¿Al borde de la guerra atómica?

"Mientras llega, nuevamente, la mortífera invención de Einstein, que solo dejará vivas a las cucarachas, celebremos felizmente el año viejo"

Por: Jorge Muñoz Fernández
diciembre 15, 2017
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¿Al borde de la guerra atómica?

Amplias capas de la población mundial se comunican mediante equipos tecnológicos virtuales de una manera expansiva impresionante, los formatos cada seis meses proliferan como inusitadas mallas que capturan el mundo.

La comunicación con el otro comporta sentimientos familiares, amistosos o de simple relación que hacen del  escenario virtual un entramado de alquimia que genera dependencia emocional. Zombis.

Pareciera que la utopía de la comunicación global se ha realizado y el mercado, que nunca antes lo había conseguido, con el poder de la tecnología y la ciencia, domina el mundo. Una sensación lúdica hiperreal ha hecho del sujeto una entidad agregada a la pantalla chica.

La crisis de la modernidad ha puesto de manifiesto que la concepción centrada en la trascendencia del individuo y el ejercicio de la ciudadanía han muerto y que la ciencia y la utopía han sido suplantadas por el reencantamiento feliz de la creación virtual, que a la manera de pilares epistémicos sostiene el andamiaje desvencijado de nuestra crisis cultural.

Se trata de una racionalidad sobredimensionada que rompió con la lógica pensante que administraba y conducía nuestras vidas y se introdujo en los repliegues más íntimos de la conciencia.

Tiempos en que no solamente han abdicado los últimos reyes sino la misma humanidad, para conseguir  la más idónea comunicación cosmopolita.

El modo de producción de la vida, con rostro humano interpersonal, fue sustituido por la imagen analógica en la cual descansa el fundamento de la producción material e intelectual.

Destronada la modernidad, espacio donde preocupaba el vértigo  las guerras termonucleares, una guerra mundial era remota, mientras que en nuestra posmodernidad el fin de la biología sobre la tierra es una realidad irrefutable, sin embargo, no produce desmayo.

El mundo, en manos de psicópatas capaces de provocar un incidente nuclear, es un escenario de carácter irrefutable, pero, como en la época en la que llegaron los rusos,  no causará alarma colectiva ni cuando suenen las sirenas de los bomberos en todas las ciudades del planeta.

Nos comportamos como terrícolas que viajamos en calidad de pasajeros a la disolución de las viejas fronteras de la seguridad y pensamos que estamos por fuera de los dispositivos exterminadores. No sentimos pánico.

La sensación de sabernos juntos ha desaparecido, no existe solidaridad orgánica, ni filantrópica ni mucho menos compasiva, un total desvanecimiento de los valores morales ha pulverizado los criterios éticos y estéticos, la naturaleza tiene valor efímero, hay una radical relativización de la verdad y tenemos claro que se han deconstruido todos los discursos dominantes.

Los credos eternos han desaparecido, excepto el de los yihadistas que esperan el encuentro con candorosas vírgenes que les sacuda el polvo de la dinamita para entrevistarse con Alá.

Celebramos cotidianamente la fiesta de los etnocéntricos, alegremente pensamos que todo es centralidad y nada es periferia; no nos interesa el eje, despreciamos el margen y rechazamos las orillas.

La taxonomía del foco protector, del perímetro en que estamos ubicados y desde el cual le echamos una mirada al universo, es una ficción que ha quedado disuelta. En todo caso, la instauración de una cultura posmoderna no formuló mejores estatutos para mirar el mundo.

Nietzsche y Sartre nacieron en épocas equivocadas. Este era el momento para que el asombro y el nihilismo permitieran interactuar con la nada.

No nos importa el problema complejo del conocimiento que nos dejó el “Little Boy”, ni la cautela con que mirábamos los átomos, corpúsculos y partículas mínimas, se pensó que la razón dominaría la sociedad industrial, depurada por la fuerza del espíritu. ¡Qué ingenuidad para interpretar el Gran Capital!

El viejo concepto de los escudos protectores que tuvo su origen en las guerras sumerias y que hemos  trasladado a los misiles norteamericanos para salvarnos de la hecatombe atómica, equivale a los escudos de plástico que usa  la guardia indígena para enfrentar  al Esmad.

Estamos amparados con postulados artificiales, protegidos por elefantes en la cristalería de la posmodernidad, creyendo que Descartes aún nos salva por el solo hecho de existir, sin cerciorarnos que estamos en poder de un psicópata de manos  pequeñas capaces hundir un botón y provocar el más grande desastre sobre la tierra. Quizás ya seamos  difuntos.

Comenzar de nuevo, ascender a los árboles y comenzar descender de nuevo. Así lo contempla la agenda del cosmos.

Es bien sabido que la bomba atómica, en el concepto de Karl Marx, es una mercancía, tiene una calidad fantasmagórica y avanza de trampa en trampa ejerciendo su letal desventura.

La posibilidad de una bomba limpia no es remota. Las hay sucias.

Mientras llega, nuevamente, la mortífera invención de Einstein, que solo dejará vivas a las cucarachas, celebremos felizmente el año viejo y asistamos imperturbables en el 2018 a presenciar la repetición de Nagasaki e Hiroshima, glorificada, en esta oportunidad, por ojivas nucleares que llevan en la cresta la ruina de la vida.

 

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