Colombia no puede seguir atrapada en el mismo limbo de corrupción, violencia y exclusión que ha marcado buena parte de su historia. Si queremos construir un país capaz de enfrentar los desafíos de un siglo turbulento, atravesado por guerras, crisis ambientales y profundas transformaciones económicas, es indispensable que las ciudadanías en sus diversas expresiones participemos en un diálogo público serio sobre las alternativas que hoy están en juego.
Las decisiones que se tomarán en los próximos meses no son menores. Elegir presidente no consiste únicamente en optar por un nombre o una simpatía política. Implica decidir entre distintas rutas de país. Por ello resulta fundamental que los proyectos que aspiran a gobernar expongan con claridad sus diagnósticos y sus propuestas. Solo así la ciudadanía podrá discernir qué tipo de horizonte político se propone para Colombia.
Ese debate debería permitirnos comprender, por ejemplo, cuáles son las prioridades que cada proyecto plantea frente a cuestiones decisivas: la inclusión territorial, el futuro del campo y de las ciudades, las estrategias de fomento productivo, y la orientación de reformas sociales en ámbitos como la salud, la educación, la seguridad y la construcción de paz.
Vivimos, además, en un periodo marcado por grandes incertidumbres. Colombia enfrenta vulnerabilidades sociopolíticas profundas que obligan a pensar con responsabilidad el rumbo del país. Tomar decisiones electorales informadas supone discutir qué garantías básicas necesitamos como sociedad para afrontar los retos contemporáneos.
¿De qué desafíos estamos hablando?
La lista es amplia y compleja. Entre ellos se encuentran la transición energética y la crisis climática, la reconversión del modelo productivo, el enfrentamiento al narcotráfico y a las economías ilícitas que lo rodean, la persistente inequidad territorial, el fortalecimiento de la institucionalidad democrática, así como la necesaria transformación de nuestras estructuras rurales y urbanas. A ello se suman desafíos estratégicos como el desarrollo de una agenda sólida de educación, ciencia y tecnología que permita al país proyectarse en el mundo.
Estos temas pueden parecer debates estratégicos o incluso abstractos, pero en realidad se conectan con preguntas profundamente cotidianas que atraviesan la vida de millones de personas:
¿De qué vamos a vivir en Colombia en las próximas décadas?
¿Cómo vamos a proteger nuestros territorios y sus ecosistemas? ¿Cómo superamos las violencias que siguen marcando la vida social? ¿Cómo garantizamos servicios básicos y oportunidades reales para una vida digna? ¿Cómo reducimos las brechas entre el campo y la ciudad? ¿Cómo aseguramos la salud, el cuidado del tejido de vida y la soberanía alimentaria? ¿De qué manera podemos construir una convivencia democrática que reconozca las diferencias que habitan nuestra sociedad?
Responder estas preguntas no es tarea de un solo gobierno ni de una sola corriente política. Pero sí exige que las campañas presidenciales presenten con claridad sus diagnósticos, sus prioridades y sus caminos de acción. En este momento decisivo para el país, la ciudadanía necesita algo más que eslóganes y consignas. Necesita debates públicos que permitan comprender las implicaciones de cada proyecto político y evaluar con criterio las rutas que se proponen.
Elegir presidente debería ser, ante todo, un ejercicio de deliberación democrática sobre el futuro de Colombia. Para que esa deliberación sea posible, el país necesita menos ruido electoral de manipulación emocional y más conversación pública sobre el rumbo que queremos construir.
Anuncios.


