Opinión

Antonio Caballero, mi vecino

La amistad iniciada en la sala de redacción de Cambio 16 la selló el que nos convirtiéramos en vecinos. Su muerte es para mí una catástrofe irremediable

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septiembre 14, 2021
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Antonio Caballero, mi vecino
La última vez que vi a Antonio fue en su apartamento de Bogotá poco antes de la pandemia y cuando ya estaba tocado por la enfermedad que le llevaría a la tumba

Yo supe de la existencia de Antonio Caballero mucho antes de que efectivamente lo conociera y me atrevo a decir que mucho antes de que llegara a ser el extraordinario personaje cuya muerte ha llenado de luto una vez más a esta Colombia nuestra eternamente enlutada. La primera noticia de su existencia me la dieron esas viñetas suyas publicadas en el suplemento cultural del diario El Tiempo y protagonizadas por una chica vestida de negro que hacía y decía cosas tan disparatas que antes que a reír invitaban a pensar. Anticipo muy logrado, tanto visual como conceptualmente, de la que sería su larga y fecunda carrera de ácido humorista gráfico. Las viñetas me sorprendieron pero el apellido no, porque ya estaba suficientemente familiarizado con el clan de los Caballero tanto por las novelas de su padre, Eduardo, como por las columnas incisivas de Klim, su tío Lucas de quien heredó más que el mero aspecto.  Nuestro primer encuentro ocurrió sin embargo años después, en el restaurante El Refugio Alpino, situado entonces en la calle 23, donde el editor tolimense Pedro Rivera nos invitó a almorzar a Antonio, a Fernando Cepeda Ulloa y a mí para proponernos un sugerente proyecto editorial. La edición de un anuario que condensara lo más importante del año político y en el que Cepeda Ulloa se encargaría del Partido Liberal, Caballero de la izquierda y yo del Partido Conservador. El proyecto nos sedujo a los tres y lo aprobamos sin reparos, ignorantes de que Rivera era uno más de aquellos jóvenes que en años 70 del siglo pasado se embarcaron en la empresa de crear editoriales en un país que prácticamente carecía de ellas, con más entusiasmo que recursos. La grandiosa idea se quedó en el aire, como tantas otras.

Nuestro segundo encuentro ocurrió cuando después del naufragio de la revista socialista  El Manifiesto de la que fui director me llevó a acercarme a la revista Alternativa con el deseo de escribir en ella. Entonces le vi unas cuantas veces sin que esos encuentros fueran duraderos e intensos. Pero dejaron huella, porque cuando al cabo de unos años recalé en Madrid y busqué su ayuda Antonio me ofreció la posibilidad de escribir reseñas de libros en la revista Cambio 16, en la que su director, Juan Tomás Salas, venia de nombrarlo redactor jefe de la sección de cultura. “Te agradezco la oferta”, le dije, “pero prefiero escribir sobre arte”. “¿Sobre arte? Pero si usted no sabe nada de arte” me replicó sin alzar la voz. Yo me quedé callado, intentando refrendar con el silencio mi decisión, que él, dando muestra de esa generosidad que solía permanecer oculta tras su impavidez, terminó aceptando. Gracias a él me convertí entonces en el crítico de arte que todavía soy, ofreciendo además la posibilidad de hacerme a una cultura artística capaz de rivalizar con la suya y de nutrirme de argumentos con los cuales replicar su desdén por las performances y las instalaciones. Desdén alimentado por el ejemplo de su hermano Luis, que después de deslumbrar a Marta Traba con las impactantes instalaciones presentadas en la bienal de Coltejer de Medellín, abandonó radicalmente el camino de la innovación artística y se convirtió en el formidable pintor y dibujante neobarroco que hoy tantos admiran.

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­­“Te agradezco la oferta”, le dije, “pero prefiero escribir sobre arte”. “¿Sobre arte? Pero si usted no sabe nada de arte” me replicó sin alzar la voz

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La amistad iniciada en la sala de redacción de Cambio 16 la selló el hecho de que nos convirtiéramos en vecinos. Él se había comprado una buhardilla en la calle San Cosme y San Damián y yo alquilé, junto con Sara Rosemberg, un apartamento en la calle Duque de Rivas, ambas lo suficientemente cerca como para que convirtiéramos a la Cervecería Alemana en la plaza de Santa Ana en nuestro punto de encuentro. Antonio solía llegar sobre las 12 de la mañana, con un ejemplar de The Guardian o de Le Monde bajo el brazo, tomaba café hasta la hora del aperitivo, cuando lo cambiaba por un vino antes de marcharse a comer. Ese era su despacho y fue en la misma mesa situada junto a la ventana, que le reservaban los camareros que le conocían por su nombre de pila, donde mantuvimos durante años diálogos sobre lo divino y ante todo sobre lo humano. Que tanto para él como para mí, exiliados con o sin derecho al exilio, se confundía con la historia de Colombia y los inescrutables vericuetos de su vida política. También hablamos de literatura: coincidimos en nuestra admiración por el Tolstoi de Guerra y Paz, por Le voyage a bout de la nuit de Celine, por Octavio Paz y  Borges y  por Fernando Vallejo, aunque discrepamos a propósito de Jardiel Poncela, de Óscar Collazos y de William Ospina, que él encontraba ampuloso. La última coincidencia nos la ofreció Soldados de Salamina, la novela que Javier Cercas que puso fin simbólicamente a una guerra civil como la española con heridas que aún seguían abiertas.

La última vez que vi a Antonio fue en su apartamento de Bogotá poco antes de la pandemia y cuando ya estaba tocado por la enfermedad que le llevaría a la tumba. De nuestro diálogo crepuscular solo recuerdo mi reivindicación de Manuel Pacho, el estremecedor relato escrito por su padre, y el hecho de que a la salida me cruzara con la editora de su urticante historia de Colombia y sus oligarquías desalmadas, su último libro.  Su muerte es para mí una catástrofe irremediable.

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