justamente la arrechera sexual lo que hace arrechas, corajudas y valientes, a las mujeres negras.

En esta sociedad racista, las luchas por la igualdad y el reconocimiento que ha dado la población afro, han logrado que, al menos en principio, se vayan construyendo ideas más cercanas al respeto por el gran aporte y riqueza que constituye su presencia en el mundo y en nuestro país.

Pero el terreno ganado tampoco es mucho: el racismo sigue campeando, explícito y también disfrazado, en ámbitos varios como el laboral, el político y el económico.

A veces, directa o indirectamente, se menosprecia las capacidades de las personas negras, prefiriendo para los cargos de decisión, para los cargos de representación o para lugares de figuración, personas homogéneas, a las que no “se les note” que venimos de un origen triétnico, que África y Amerindia aportaron su genes forzosamente a nuestra estirpe.

Por eso, entender algunas maneras como las mujeres afro, que han sido discriminadas doble o triplemente, han logrado resistir, defender su dignidad, su alegría, su fe en el futuro, me parece que aporta claves a un país que necesita también reconstruirse de los escombros éticos y físicos de siglos de exclusiones, malos gobiernos, corrupciones, etc.

Debo recordar  que hoy miles de mujeres afro se cuentan entre las desplazadas forzosamente de sus territorios, que otras viven emplazadas, pues los actores del conflicto armado y los intereses capitalistas las han rodeado y dejado aisladas de otras comunidades, que algunas más viven en la marginalidad, o en duelos enormes, presenciando cómo sus territorios se vuelven campos de horribles manifestaciones de poder de grupos armados en los que incluso muchos de sus hijos participan como víctimas-victimarios de una guerra que no entienden, porque inventaron otros.

En Buenaventura se encuentran todos estos casos. Muchas llegaron sobrevivientes de masacres en todo el Pacífico colombiano, otras, dentro del propio puerto, han sido desplazadas urbanas una y otra vez, muchas han perdido a sus familiares involucrados en los bandos y muchas más solo han sido víctimas por vivir en territorios ricos o destinados a producir riquezas para otros. Han sido víctimas y testigas de cientos de feminicidios que quedan en el silencio y la impunidad, pues los horrores de la guerra hacen ver como secundario el horror del exterminio de “unas cuantas mujeres”.

Y en medio de todo esto, siguen construyendo liderazgos, siguen agrupándose, tejiendo redes de afecto, de solidaridad, lloran, bailan y ríen.

Pero atención: Aquí viene a mi juicio, el dato más clave de su resistencia. Siguen teniendo cuerpos deseantes, siguen queriendo gozar del contacto íntimo, ese que por unos minutos permite que tanta tragedia quede suspendida y nos elevemos por encima de las circunstancias para dejarnos llevar por el goce pleno.

En un encuentro reciente, como dije, nos dedicamos a hablar y hacer prácticas de autocuidado y aunque en principio muchas lloraron sus múltiples penas de guerra, desamor y pobreza, a medida que danzábamos, meditábamos y nos relajábamos, surgió el tema: hacer el amor es una pŕactica de autocuidado, de resistencia. Es sorprendente, pues la guerra y la discriminación lo primero que hacen es instalar en los cuerpos las “pasiones tristes”, esas que le quitan la alegría de vivir a cualquiera. Pero ojo: No a cualquiera. Incluso en los campos de exterminio nazi, en las peores condiciones en las que se podía someter a un ser humano, había quienes se enamoraban, hacían el amor, jugaban, reían, se cuidaban entre sí.

Así que las mujeres en Buenaventura, en medio del desmadre de la región y el país, siguen apostando por verse bellas, coquetas, seductoras, siguen demandando a los hombres que se dediquen a gozar y no a matar o a morir.

Esta es una lección importante para tantas mujeres y hombres que nos distanciamos del placer y del sexo por el estrés, por la adicción al trabajo o por cualquier pena o preocupación menor.

Yo en estas maestras veo a Ochún, la diosa (Oritxa) Yoruba de la sensualidad. Veo un poder y una revolución de una potencia gigante para nuestro país. Y a Ochún le pido: Que los agresores no logren matar esa chispa de deseo y de placer instalado en los cuerpos de las mujeres negras. Que Colombia entera se deje seducir por Ochún y logremos reemplazar nuestra capacidad de destrucción por nuestra capacidad para el goce. Los cinco días del Festival  Petronio Álvarez demuestran que sí es posible.

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