Aída Merlano, de amores y traiciones

Revelaciones de cómo la Casa Gerlein y los Char se aprovecharon de su poderío electoral que consolidó con el jugoso programa Familias en acción y después la hundieron

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octubre 15, 2019
Aída Merlano, de amores y traiciones

Hace dos semanas con su espectacular fuga Aída Merlano demostró de qué está hecha y de que es capaz. Veterana de mil batallas, pasó de mochilera de votos a senadora electa. Una meteórica carrera política, construida y amasada con todos los ingredientes de la corrupción. Su poder alcanzado provocó el recelo y el distanciamiento de la clase política del Atlántico a la cual sirvió y a la cual conoce como la palma de su mano. De allí el temor que despertó su anuncio y decisión de acogerse a los beneficios de la justicia y contar lo mucho que sabe. De allí su fuga y el gran interrogante que despierta saber quiénes la ayudaron o fraguaron su salida para acallarla.

Aída Merlano, como muchos jóvenes del pueblo, creció asediada por la pobreza, sin oportunidades laborales a la vista. Buscando una salida a su precaria vida, optó por prestar sus servicios como mochilera de los políticos corruptos de su departamento y su ciudad. Vendió “su alma al diablo”, decían sus cercanos. Se entregó con pasión a la captura de votos, ofreciendo esta vida y la otra, alimentando expectativas y haciendo favores de toda índole. Aprendió a intrigar y a mentir para servir a sus padrinos políticos. El papá de Aída era lugarteniente y capitán de Roberto Gerlein y por muchos años se mantuvo fiel, incondicional y consagrado a él, mostrando con milimétrica precisión los resultados de su trabajo, tanto como aquel señor Oliveros de Manatí que en todas las elecciones puso los mismos 3.006 votos.

Ser “mochilero” significa haber escalado en la línea de ascenso de la estructura electoral partidista. Se requiere hacer méritos ante los capitanes y grandes caciques electorales y tener calidades como la constancia, dedicación, seriedad, “honradez” y responsabilidad para asumir el manejo de dinero en efectivo y el trámite de votos sin papeles, ni contratos ni facturas ni comprobantes de pago. Es la palabra empeñada del “mochilero” contra la del político interesado. Sin intermediarios. A Aída la respaldaba el papá y, como mujer joven, bonita, osada, atractiva, sonriente y jovial, nacida y criada en el sector, que recorrió a pie descalzo, unida y solidaria con los muchachos de su edad, menores de cuarenta hoy, levantados en medio del aborrecimiento a la política y a los políticos y, dispuestos a no dar un paso sin el billete por delante.

Llegó a ser la reina de la Cámara en Bogotá como cosecha del poder electoral logrado en Barranquilla

En principio, la compra y venta de votos era una operación sencilla porque no estaba vigilada. Se entregaba a personas de extrema confianza de las distintas fracciones del partido y los candidatos la usaban como un “colchón” que les aseguraba su elección. Este colchón, representaba apenas el 15% de la votación requerida. Esta particular forma de hacer la política se consolidó y se extremó en el Atlántico para comodidad de los partidos. Una función seria y responsable, ampliamente reconocida y bien remunerada que debía cumplirse a cabalidad y que además se heredaba. Los liberales cargaron un tiempo con la fama de “compradores”. El remoquete “Name diez mil” los identificaba. Pero los conservadores de Gerlein no se quedaron atrás y perfeccionaron el modelo corrupto.

Aída fue una aventajada mujer, entrona, abierta, agradable, dicharachera que no encontró resistencias en su gente para meterse de lleno y explorar la posibilidad de montar la gran empresa de corrupción electoral que nunca imaginó. La empresa de su vida, que rindió frutos económicos Y facilitó el trabajo de sus auspiciadores: de las planillas impresas en fotocopiadora se pasó a las sofisticadas bases de datos en Excel, disminuyeron los costos por impresión de afiches y contratación de vallas, mandaron al carajo a los estrategas publicitarios, no hubo más gastos de transporte y refrigerios porque no había reuniones y entonces, ¿para qué discursos y para qué promesas y compromisos? Para algo tenía que servir el billete fácil de sus mentores.

Dicen personas vinculadas a las campañas que desde que Aída Merlano comandando las huestes del suroriente y Laureano Acuña, reconocido comprador apodado el “Gato Volador”, amo y señor del suroccidente, irrumpieron en la política del Atlántico, a Roberto Gerlein no se le volvió a ver en reuniones de barrio. ¿Para qué? Si él mismo acuñó la frase que expresaba su sobrades, al relacionar la cuantía de los votos comprados, al final de cada debate: “…compré veinte mil votos a 50 mil, si nada más me entraron 10 mil, quiere decir que los pagué a 100 mil, no hay problema”.

Dos hechos remontaron a la cúspide y potenciaron el poder de Aída Merlano: primero, le entregaron, junto con el Gato Volador, el programa “Familias en Acción” de Uribe y Santos que en Barranquilla llegó a favorecer a más de 75 mil familias de los estratos 1 y 2. Aída convirtió el programa en una mina de poder y de votos. Con dedicación hizo de cada familia beneficiada un coto de casa electoral que controlaba con rigurosidad y esmero, gracias al cual se catapultó a las grandes ligas de la política clientelar.

El descomunal cierre de campaña de Santos II en Barranquilla, en donde llenó el estadio de Beisbol Tomás Arrieta, lo organizó Aida Merlano y Laureano Acuña en el barrio Santa María a punta de billete.

La segunda gran demostración de su poderío fue la organización de la manifestación de cierre de campaña para la reelección de Santos, quien había sido derrotado en primera vuelta. El acto resultó un éxito descomunal y se realizó en el barrio Santa María, epicentro territorial de la acción más poderosa de compra de votos y antiguo hogar del senador Laureano Acuña. La hazaña realizada por Aída y el Gato Volador fue vista como la mayor compra directa de voto para apoyar a un candidato a la Presidencia de la República en la historia política de Barranquilla.

Lo que nunca pensaron los mentores políticos de Aída es que ella se valdría de sus aptitudes, vocación y atributos para elegirse como diputada, representante a la Cámara y luego senadora. No les fue posible cortarles las alas. Se cansó de cargar ladrillos y decidió pasar de mochilera a representante electa por el pueblo con el dinero de los Char y los Gerlein. Tenía los méritos parta hacerlo, sabia cómo era la cosa paso a paso y peso a peso, tenía el contacto directo con la gente, le decían mi reina y unos padrinos cargados de dineros para hacerse elegir y lo logró con creces. Primero como diputada e inmediatamente después elegida dos veces a la Cámara con copiosas votaciones. Y llegar le resultó más fácil: el empresario Julio Gerleein se había enamorado de ella y cual amante subyugado apoyó su causa de la cual recibía invaluables beneficios y ardientes amores. No era un acto de amor, era una gran inversión para su mundo de los negocios y el control político del Atlántico.

El escalón siguiente y obligado era llegar al Senado. Ya había acumulado el poder y el dinero suficientes para emprender su propio proyecto. Para enfrentar de tú a tú a los Gerlein y a los Name. En un principio ella aspiraba a ser el reemplazo del sempiterno Roberto Gerlein en el Senado. Por su relación amorosa con Julio, el hermano contratista y financiador de Roberto, la familia Gerlein no la quería. La aversión contra ella aumentó cuando se propuso destronar a Betty Echeverría, candidata de Roberto y para ello se apoyó en el mismo Julio quien, para obviar el conflicto familiar, la acercó con los Char, a través de Carlos Rojano Llinás (ex marido de Aída), imponiendo a su candidata a la Cámara con Cambio Radical, Lilibeth Llinás, del clan de los Llinás de Sabanalarga, que finalmente se quemó. Y, ahí fue Troya. La idílica y corrupta relación se rompió. Los viejos amigos se convirtieron en sus feroces enemigos.

Vea también: Con Aida Merlano, la protegida de los Gerlein, se destapa el anunciado fraude electoral por el fiscal Martínez

Las familias más poderosas de la política en el Atlántico, Char y Gerlein, la acorralaron, se le vinieron encima, había que sacarla del camino, resultaba muy riesgoso y comprometedor seguirla dejando crecer. Tenían motivos sufrientes para considerarla una gran amenaza. Ella había convertido la llamada “Casa Blanca” en el centro de operaciones de su poder político. Sus nuevos enemigos políticos conocían la poderosa y organizada red de corrupción y la detallada información que la Merlano había acumulado durante años. La delación fue el arma utilizada para acabarla. La Fiscalía allanó su sede y encontró videos, dinero en efectivo, armas y documentos en los que para muchos reposan las pruebas contundentes contra sus mejores nuevos enemigos. Del destino de Aída no se sabe. Hoy parece que todos,  la oficialidad y los políticos implicados, la prefieren muerta o callada bajo control, unos para no tener que cargar con el peso de su denuncia y los otros, para no tener que pagar con cárcel el enorme daño que con la compra-venta de votos le causaron a la democracia en Colombia, la Costa, el Atlántico y Barranquilla.

*Columnista del Diario El Informador de Santa Marta, secretario de Gobierno Departamental del Atlántico en 1992 y secretario General del Atlántico en 1993-94.

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