Opinión

Aporofobia, el odio a los pobres

La palabra no existía, pero el sentimiento dolorosamente es milenario y universal, aunque nadie reconozca el miedo, aversión u hostilidad hacia quienes “no parecen tener nada que ofrecernos”

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enero 02, 2019
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Aporofobia, el odio a los pobres
Aporofobia, un término que es obligado utilizar en nuestro país, atravesado por inaceptables desigualdades sociales y un sinnúmero de manifestaciones culturales racistas y excluyentes

Así como nadie reconoce que es de derecha, neoliberal, homofóbico o misógino, de igual manera nadie reconoce su aversión, miedo, repugnancia u hostilidad hacia los pobres. Una realidad, un hecho, un sentimiento que existe y que solo hasta ahora le han encontrado una manera de nombrarlo.

Aporofobia es el nombre escogido para designar tan extendió mal. En noviembre del año pasado, la Real Academia de la Lengua lo reconoció e incorporó al listado de palabras de uso. Fue declarada la palabra del año 2017 por la Fundación Español Urgente y la agencia EFE.

La palabra no existía, pero el sentimiento es milenario, dolorosamente. Su práctica ha sido, en el fondo, el motivo recóndito de numerosas y devastadoras guerras de exterminio contra la humanidad.

La palabra y el concepto fueron construidos por Adela Cortina, una destacada filósofa española, para quien  “la aporofobia es una patología social que existe en todo el mundo y lo primero que hay que hacer es "reconocerlo, saber que está y que nos pasa, e inmediatamente tratar de desactivar ese fenómeno absolutamente corrosivo". “Bajo muchas de las actitudes racistas y xenófobas que vemos cada día a nuestro alrededor, late una fobia distinta: la que nos producen los pobres, aquellos que en esta sociedad del intercambio, del dar y recibir, no parecen tener nada que ofrecernos”. “Este término tendría que estar en todos los diccionarios del mundo, porque es una tendencia universal".

La existencia de esa "lacra sin nombre" llevó a la catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, a buscar en los diccionarios de griego hasta encontrar el término "áporos" ('pobre', 'sin recursos') y construir, a partir de él, el neologismo "aporofobia".

El nuevo término acuñado por Adela Cortina revela una realidad social innegable y cotidiana como es el miedo, el rechazo o la aversión a los pobres. Un sentimiento universalmente extendido.

Un término que es obligado utilizar en nuestro país, atravesado por inaceptables desigualdades sociales y un sinnúmero de manifestaciones culturales racistas y excluyentes. El miedo, repugnancia u hostilidad ante los pobres es propio de quienes en Colombia se llaman a sí mismos gente de bien, gente decente, gente linda, gente de clase y con clase ala, en un esfuerzo pueril y arribista por diferenciarse de los levantados, los igualados, la chusma, la  guacherna, los don nadie, los perico de los palotes, gente humilde, los aparecidos,  la gente sencilla, los "desechables"  y tantos otros términos con los cuales procuran tomar distancia de esos otros, cuya condición de pobres les irrita, molesta y en no pocos caso provocan odio.

 

La repugnancia u hostilidad ante los pobres es propio de quienes en Colombia
se llaman a sí mismos gente de bien, gente decente, gente linda,
en un esfuerzo pueril y arribista por diferenciarse de los levantados, los igualados, la chusma

 

La discriminación contra a los pobres varia de país a país, paradójicamente entre más pobres sea el país, entre mayor sea su pobreza material y humana, mayor fastidio hacia los pobres.

La aporofobia es un sentimiento que se disimula, se encubre. En cambio se pregona a los cuatro vientos la “Aporofilia”, el amor a los pobres. Políticos en campaña y reinas de bellezas son los más experimentados en este arte de la simulación.

En nombre de los pobres, siempre buscando su redención, han surgido toda suerte de populismo, socialismos variopintos, autoritarismos, fascismos, que ofrecen falansterios de riqueza, abundancia y prosperidad, “islas afortunadas, países de cucaña, océano de mermelada sagrada, una eternidad de aburrición. Metas afortunadamente inalcanzables, paraísos afortunadamente inexistentes”. (Estanislao Zuleta)

Los pobres y la pobreza siempre han sido fuente de enriquecimiento de todo tipo.  De ella viven y han vivido muchos y nada que se acaba. Se reproduce si cesar ante la mirada impávida de quienes la usufrutúan.

La pobreza es una fuente de inversión y de utilidades. Miles de millones de dólares de invierten en su nombre. La mayoría de préstamos de crédito internacional mundial se contratan para combatir la pobreza. El Banco Mundial está a su servicio, pero la verdad sea dicha sus resultados son también pobres.

Según la entidad encargada de contarlos y seguirles los pasos a los pobres, casi la mitad de la población humana, o más de 3000 millones de personas, viven con solo 2,5 dólares o menos al día. Más de 1300 millones sufren pobreza extrema, es decir, viven con 1,25 dólares al día.

Unos 1000 millones de niños en todo el mundo son pobres. Conforme a datos de Unicef, 22 000 niños mueren cada día a causa de la pobreza. En todo el mundo hay 805 millones de personas que pasan hambre. Más de 750 millones de personas no tienen garantizado el acceso a agua dulce. La diarrea a causa de la falta de agua y las malas condiciones sanitarias e higiénicas matan a 842 000 personas al año, o aproximadamente 2300 personas al día. El 80 % de la población mundial vive con menos de 10 dólares al día.

Las ciencias han dedicado ingentes esfuerzos tratando de explicar la existencia de los pobres: sociología de la pobreza, psicología del pobre, economía de la pobreza. Esta ultima los ha contabilizado, medido sus ingresos, determinado cuanto es el mínimo vital para que los pobres nazcan, se reproduzcan y mueran, como se decía que ocurría con todo los seres vivos en la vieja clase de ciencias naturales.

Si en el país se incluyera la aporofobia como delito contra la integridad de las personas, como ya ocurre en España, se armaría un  pandemonio  judicial al intentar juzgar y condenar a quienes de manera deliberada o inconsciente cometen a diario este delito, sin tocarse ni mancharse. Una práctica deleznable que existe con mayor fuerza, así se niegue o no se reconozca, desde que la cultura de intolerancia, el racismo y la exclusión anida en el ánimo de la mayoría de los colombianos.

Publicada originalmente el 31 de enero de 2018

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