Aquellas hojas viejas (Cuento)

Hace casi treinta años, poco más o menos, me acompañan unos objetos inutilizados no sé por qué razón. Muchos de esos siempre han sido parte fundamental de mi vida

Por: Kumanday
agosto 12, 2022
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Aquellas hojas viejas (Cuento)
Foto: Canva

Los objetos cobran valor cuando de ellos se logra sacar algún beneficio. Nadie produce mercancía porque sí. Producirla indica que hay alguien decidido a adquirirla por un coste, y ello es lo que ayuda a sostener la teoría de oferta y demanda.

Quiero aclarar que no es mi deseo explicar dicha teoría, al fin y al cabo, todos la comprendemos por la diaria práctica, no es necesaria una teoría del valor para que, una persona, con apenas unos grados de colegio, la pudiese comprender. Se vende, se compra, el metal o el plástico se utilizan de manera habitual, y ello no necesita de las teorías, pues, a la gente del común lo único que le interesa es satisfacer sus necesidades básicas o suntuarias.

Hace casi treinta años, poco más o menos, me acompañan unos objetos inutilizados no sé por qué razón. Muchos de esos objetos siempre han sido parte fundamental de mi vida, producto de mis labores cotidianas, es una herramienta que siempre me acompañó para facilitar mis tareas, siempre agradecido por su existencia, trato de comprender a aquel que le dio existencia, un ser de una grandeza suprema, porque su creación eternizó la memoria de los pueblos.

No sé cuál extraña razón me ha llevado a ir de un lado a otro con este objeto. Cuando lo compré, tenía una razón para hacerlo, como cualquier fulanito lo tiene, darle el uso apropiado, así como muchos y diversos objetos han pasado por mis manos siendo usados en el momento específico, estrenándolos, gastándolos hasta el último momento de su agotamiento, de su caducidad. Parte de él o todo de él, para la nota, la suma, el número telefónico, para la urgencia, en todo caso, tan funcional y servicial que es imposible no contar con él.

Tal vez han sabido adivinar de que tipo de producto hago alusión. Unas hojas de block tamaño oficio que nunca gasto, que van de un lado a otro, que se van amarillando a medida que mi piel se va acartonando, no sé por qué no las uso, a veces, en medio de la necesidad, cualquier papel cae en mis manos, y entonces, ellas se salvan de la tinta. No sé si mis hojas, ayer blancas y suaves, desean envejecer conmigo. Me acuerdo cuando las adquirí. Me encontraba estudiando en la “Charlot” artes escénicas. Tenía una maestra de historia del teatro, la señora Marcela Benjumea. Me acuerdo con cariño de Ramsés Ramos y Liubva Polekina, otros maestros de gran calado en la recordada Academia ubicada en la Calle 74 con 11 de la capital colombiana.

La maestra Marcela nos puso a escribir un pequeño libreto, era un ejercicio de concientización sobre el valor del dramaturgo y su arte. Yo tenía que vivir mi cuarto de hora para mostrar mis mejores letras. Tengo que aceptarlo, no eran mi futuro estas bellas letras. Escribí una pequeña obra que, seguramente a Shakespeare, a Ibsen o a Brecht les hubiera causado vergüenza ajena. La historia tal vez esté, aún por ahí escondida en medio del interior oscuro de una carpeta. No importa, es solo parte de esa indolencia literaria que sentía orgullosamente muy mía a pesar de su incorregible calidad.

Fue en esas lejanas calendas, allá en 1994, cuando tratando de descubrir mi vocación, entendí que el teatro no era mi fuerte, aunque me llamaba mucho la atención la historia de la literatura. Bebí la obra de Moliere, entendiendo que podía disfrutar El Médico a Palos, El Enfermo Imaginario, El Avaro o El señor de Pourceaugnac sentado en un sofá y no destruyendo sus personajes en caso de tener que encarnarlos. Luego me di cuenta de que hacía bien, que había sido sensata mi decisión.

Varios de mis compañeros tuvieron fugaces pasos por la pantalla chica, producto de su mala calidad para la actuación, yo no era el único, la única diferencia es que yo lo reconocí, ellos se gozaron con el autoengaño y se llegaron a creer la mentira. Me acuerdo de la bella Flor, la chica que me gustaba, y era tal vez, de los pocos buenos prospectos en la actuación. Tampoco para ella fue, no era suficiente con tener calidad, incluso los malos tenían mayor chance, cosas del gremio.

Charlot en aquellas fechas, pugnando con el maestro Paco Barrero, alma bendita, se olvidó de la calidad que debía imprimir sobre el actor, quedó, siento yo, como una escuela más de malos actores. Lejos había quedado la grandeza del Teatro Popular Caracol dirigido nada menos que por don Fernando Botero, de quien conservo memoria grata cuando en la televisión colombiana, mostraban al público, mucho más culto que el de hoy, buen teatro. Aún tengo en mi biblioteca El Arte de Actuar, la cartilla de estudio de la Academia, al lado del magnífico Un Actor se Prepara de Konstantin Stanislavsky.

En todo caso, en aquellas hojas, en algunas de ellas, se murió mi sueño dramatúrgico; otras tantas recibieron las letras de las canciones de un trabajo musical de José Luis Perales, titulado “La Espera” … todas las letras andan por ahí con ganas de interpretarse en mi voz… “Pensaba que en cualquier momento ella llegaría consultaba su reloj y sonreía se fue borrando lentamente el sol en el sendero y se durmió pensando en ella, junto al fuego”, “dicen que el frío es una hoguera, donde van a quemarse las palabras; dicen que la pradera es un pañuelo de seda perfumada, dicen que el rico es un mendigo, dicen que la riqueza está en el alma y que sus manos no son manos, que son palomas blancas…”

Once letras llenas de verdadera poesía, como suele suceder con la gran inspiración del maestro de Cuenca,  sumadas a ellas la pésima escena de teatro que escribí,  fueron las únicas hojas marcadas con tinta, el resto de las que ayer fueran blancas hojas han venido pacientemente guardadas en también viejas carpetas, caminando por polvorientos senderos, que, apenas, muy de vez en cuando, se retrotraen a  la mirada para observar pisadas a medio borrar por el viento, el agua y las hojas que, cayendo de los árboles, borronean la memoria del camino andado por los segundos, minutos, días, meses, años…décadas.

Tengo que confesarlo, apenas hace algunos días utilicé una o dos hojas de ese muy amarillento block. Sentí esa necesidad, era como darle la oportunidad de cumplir con su función. He decidido dejarlas envejecer aún más conmigo, no sé si las vuelva a utilizar, son parte de mi vida, están ahí, acompañándome, sin una sola nota que me recuerde algún dato. Las tengo tiradas en mi biblioteca llena de libros vivos, tal vez, el único beneficio que puedo sacar de ellas, seamos justos, es la de ofrecerme un mensaje simple y directo, “no eres el único en envejecer.”

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